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Abril de 2012: una tormenta política y de cuestionamientos golpea de frente a Europa. Ya más que un rumor, se afirma que el presidente de Hungría, Pal Schmitt, habría copiado a un experto búlgaro su estudio doctoral sobre los Juegos Olímpicos con el que obtuvo ese grado en 1992.

Este hecho vino a reavivar la certeza sobre la ética profesional, ya que no había pasado más de un año de que el entonces ministro de Defensa alemán, Karl-Theodor zu Guttenberg tuviera que renunciar a su cargo, pues él mismo –por presiones políticas y mediáticas– debió revelar que su tesis doctoral fue un plagio.

Fue así como la Universidad Semmelweis de Budapest (SOTE) retiró a Pal Schmitt el título de doctor, luego de que una comisión de expertos determinara que de las 215 páginas que integran su tesis doctoral, 197 fueron extraídas de textos de otros autores.

El robo, reproducción, plagio, hurto o sustracción de obras artísticas e intelectuales, ha sido uno de los grandes temas controversiales a lo largo de la historia, aunque fue Marcial (40-104 d.C.) en el siglo I d. C. quien le dio la connotación que en la actualidad utilizamos en nuestras sociedades, ya que anteriormente “plagio” sólo era utilizado para hacer referencia al hecho de impedir la libertad a una persona.

Y es que el plagio de una obra intelectual, artística o –en el caso de Schmitt–, profesional, debe ser condenado por la sociedad, pues la ética o la moral no existe para quien lo practica, y como en esta ocasión, no es posible que al frente de una gran sociedad pueda estar alguien que no ha tenido la decencia de conducirse con rectitud.

Para algunos podría ser muy fácil tomar un texto “olvidado” en los archivos de alguna antigua universidad de cierto país aislado o de “lengua única”; paso siguiente: adaptarlo al idioma requerido y tal cual presentarlo como suyo. Sin embargo, para la gente promedio, podría resultar –aunque de descubrirse no le iría mejor que a Schmitt–, pero la vida da muchas vueltas y esa persona algún día podría ocupar algún cargo público, lo que lo colocaría en el ojo del huracán y de los reflectores, y si a esto le sumamos las nuevas herramientas de búsqueda como Google… bueno, pues ya les cuento que terminarían siendo víctimas de sus propios actos mentirosos.

 El caso de Pal Schmitt es muy significativo, ya que lo obligó a renunciar al cargo de presidente –hecho por demás relevante–, pues, dicho en sus propias palabras: “el jefe del Estado encarna la unidad de la nación. Por eso, en la situación actual, me siento obligado a entregar el mandato”, explicó con rostro desencajado el político húngaro ante el Parlamento y su pueblo hace ya más de un año.

La protección de los derechos de autor no es cosa menor: a lo largo de la historia de la humanidad han existido muchos casos al respecto, unos más mediáticos que otros –si me lo permiten decir de este modo–, sin embargo, aún queda escuchar los argumentos de quienes dicen que todos somos el resultado de muchos autores leídos, obras consultadas, pláticas de sobremesa, tertulias, charlas y un sinfín de historias que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida a manera de experiencia-conocimiento, por lo que argumentan que las ideas que vertimos son sólo ideas de otras personas que hemos tenido la oportunidad de almacenar en nuestro bagaje cultural ‒que en un punto de nuestra historia expresamos‒, y que ellos a su vez son resultado de otras personas, y así continuamente.

Tal vez, somos el resultado de múltiples pensamientos, sin embargo, cada uno es diferente, y aquí de lo que se trata es de plagiar ideas, obras o textos idénticos.

A lo mejor Sealtiel Alatriste, Elena Poniatowska o Alfredo Bryce Echenique –por mencionar sólo algunos nombres–, tengan otros argumentos o posicionamientos respecto al plagio de obras de autor, puesto que en su momento han defendido y han sido cuestionados al respecto; como Alatriste, quien debió renunciar a su cargo en la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por un serio caso en el que se vio envuelto.

Lo cierto es que el trabajo intelectual y artístico es encomiable, y nadie ni nada debe usurpar las obras de otros. Quizás las ideas originales buenas deben perdurar en el tiempo transformándose en otras que aporten nuevos elementos, pero siempre debe el escritor, artista o creador agregar su bagaje para nutrir mas nunca para “copiar” y “pegar” como suyo algún texto sin ser de su autoría.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
Este texto ha sido publicado en:
 
http://efektonoticias.com/opinion/copyright
 
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