El Líbano [Fragmento de novela]

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Muy pocas veces el amanecer en el puerto de Beirut ha gozado de tanta vida como la de esta mañana. El mayor movimiento se nota en los alrededores del mercado principal, que es una explanada cuadrada ubicada a escasos metros del puerto, ahí es donde por costumbre se congregan cada semana los mercaderes a ofrecer sus productos traídos de las más remotas y extrañas tierras.

Pero en este día hay algo especial flotando en el ambiente que hace que todo este espacio público se impregne con los olores de la canela, el comino, la pimienta árabe, el almizcle, la menta, el ajo (con su olor tan característico), las semillas de ajonjolí y el sándalo; jamás había sido posible tener al alcance en un único lugar –excitando todos los sentidos del comprante–, tantos aromas, tantos perfumes, tantas texturas.

Conforme los navíos arriban al puerto, la plaza se tiñe de infinitos colores pertenecientes a la variedad de telas que ofrecen los cambistas: mantos, vestidos, velos, tapetes; todos han sido trabajados a mano retando a la imaginación. Hombres de piel bronceada trabajan en descargar los barcos que resguardan en sus bodegas los rollos de tela. Como una orquesta dirigida a la perfección, cada hombre y cada mujer llevan a cabo sus tareas, ya sea descargando, acarreando, acomodando, vendiendo, comprando; todos son parte de este rincón del planeta heredero de Fenicia, un pueblo que albergó marineros que, como hoy en día, comerciaron con seda, lino, algodón…

Otros comerciantes prefieren elaborar ahí mismo sus propios alimentos, los mismos que en ocasiones ofrecen a los compradores por módicas cantidades de dinero o algún trueque de mercancías, como los tradicionales kepes calientitos y crujientes, los mezze, cafta, shawarma (marinados previamente), jocoques frescos, secos, cocidos, dulces o salados son preparados con el mismo esfuerzo por las mujeres, a quienes parece que la piel se les quiebra al ser abrazadas por el sol naciente de Medio Oriente.

Platillos bellos, perfumados y sabrosos, meticulosamente adornados ya sea con vegetales frescos, con los derivados de la leche o sencillamente con los buenos aceites que esta tierra tan estrecha en tamaño pero tan abundante y noble ofrece.

No muy lejos de este lugar y trepado sobre unas cajas de madera, unos hermosos ojos del color de la aceituna observan detenidamente el espectáculo en que se ha convertido el mercado, recorren cada metro cuadrado de la plaza pública con mirada casi infantil pero escrutadora, el dueño de este par de luceros esmeralda se conforma con contemplar desde lejos las risas, los juegos, el cómo venden, compran o charlan animosamente los negociantes mientras beben árak y reciben de frente la brisa del mar.

Nunca se ha atrevido a internarse en el puerto, o no al menos solo, ya que no soporta las miradas ajenas que le contemplan los dibujos marcados en su piel que sus ropas no alcanzan a cubrir; recuerda las visitas semanales que hacía al mercado en compañía de sus padres cuando era sólo un niño de apenas cinco años.

Era en esa época en que el rostro de su madre aún conservaba una expresión de felicidad, de gozo por la vida, que le desapareció en el momento mismo en que las vecinas del barrio le llegaron con la terrible noticia de que a su esposo le habían dado muerte en la plaza pública tras un desacuerdo con un mercader inglés. Me aseguran que en el instante en que supo de la muerte de su marido, la expresión de su rostro se demudó, fue como si en un suspiro la vida se le hubiera ido, el tono de su piel perdió el frescor, nunca más recuperó el semblante, ni la cotidianidad, ni a su esposo; tuvo que luchar ante la adversidad y por su cuenta darle a sus hijos un nombre en una cultura de hombres.

Jamás detuvieron al culpable, a pesar de que regresó en un par de ocasiones al puerto a vender sus mercancías. Luego desapareció y nunca más nadie supo de él.

La piel apiñonada del muchacho, quien no rebasa los diecisiete años de edad, se arruga mientras más observa las escenas de los cambistas, nota que mientras venden o compran hay quienes se aprovechan de la situación para hurtar objetos al amparo de la disposición que muestran para ayudar a cargar la mercancía. No son pocas las personas a las que ha detectado mientras realizan este tipo de prácticas. Esto le recuerda las ocasiones en que su padre, llevándolo de la mano entre las frutas secas y las flores aromáticas, le instaba sobre la honestidad y el valor moral. No ha perdido, a pesar de los años, la admiración por aquel hombre, guardando muy presente en su memoria el recuerdo del rostro paterno.

