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“Diario de un viejo loco”, obra inquietante de Junichiro Tanizaki

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El esplendor del imperio japonés ha cautivado a Occidente e impresionado a Oriente, sus majestuosos palacios, situados en jardines esplendorosos o en riscos imaginablemente complicados de acceder, atuendos confeccionados con lujosas telas y con metales de acabado artesanal, y ni qué decir de los ritos solemnes que nos evocan una cultura de dioses, espíritus y samuráis.

La ideología japonesa, llena de misterio, incomprensible para quienes vivimos en Occidente, esa cultura tan lejana para unos y tan cercana y propia para muchos otros, aunque estos últimos nunca terminan siendo generalmente mayoría ante los primeros.

Las artes japonesas están dominadas por tradiciones milenarias y de un profundo conocimiento para quien busque practicarlas. La dramaturgia tiene dos formas de representación: el teatro no, interpretado con máscaras e inspirado en el budismo zen, y el kabuki, un espectáculo popular y suntuoso.

La religión ocupa un lugar de preponderancia en la vida del Japón y se encuentra estrechamente vinculada con el Ser. El budismo se convirtió en la religión oficial a partir de 1946, propiciado en gran parte por la derrota sufrida en la Segunda Guerra Mundial. El emperador Hiro Hito (1901-1989),[i] último emperador considerado una divinidad, leyó por la radio la rendición de su país, motivo por el cual debió renunciar a su naturaleza divina.

El sintoísmo, la religión anteriormente oficial hasta 1946, significa el camino de los dioses, es politeísta y persigue la pureza ritual y física, está orientada a la práctica ritual individual, no está basada en ningún texto revelado y su iglesia no está organizada jerárquicamente. Su práctica fundamental es el culto a los kami, o dioses que encarnan los fenómenos de la naturaleza (tsunamis, terremotos, inundaciones),[ii] y a los antepasados.[iii]

Otra cosa que hay que tomar en consideración son los ritos samuráis, quienes se constituyen en una casta puramente militar a partir del siglo XVII. Se regían por un estricto código de honor llamado bushido (el camino del guerrero) en el que el cumplimiento del deber con el daimyo era su máxima vital. Para un samurai no existe el miedo a la muerte, por eso su emblema es una flor de cerezo, que simboliza la brevedad y belleza de su vida.

La literatura japonesa se encuentra impregnada de estos y otros elementos más que no deben aislarse del relato y que siempre están estrechamente conjugados con la escritura. Por ejemplo las geishas, el juego de Go,[iv] la tradición de los bonsai, el sumo y otras más.

Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886-Kanagawa, 1965), es considerado por muchos como la piedra angular de la novela contemporánea del Japón junto a figuras decisivas como Ōgai Mori, Natsume Sōseki, Ryūnosuke Akutagawa, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Kōbō Abe.

Se mostró en contra del Naturalismo, y más que fijarse en los detalles concretos, se concentró en la evocación de ambientes y estados de ánimo, jugando un papel principal en el dramático entrecruzamiento de la cultura y el arte de Oriente y Occidente, en la modernización-devastación del siglo XX.

En 1949 se le otorgó el premio Orden de la Cultura u Órden del Mérito Cultural por el gobierno japonés y en 1964 fue elegido miembro honorario por la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras (American Academy of Arts and Letters), siendo el primer escritor japonés en recibir ese honor.

Su obra Diario de un viejo loco (Siruela) está cargada con altos niveles de erotismo, de obsesiones amorosas, de la nostalgia, del remordimiento, del deseo por lo prohibido, los rituales y la muerte, muy significativa en la cultura japonesa.

Conmovedora y poderosa, Diario de un viejo loco es el diario de Utsugi, un hombre de setenta y siete años, de gustos refinados, que se sabe en los últimos meses de su vida a causa de una enfermedad.

Utsugi cuenta en él los detalles de su apasionada obsesión por Satsuko, la atractiva mujer de su hijo, una antigua corista de oscuro pasado y acaso la única razón que lo mantiene con ganas de seguir con vida. Ella lo utiliza para conseguir regalos extravagantes y lujosos, a cambio de libertades cuidadosamente pensadas para mantener la excitación de su suegro.

Aunque el protagonista cuenta también en este diario su atormentada lucha contra los signos de la edad y algunos episodios de su rutina familiar, el eje central es sin duda la creciente pasión que le provoca Satsuko, una pasión que tendrá fatales consecuencias.

Jorge Iván Garduño

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[i] En 1945, los nipones oyeron por primera vez la voz de un monarca, Hiro Hito, quien leyó la rendición de Japón. La religión oficial anteriormente era al sintoísmo, y que fue oficialmente cambiada por este hecho relevante.

[ii] Por eso es que el Manga japonés está poblado de estos elementos de gran significado.

