Archivos Mensuales: septiembre 2007

El Señor de las moscas o la reinvención del conflicto humano

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¿Qué sucedería si de pronto te encontraras en un lugar paradisíaco junto a una docena de personas, y les tocara organizarse para su supervivencia?, o peor aún, si a este lugar paradisíaco, en vez de habitarlo nosotros lo protagonizaran un grupo de niños responsables de marcar las reglas, ¿cuál sería el resultado? La respuesta es simplemente la misma: se reinventarían los mitos, miedos y odios que existen en el mundo que conocemos.

Existe una novela que nos plantea esta circunstancia y el gran acierto de parte de su autor, es que el protagonista es un grupo coral de niños, y no de adultos. ¿Por qué? Porque en el caso segundo, en el que los personajes fueran adultos, el lector sería simplemente un testigo y no ocurriría la liberación que permite la lectura, sus diversas interpretaciones y esa inteligente protesta erigida a mitad del siglo XX; es en el primer caso, el de la precocidad, la que nos convierte en cómplices, en culpables, ¿quién puede matar a un niño? Otro niño. <<El dedo acusador del autor nos señala a todos>>.

Un libro pesimista, sin duda la verdadera Fábula Moral del siglo pasado y, una obra que adquirió la condición de clásico contemporáneo prácticamente desde su publicación en 1954; en la actualidad lectura obligada en muchas escuelas y universidades, me refiero a El Señor de las moscas de William Golding.

La obra narra la historia de una treintena de niños ingleses (de entre seis y doce años) atrapados en una isla desierta cuando su avión es derribado por un aparato enemigo en tiempos dela Segunda GuerraMundial. Ellos, como únicos sobrevivientes, se ven forzados a organizar su existencia; no hay ningún adulto, no hay ninguna ley adulta, todo cuanto ven les pertenece, pueden hacer lo que les venga en gana –diría alguien–; nadie se los puede prohibir.

Los chicos comienzan por reinventar una democracia, ya probada en la civilización de sus mayores, que sólo trae desacuerdos, oposición, guerra y más conflictos; nada diferente de la sociedad cuestionada por el caos que no está muy lejos de ahí produciendo ruina, muerte y destrucción.

La guerra por el poder y el dominio, entre el bien y el mal, el orden y el caos, la civilización y el salvajismo, la ley y la anarquía, representados en dos figuras: Ralph, que derrota por muy poco en las votaciones realizadas por los infantes, y por Jack, quien será elegido cabecilla de los cazadores, o rebeldes. ¿Qué ocurre cuando las reglas las impone una autoridad irresponsable?

Esta novela refleja la agresividad criminal como uno de los instintos inherentes al hombre, y a la vez, la violencia ejercida por los niños es producto <<de la educación represiva de una sociedad que se sustenta en el castigo como valor y justicia final de toda ley>>.[i] Ante la falta de reglas, “la desazón del delito” desaparece. Sin responsabilidades, no hay sentido de culpa; sin culpa no hay madurez. La sociedad actual ha crecido y está creciendo sin siquiera sentir remotamente responsabilidad alguna de sus actos del pasado y del presente, una sociedad inmadura, sin sentido de culpa e irresponsable que se dirige a su exterminio.

En la novela, los escolares se encuentran liberados de la autoridad social para dar rienda suelta a sus instintos ocultos, reinventando mitos, miedos y odios; sin pretenderlo, la perfecta imitación a escala de sus mayores: reinventan el origen de la guerra, del conflicto, del odio, de la lucha, de la envidia, del desprecio, de la enemistad, del rencor, de la indiferencia, de la hostilidad, del horror, de la violencia, del asesinato… en fin, del Hombre Moderno.

El Señor de las moscas, un análisis conmovedor del conflicto entre dos impulsos contrapuestos que existen en el interior de todos los seres humanos: el instinto de conseguir la gratificación inmediata de todos los deseos y el impulso de hacerse con la supremacía por medio de la violencia, sacrificando al grupo en beneficio del individuo. En suma, un tratado sobrela Naturaleza Humana, un ejercicio de desmitificación personal.