(Así que mis estimados escuchas, ya se imaginarán lo importante que es para nuestro pequeño Ojos de Aceituna la confianza y el respeto que un hombre debe poseer hacia otro hombre, y más cuando los bienes del prójimo o los nuestros están de por medio. Ya que el padre se lo enseñó, así que nada de juzgar injustamente. Lo material, hablemos del objeto que quieran, da igual, con el dinero lo podemos adquirir, pero ¿qué me dicen de la honestidad, la confianza o la moral?, no me imagino ver llegar a uno de ustedes a una tienda de abarrotes pidiendo: “deme dos kilos de honestidad” o “medio litro de confianza”, ustedes disculpen, espero no incomodar a tan distinguidos oyentes, ya me entenderán conforme nuestro relato avance, pero por ahora no nos adelantemos a los hechos. Volvamos con el joven misterioso de ojos aceituna).

Encaramado en las alturas, nuestro humilde héroe contempla con sobrada inocencia el movimiento tan poco común con el que amaneció el puerto esta mañana. Desde muy temprano los instrumentos de las embarcaciones han despertado a los pequeños miles de habitantes de la ciudad. Ojos de Aceituna salió de casa cuando aún había oscuridad, muy de mañana. Su tío Abdullah le ha confiado que en este día llegaría mucha gente procedente de tierras árabes, y otras más de tierras tan remotas dentro y fuera del Imperio, que sus costumbres no se asemejan a las del islam, sin embargo, le explicó que las similitudes con las “otras costumbres” son mucho mayores que las diferencias.

Le ha tocado vivir en una época mucho más abierta y tolerante a las ideologías judeocristianas con respecto a los siglos anteriores, si no fuera así hace mucho que hubieran expulsado a la comunidad cristiana asentada en el extremo oriental de la metrópoli.

La mirada del muchacho atraviesa la plaza, recorre el puerto ya sin mayores distracciones y se posa en el intenso azul jaspeado del mar, observa la oscilación irregular de las olas al contacto con el viento, se embelesa, continúa observando, descubre enormes objetos de madera y metal que sobresalen del agua, no es la primera vez que los contempla, ya en otras ocasiones que ha escapado furtivamente de casa ha visto detenidamente lo que los adultos llaman embarcaciones o barcos. Le parecen hermosos. Máquinas con vida propia que mueven toneladas de alimento, telas o maderas. Navegan errantes buscando puertos por las costas del Mediterráneo en los cuales puedan descansar sus anclas por las mañanas. Luego, al caer la tarde se retiran dejando a su paso un camino difuso en las aguas que invita a la nostalgia, o en otras ocasiones una columna de humo que se eleva por su chimenea, según sea el caso. Así es como se imagina la existencia de tan portentosos objetos. Qué ganas tiene de que lo dejen hacer un viaje en barco, no le importaría que fuese de muchos días con sus noches, iría a visitar a su amigo Yusuf a Trípoli, o incluso se embarcaría en un viaje a esa América de que tanto se escucha hablar últimamente y así poder constatar con sus propios ojos aceituna, esos paisajes de alegría y prosperidad que tantas veces le ha descrito su tío Abdullah, que quién sabe de dónde saca tanta palabrería.

El mes del Ramadán ha terminado, él y su gente ya celebraron su fiesta del fin del ayuno. Estas festividades le agradan porque se reúne mucha de su familia en casa. Se abrazan, comen, beben, ríen, la gozan verdaderamente conforme a sus costumbres y en ocasiones se obsequian pequeños presentes; a él por ejemplo, la hija de su amigo Yusuf, Aisha, le regaló un piedrita negra que le ha pedido conservar bajo sus ropas. Es dos años menor que él.

Aisha es de piel tersa, dorada por el sol, de ojos grandes y negros -muy parecidos a la piedra que le dio a Ojos de Aceituna-, su cabello es largo y del mismo tono que sus ojos. Ella no acostumbra cubrirse el rostro, mucho menos cuando se encuentra entre su familia, pero pronto deberá de utilizar “el velo” ya que la costumbre de las mujeres, aunque se ha retrasado, le está a punto de llegar. Los hombres ya no la miran como la hija de Omar al-Tayir, sino como una mujer y todo lo que esta palabra encierra en significado. A Ojos de Aceituna le parece bella, es hermosa, pero a él le está prohibido mirarla con ojos matrimoniales, sólo debe tener cariño y respeto en su corazón para ella y esto lo entristece; son hermanos colactáneos, mamaron de los mismos pechos. La madre de Aisha falleció al nacer ésta, se desgarró por dentro perdiendo mucha sangre hasta morir. Desesperado, Omar llevó a Aisha con la esposa de su amigo Ali, era el año de 1891; semanas antes Laila, la esposa de Ali, había dado a luz a un pequeño de ojos cafés (muy distintos a los de su hermano mayor), a quien pusieron por nombre Hussein. Hussein y Aisha crecieron como hermanos.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
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