Archivos diarios: 07/08/2013

“Personas como yo”, novela de John Irving que se erige sobre la intolerancia sexual

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La búsqueda de la identidad es crucial durante el desarrollo del ser humano, y es lo que definirá la vida de cada ser, hombre o mujer, dentro de la sociedad y lo que éste hará por ella, y dentro de ello la sexualidad juega un papel transformador en la búsqueda de nuestro “yo”.

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El afamado escritor norteamericano John Irving (Exeter, New Hampshire, Estados Unidos, 1942) aborda este tema en su novela Personas como yo (Tusquets Editores) en la que nada queda guardado en cuanto a minorías con comportamiento sexual diferente al común de la sociedad, muy por el contrario, temas que han dejado de ser tabú son tratados de manera excepcional en las 467 páginas que conforman esta edición.

Billy Dean, el protagonista de esta historia, es un adolescente caprichoso que disfruta “vivir la vida” sin mayores complicaciones ni preocupaciones, quien interpreta, ya sea en el pequeño teatro para aficionados o en el Club de Teatro del colegio de la localidad de First Sister, papeles complejos y ambiguos que aunque representan un gran reto, nunca llegarán a compararse a la vida que permite producir exceso de adrenalina, y en la que él se desenvuelve sólo a muy temprana edad.

La narración comienza en la década de los ’50 del siglo pasado, y seremos testigos de esa búsqueda de identidad a la que Dean debe enfrentar en una sociedad dura y que criminaliza la conducta humana que no es igual al grueso de la población, sino que pertenecen a una minoría.

El joven Billy Dean es huérfano de padre, pero pronto llegará a su vida Richard Abbott quien se convierte en su atractivo padrastro, mismo que lo guiará para hallar su camino en el ámbito sentimental, y será él quien abre la puerta para que acceda a la vida de su inexperto hijastro la señorita Frost, la bella y suspicaz bibliotecaria del pueblo, pero que encierra un gran secreto “inconfesable” para aquella sociedad y que descubrirá Billy.

Dean sueña con ser un gran escritor y poder vivir de eso, pero para lograr su sueño deberá compartir grandes anécdotas o terribles desilusiones en el que la sombra de la intolerancia está presente en cada hoja, porque el joven protagonista irá descubriendo que su sexualidad es muy diferente a la del resto de sus compañeros.

A Billy Dean le gustan las mujeres… pero también le atraen los hombres, en fin, la bisexualidad es abordada por Irving con un desparpajo de maestro, permitiendo que el relato fluya hasta llegar a nuestros días, mientras que la homosexualidad, el transexualismo y una sobrada intolerancia son pieza fundamental en Personas como yo.

El joven Dean se obsesiona por encontrar a su verdadero padre, y se embarca en la aventura por dar con él, así que en su periplo por hallarlo asistiremos a escenarios tan variados como las costas americanas, clubes de lucha y no será hasta Madrid donde dará con su progenitor, pero ya con muchos años a cuestas.

Personas como yo nos habla sobre un mundo en el que es más cómodo etiquetar a las personas antes que conocerlas, tratarlas, y si no es posible comprenderlas, tan siquiera aceptarlas por el simple hecho de ser nuestros iguales.

Una novela que descarga una carga de furia sobre la intolerancia que se respira en nuestras sociedades y que hace más complicada la vida de cada uno de sus individuos. Una historia que nos permite entender las vivencias del otro lado del espejo, de ese lado en el que nada ha sido fácil, pero que al inclinarnos y escuchar esa voz nos daremos la oportunidad de entablar el diálogo gracias a la tolerancia.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
Este texto se ha publicado en:
 
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Jaque al peón

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Sin duda, el punto máximo de deshumanización en el siglo XX, tocó la cumbre con la instauración de los campos de concentración nazis, con los cazabombarderos ingleses, los kamikazes venidos de las costas japonesas, la ambición de la dictadura personal de Stalin, los buques de guerra italianos, las tropas francesas y el terror en la piel humana de las bombas norteamericanas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Y fueron precisamente los bombardeos a estas dos ciudades japonesas los sucesos que permanecen en la memoria social como capítulos de la historia de la  humanidad muy cuestionables, en los que murió instantáneamente el 30 por ciento de la población de Hiroshima, lo que en números significó entre 70 y 80 mil personas, y otro tanto quedó con heridas graves. Mientras que en Nagasaki murieron entre 45 y 70 mil personas.