Golding nos dice que el conflicto está en nosotros mismos y estamos condenados a repetirlo si sólo nos dejamos gobernar por nuestra fuerza interior y razonamiento propio… entonces daremos paso a la decadencia humana. “Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.”[ii] Estamos cerca de lograrlo.

En un momento de la narración, los chicos temen a una fiera, (ese miedo a los demás que es el tema mismo de la novela), convencidos que hay un monstruo en la pequeña isla, surgirá la invención del primer mito de su sociedad condenada al exterminio) y cuando uno de ellos, Simón, comprende que la bestia no es una figura externa, sino que existe dentro de cada uno de ellos, es asesinado. Ellos le otorgan forma a la semilla del mal que llevamos dentro. Golding, nos formula la siguiente pregunta: ¿nos dejaremos gobernar por nuestra Naturaleza?

Este texto representa la exploración de los dilemas morales y las reacciones del individuo cuando es sometido a situaciones extremas. La historia queda circunscrita a un pequeño grupo de chicos en una isla, pero es un examen a las cuestiones básicas de la experiencia humana más amplia, que nos debe servir para transformar positivamente nuestro espíritu y poder definir mejor nuestro futuro.

El Señor de las moscas es equiparable con lo que dice Eduardo Galeano en su libro Las venas abiertas de América Latina, con lo que concluyo: <<En tiempos oscuros, tengamos el talento suficiente para aprender a volar en la noche… seamos lo suficientemente sanos como para vomitar las mentiras que nos obligan a tragar cada día; seamos lo suficientemente valientes para tener el coraje de estar solos y lo suficientemente valientes como para arriesgarnos a estar juntos…>>.


[i] Para los estudiosos de la obra de Golding.

[ii] Henry Miller, Trópico de Cáncer. Quien dijo a su manera lo que William Golding plasmo en su obra.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
 
Este texto fue publicado en:
 
Revista “Molino de letras” enero-febrero de 2010.
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Le Petite Prince

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El punto máximo de deshumanización en el siglo XX, tocó la cumbre con la instauración de los campos de concentración nazis, con los cazabombarderos ingleses, los kamikazes venidos de las costas japonesas, la ambición de la dictadura personal de Stalin, los buques de guerra italianos, las tropas francesas y el terror en la piel humana de las bombas norteamericanas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

En este marco donde el hombre ha perdido la ingenuidad y necesita acumular cosas materiales o inmateriales para sentirse satisfecho de su existencia, no importando qué sea necesario hacer o sobre quién haya que pasar (llámese individuos o grupos), un excepcional piloto de guerra y escritor francés nacido en Lyon, supo vislumbrar las carencias de la sociedad, que han sido las mismas a lo largo de la historia.

Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), el hombre al que hago referencia,  logró reunir en un libro dos cosas: una voz de alerta para los niños y un recordatorio para los adultos. Lo primero lo hizo, a través del lenguaje de los sentimientos, el del corazón y el del contacto con el alma. Lo segundo lo elaboró, mostrando la nostalgia de los valores perdidos o extraviados al contacto con el llamado “mundo de los adultos”, que por los convencionalismos y formalidades del que está plagado, nos olvidamos del niño que fuimos un día, menospreciándolos por la presunción y la prepotencia.

Este libro del que hablo, es la archiconocida obra El Principito, que no es sino una fábula infantil para adultos; por su significado alegórico. <<Es un cuento que desafía las convenciones de la realidad y entra en un paisaje onírico, en el que la imaginación puede desbordarse>>. Una guía para que los adultos no se pierdan en el mundo que ellos han construido y para que los niños estén preparados para crecer en el mundo que los adultos les están dejando.

Saint-Exupéry ingresó en la fuerza aérea francesa en 1921, y en 1926 se hizo piloto comercial; se reincorporó a la fuerza aérea de su país en la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente en una misión de guerra su avión fue derribado, sin embargo, él pudo escapar aún con vida a la ciudad de Connecticut en los Estados Unidos gracias a un amigo suyo.

Las experiencias vividas durante las largas horas en misiones militares, le sirvieron para redactar lo que él vio qué son capaces de hacer los hombres, en una encantadora fábula que narra el encuentro de un adulto con el ser de su propia infancia.