[iii] Los orígenes del sintoísmo se remontan al periodo entre el 300 d.C., los lugares sagrados eran parajes de gran belleza que se señalizaban con una cuerda o una puerta de madera llamada torii.

[iv] Juego de mesa muy popular en China, Corea y en especial en Japón. 19 líneas horizontales y 19 líneas verticales sobre un tablero, sobre los puntos de intersección se ponen  piedras en formas de concha, blancas y negras. La tradición indica que nunca se ha jugado dos veces una misma partida de Go; hay alrededor de 4,63×10170 posiciones posibles.

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“Furinkazan. La epopeya del clan Takeda”

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El esplendor del imperio japonés ha cautivado a Occidente e impresionado a Oriente, sus majestuosos palacios, situados en jardines esplendorosos o en riscos imaginablemente complicados de acceder, atuendos confeccionados con lujosas telas y con metales de acabado artesanal, y ni qué decir de los ritos solemnes que nos evocan una cultura de dioses, espíritus y samuráis.

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La ideología japonesa, llena de misterio, incomprensible para quienes vivimos en Occidente, esa cultura tan lejana para unos y tan cercana y propia para muchos otros, aunque estos últimos nunca terminan siendo generalmente mayoría ante los primeros.

Las artes japonesas están dominadas por tradiciones milenarias y de un profundo conocimiento para quien busque practicarlas. La dramaturgia tiene dos formas de representación: el teatro no, interpretado con máscaras e inspirado en el budismo zen, y el kabuki, un espectáculo popular y suntuoso.

La religión ocupa un lugar de preponderancia en la vida del Japón y se encuentra estrechamente vinculada con el Ser. El budismo se convirtió en la religión oficial a partir de 1946, propiciado en gran parte por la derrota sufrida en la Segunda Guerra Mundial. El emperador Hiro Hito (1901-1989), último emperador considerado una divinidad, leyó por la radio la rendición de su país, motivo por el cual debió renunciar a su naturaleza divina.

El sintoísmo, la religión anteriormente oficial hasta 1946, significa el camino de los dioses, es politeísta y persigue la pureza ritual y física, está orientada a la práctica ritual individual, no está basada en ningún texto revelado y su iglesia no está organizada jerárquicamente. Su práctica fundamental es el culto a los kami, o dioses que encarnan los fenómenos de la naturaleza (tsunamis, terremotos, inundaciones), y a los antepasados.

Otra cosa que hay que tomar en consideración son los ritos samuráis, quienes se constituyen en una casta puramente militar a partir del siglo XVII. Se regían por un estricto código de honor llamado bushido (el camino del guerrero) en el que el cumplimiento del deber con el daimyo era su máxima vital. Para un samurai no existe el miedo a la muerte, por eso su emblema es una flor de cerezo, que simboliza la brevedad y belleza de su vida.

La literatura japonesa se encuentra impregnada de estos y otros elementos más que no deben aislarse del relato y que siempre están estrechamente conjugados con la escritura. Por ejemplo las geishas, el juego de Go, la tradición de los bonsai, el sumo y otras más.

Un roonin es un samurái sin amo, una de las figuras más románticas de la cultura japonesa. Los roonin, se quedaban sin amo por razones muy diversas: porque su amo no podía mantenerlo, porque la casa de su amo era absorbida por otra y el nuevo amo no quería sus servicios o porque él abandonaba la casa por razones de cualquier tipo…

Una vez convertido en un roonin, el samurái no dejaba de serlo ni perdía sus derechos a portar armas, pero se convertía en un hombre solitario, a menudo nómada, que vendía sus servicios al mejor postor y que estaba dispuesto a meterse en cualquier aventura que se cruzara en su camino.

Furinkazan (Sexto Piso) la novela de Yasushi Inoue comienza con una lucha entre dos roonin, que conforman una serie de inesperadas acciones, que agregan al relato intriga elevando el relato a un nivel de suculencia literaria.

Yasushi Inoue es un escritor muy poco conocido fuera de las fronteras de Japón, que vivió de 1907 a 1991. El Japan Quarterly lo definió bien como “un escritor que ha conseguido escapar de los estrechos cauces de la novela japonesa contemporánea”.

Sus intereses literarios se enfocaron hacia la historia antigua japonesa, China, la violencia, el caos y los juegos del poder del pasado. Furinkazan la escribió en 1953 y por sus páginas no ha pasado un ápice de ese tiempo que congeló con sus palabras.

Furinkazan es el lema del clan Takeda, clan que existió desde el siglo XII hasta que fue masacrado por Oda Nobunaga en 1575, en la batalla de Nagashino. El clan fue famoso por su poder expansivo basado en un brillante uso de la estrategia.