Estos hechos se dieron el 6 y 9 de agosto de 1945, hace ya 68 años, por lo cual esta semana se efectúan ceremonias en recuerdo de las víctimas de lo que significó la rendición absoluta de Japón,  con lo que finalizó la Segunda Guerra Mundial luego de la firma de la Declaración de Postdam, acuerdo emitido por los aliados.

Originalmente las ciudades seleccionadas para el lanzamiento de las bombas fueron Kioto, Hiroshima, Yokohama y Kokura, pero por condiciones y zonas estratégicas se tomó la decisión de bombardear dos ciudades que para desgracia de sus pobladores quedaron arrasadas y en condiciones de extrema radiación.

Little Boy (nombre de la primera bomba) se arrojó sobre el cielo de Hiroshima y Fat Man detonó en Nagasaki, con lo que en menos de un minuto se terminó con la vida de  miles de civiles y los norteamericanos inauguraron la era atómica erigiéndose en ese momento como una de las dos naciones más poderosas del orbe.

Por desgracia, quienes murieron fueron niños, mujeres, ancianos, hombres que se encontraban en el trabajo, la escuela, el parque, los hogares o, como cada mañana, realizando la caminata habitual… en cuestión de segundos la temperatura se elevó extremadamente mientras el cielo se coloreaba de tonos naranjas y púrpuras hasta extinguir todo tipo de vida.

Las guerras no deberían de existir, pero está inherente en la naturaleza humana y mientras nuestra capacidad de diálogo, entendimiento y tolerancia con nuestros semejantes no sea mayor que nuestras limitantes para alcanzar acuerdos, se seguirán sucediendo en todas nuestras sociedades.

Debemos entender que la vida del “otro” no es una moneda de cambio para alcanzar nuestros ideales e imponer lo que pensamos es justo porque simplemente es lo que conviene a nuestros intereses, ya sean personales o nacionales.

Es inaceptable que un régimen haya exterminado 6 millones de judíos. Es inaceptable que 220 mil ciudadanos hayan fallecido por la detonación de dos bombas nucleares, una en Hiroshima y la otra en Nagasaki… pero es más inaceptable que las manifestaciones bélicas del pasado y el presente continuo, no nos ayuden a reconocer nuestras limitantes culturales y así definir mejor nuestro futuro, en pro de toda la humanidad.

Por desgracia, esta utopía nunca llegará.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
Este texto ha sido publicado en:
 
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“Tiempo en vuelo”, poemario de Francisco Alcaraz

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Tocando el corazón de manera suave, Francisco Alcaraz (Culiacán, Sinaloa, 1979) llega con Tiempo en vuelo una serie de 34 poemas nostálgicos publicados por la editorial Buró Blanco bajo el sello Posdata Editores en la colección Lágrima de Batavia, en una edición en que cabe destacar su cuidado y elaboración.

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Alcaraz transporta al lector con el alma de sus letras a la remembranza por un mundo dejado en el pasado pero que la nostalgia y la memoria traen a un presente solitario, ya que en el silencio y la meditación es preferible leer en voz alta estos poemas.

Tiempo en vuelo nos ofrece el trabajo de un poeta que está consolidándose en una de los géneros más difíciles que es la poesía, porque si bien algunos erróneamente la consideran excluida de la literatura, esta labor brinda equilibrio y dedicación al trabajo literario desde lo más profundo del sentimiento de su creador.

Una obra recomendable para conocer el trabajo poético de una nueva generación especializada en este género que ha sido de los más recurridos por los grandes escritores y artísticas, senderos que Francisco Alcaraz transita con excelente pericia.

 

Tengo un pasado y un futuro

para tirarlos por la borda.

Tengo edad de merecer, pero nada

merezco  todavía. Una edad de pesadilla,

como la Navidad en que despierto

y no sé distinguir si a la distancia

el sol nace o se oculta,

y me lleno de espanto

de sólo imaginar que duermo

a esa hora por nadie establecida,

pero cierta, en que mi hermano abre

los regalos en mi ausencia.

 

Fragmento de  Igual que este verano

Jorge Iván Garduño
@plumavertical