Refugiado en la casa del pintor francés Bernard Lamotte, Antoine de Saint-Exupéry redactó su relato a partir de los primeros problemas que enfrentó el narrador-piloto de El Principito en su niñez: al querer dibujar boas abiertas y cerradas que ningún adulto entendía.

Es así como el escritor nos sitúa en el corazón del Sahara, en un suceso que tuvo lugar seis años atrás, recuerdo de especial delicia para él. Éste nos revela que en una misión de reconocimiento por ese desierto, su avión se averió y se vio perdido en pleno desierto con un motor “roto”, encarándonos a una perspectiva de <<vida o muerte>>.

El autor pone como escenario un lugar deshabitado, afuera la vida continúa, con sus pesares, su violencia, su deshumanización y es entonces cuando el piloto se plantea la pregunta más honda y que es el origen de El Principito: <<la pregunta sobre la vida y de cómo emplearla>>.

Nuestro narrador se encuentra en la nada, y cómo de la nada se aparece el Principito, sorprendido, el piloto comienza un diálogo con ese niño en una forma de apelación, que no es otra cosa que la apelación a uno mismo, en la que el adulto <<se compromete con el ser de su propia infancia a través de imágenes (dibujos) y las exigencias de un niño pequeño (cantidad y cantidad de preguntas que el niño le plantea al adulto).

El Principito será quien se encargue de guiar al narrador al descubrimiento de su capacidad de imaginación al recordarle que un día él también fue un niño, y es que sólo siendo niño se pueden ver cosas que los adultos no aprecian. Una verdadera lección al hombre “moderno” que desea “tener” y que siempre tiene prisa, que vive deprisa, no se preocupa de sus verdaderas necesidades.

El piloto va descubriendo el lugar de origen del Principito, éste proviene de un asteroide que el narrador supone es el B-612, un lugar muy pequeño para vivir y en el cual crecen unos arbustos (los baobabs), que si se desarrollan, el pequeño planeta corre el riesgo de estallar; éstos son la metáfora del niño que no quiere crecer para no perder su inocencia, si permite que crezcan, se habrá convertido en adulto y su mundo tenderá a desaparecer.

La amistad también esta presente en la figura de una pequeña pero muy hermosa flor, que una mañana brota en el asteroide. El Principito le prodiga todo tipo de cuidados que le son solicitados, pero al juzgarla por sus palabras y no por sus actos, opta por huir del diminuto asteroide con la ayuda de unas aves migratorias, dejando a la flor a su suerte.

Antes de llegar a la Tierra, el Principito, pasa por otros planetas en los que se encuentra con la Autoridad, representada por un rey solitario. Luego por la Vanidad, en un hombre que sólo vive para que lo elogien o halaguen frecuentemente. En otro pequeño planeta, se encuentra con un personaje que posee una mentalidad que le lleva a un deseo excesivo por beber. Poco a poco cruza diversas etapas hasta llegar con el piloto extraviado, en el desierto lejos de toda civilización.

Y así es cómo los papeles se invierten, el niño guía al adulto por el arte de la admiración, el viaje por los planetas del niño es el comienzo de un descubrimiento, donde realmente lo que experimenta es la madurez, cada vez que aprende algo se aleja de su planeta un poco más… hasta que llega al planeta de “los adultos”: la Tierra, en este lugar adquirirá los últimos conocimientos que le permitirán completar su madurez y su verdadero fin. El adulto recupera su niñez perdida a través de las preguntas que el niño le hace, ya que están dirigidas al centro del asunto que le interesa, olvidándose de todo lo demás, y repitiendo sus preguntas hasta encontrar una respuesta satisfactoria de parte del piloto. Todo un manifiesto acerca de cómo puede y debería ser vivida la existencia del adulto.

En 1944, durante una misión de reconocimiento por el sur de Francia, el avión donde volaba Antoine de Saint-Exupéry desapareció, y nunca se encontró. Él, al igual que el pequeño niño de cabellos dorados, se desvaneció misteriosamente en medio de la nada. Hay quien afirma que alguien le dijo que el Principito había vuelto (recordemos las últimas  palabras escritas en su libro), y esa sería la verdadera razón de su ausencia.

Una auténtica obra de arte a la inocencia y de amor a la humanidad, eso es lo que es Le Petit Prince.(1)

(1) Título original de El Principito.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com