Furinkazan es una célebre expresión de El arte de la guerra: “Sé rápido como el viento, silencioso como el bosque, fiero como el fuego, sereno como la montaña”. Su sentido, planea sobre el ascenso y la caída de Kansuke Yamamoto, un roonin, enigmático, implacable y profundamente humano que es el protagonista de la novela.

Kansuke, mediante ardides mentales y guerreros, obtiene la confianza del jefe del clan, Takeda Harunobu, y desde su deformidad física y su inteligencia, dirigirá los hilos de los Takeda, con una seguridad sobrehumana. No solo determinará las tácticas de guerra, sino la vida privada y los amores de su jefe. Una historia que va desde la intimidad hasta lo casi sobrenatural, ocultando un volcán de pasiones reprimidas que son, en última instancia, las que desencadenan un fatal desenlace.

La obra de este artista japonés debe ser leída a detalle, ya que cada gesto, cada movimiento de los personajes, tiene un significado. Novela altamente incisiva, maravillosamente lírica y profunda.

Jorge Iván Garduño
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“Los años de peregrinación del chico sin color” de Haruki Murakami

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La decimotercera novela del escritor Haruki “el mago” Murakami (Kioto, Japón, 1949) ha generado grandes expectativas tras el éxito arrasador que ha obtuvo con 1Q84 (Tusquets Editores), por lo que el novelista –ya considerado de culto– vuelve con su puntillosa prosa en un relato que conjuga lo real con lo irreal.

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Los años de peregrinación del chico sin color (2013, Tusquets Editores) recoge la vida de Tsukuru Tazaki, un hombre que de joven sufre una cruel situación de parte de su grupo de amigos que le resulta traumática al grado de querer suicidarse, sin embargo la vida le ha preparado un destino más provisorio.

Con el paso del tiempo, la novia de Tazaki detecta que él sufre un asunto “no resuelto” por lo que deberá aventurarse en su resolución que lo lleva a tener que enfrentarse con sus examigos y con el mismo.

Tsukuru Tazaki nos recuerda a anteriores personajes de Murakami, sin embargo es interesante cómo el autor japonés nos adentra al mundo sombrío, bifurcado y repleto de sombras que descansan en sobre un paisaje convulso, divergente… pero adictivo que el Los años de peregrinación del chico sin color.

Haciendo gala de una prosa minuciosa, letárgica y cargada de meandros simbólicos, con el transcurrir de la historia nos adentramos al más puro mundo murakaniano en el que las figuras geométricas son una constante y el círculo el ejemplo más surrealista del inverosímil mundo de Tsukuru Tazaki.

En Los años de peregrinación… Murakami nos reitera que el flujo de conciencia es parte íntima de su obra, lo que permite que sus novelas contengan rasgos psicológicos que se confunden en la mente de quien pudiera ser cualquier hombre o mujer, en la imposibilidad de pretender vivir en la zozobra y la inseguridad de hechos moralmente cuestionables.

En definitiva la literatura de Haruki Murakami forma parte de diversas lecturas e infinitas interpretaciones, debido a que este autor utiliza la carga ideológica de Oriente maquillada con el pensamiento de Occidente, obsequiando al lector un muestrario de pensamientos abstractos que invitan a la reflexión, por medio de diálogos literarios abstractos más que explícitos.

Murakami redacta con tal desfachatez e inteligencia –inusual para la narrativa oriental actual–, que desmitifica brutalmente los clichés del siglo XXI al más puro estilo japonés.

Haruki Murakami, un lúcido escritor contemporáneo que irrumpió hace años en el mundo literario alcanzando ventas multimillonarias en su país y, por supuesto, fuera de él, que ha sido altamente criticado por su acercamiento con occidente, pero, sin lugar a dudas, de forma hipnótica envuelve al lector –occidental u oriental– con su obra por lo que ha sido llamado un “mago” de la ficción literaria.

Sin embargo, Los años de peregrinación del chico sin color recorre los mismos caminos andados tiempo atrás por Murakami, lo que podría preocupar para quienes han pensado que este autor merece un lugar trascendental dentro de las letras universales por lo que el próximo paso en su carrera será reinventarse en sus siguientes ficciones… y que no dudo que así será.

Jorge Iván Garduño
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“El hombre caja” de Kōbō Abe, la introspección humana

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Kōbō Abe (Tokio, 1924-1993) fue un escritor experimental japonés que exploró las divergencias del ser humano dentro de la sociedad, inspeccionando con ojo de cirujano –Abe estudió medicina, aunque nunca ejerció– cada rasgo del individuo de modo surrealista y de forma introspectiva plasmando en su literatura extrañas formas del entorno.

El hombre caja (Siruela, 2012) es una novela compleja y muy bien estructurada de Abe, quien evoca la fascinación por ver al “otro” sin ser visto, suprimiendo voluntariamente la identidad por lo que encontramos en las diversas escenas descritas figuras y sombras extrañas de una filosofía de individuos que desarrollan unael-hombre-caja-9788498417173 interdependencia hombre-objeto motivados por el fin de mudar su aspecto en hombres-caja… y así comienza a transitar por las calles de Tokio esta extraña cría de sujetos con una caja de cartón que cubre sus cabezas y su cuerpo hasta la cintura.

La prosa que imprime Kōbō Abe es fragmentada, ahí existen más de tres narradores que nos van describiendo escenas caóticas, pero también se adentra en la utilización de otros recursos estilísticos que bien pudieran algunos lectores considerar como no literarios, tal es el caso de la fotografía o documentos legales que refuerzan la obra, lo que demuestra una estructura artística que encaja en nuestro siglo XXI, y que debió resultar muy difícil de imaginar en 1973, año en que fue publicada.

Es así como leemos que de una simple caja de cartón de refrigerador, cuatro sujetos hacen su hábitat en diferentes momentos, deambulando por calles, callejones y oscuros senderos, por lo que la sociedad termina por creerlos entes anormales al punto de confundirlos con desequilibrados, indigentes o vagabundos, pero que en su espacio vital, que es la “caja”, observan aturdidos la psicosis social de la que son presa el resto de los ciudadanos que están al borde del abismo moral.

Como si se tratara de un caparazón, concha o tal vez su piel momentánea, por lo que deberá mudar a su tiempo como una crisálida, el hombre-caja se aparta de la sociedad utilizando la caja como barrera ante el mundo, enfocando únicamente su mirada en la pequeña ventana horizontal por la cual se satisfacen los deseos más excéntricos.

Contrario a lo reducido que uno podría suponer es una caja de cartón, en su interior existen cables que sostienen cantimploras, una lámpara de mano, una radio portátil, una bolsa de plástico, comida, un cuaderno de notas, bolígrafos, una cámara fotográfica, planos de la ciudad y anotaciones relevantes plasmadas en las paredes de la “casa”, por lo que el hombre-caja posé todo lo necesario para sobrevivir, aunque sí está expuesto a las inclemencias del tiempo y, como se verá en las escenas, también a los excesos de los hombres del exterior.

Este espacio de seguridad representa para cada personaje un hogar acogedor, donde la comida, el dinero o los documentos no son relevantes ‒incluso la identidad misma del individuo‒, ya que a los cuatro personajes identificados como hombres-caja Abe les designa sólo el nombre de A, B, C o D, que interpretamos como la pérdida voluntaria de la identidad.

Asimismo Kōbō Abe hace de El hombre caja un estudio de la necesidad que el ser humano requiere cuando percibe el rechazo social o indiferencia que la sociedad infringe en cada individuo –trátese de joven, adulto o de la tercera edad– con lo que se inicia un siniestro juego de espejos entre individuos marginados que buscan en el morbo de observar lo que hay en el exterior sin ser vistos, una confrontación para quienes se encuentran afuera ya que el interior de la caja es un enigma que bien merece ser descubierto aunque ello signifique la destrucción de su propietario.

El hombre caja, una fascinante novela que toma como leitmotiv un objeto que desde la niñez puede ser utilizado como: auto, avión, casa, escondite, cueva, dormitorio, y que en la decadencia física o mental del hombre es el escondite donde se busca evadir al mundo a través del placer de mirarlo, buscando que sea ignorada fehacientemente su presencia.

Kōbō Abe nos presenta una parafilia única, con la que corremos el riesgo de maravillarnos gracias a la pluma maestra de un autor excesivamente inteligente.

Jorge Iván Garduño
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“Después del terremoto”, una intempestiva obra de Haruki Murakami

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Tras el éxito arrasador que el escritor japones Haruki Murakami (Kioto, 1949) obtuvo con su novela 1Q84(Tusquets Editores), el ya novelista de culto vuelve con su prosa puntillosa y arrebatada en un conjunto de relatos que evocan la fuerza de la naturaleza a la que está expuesto el pueblo nipón: sismos… terremotos… movimientos telúricos.

Después del terremoto (2013, Tusquets Editores) recoge seis breves relatos que se encuentran íntimamente ligados entre sí, y que forman a la postre una novela de dimensiones colosales al plantear vórtices creados por el miedo que genera un movimiento de tierra; y que los japones conocen de sobra.

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Murakami nos adentra en un mundo sombrío, repleto de sombras aderezadas por luces que se desvanecen y danzan en torno a un paisaje convulso, divergente y que se torna complicado comprender, pero tan adictivo… al punto que es complicado despegarse de él.

El hilo conductor en Después del terremoto es el sismo que en 1995 cobró la vida de más de cinco mil habitantes de Kobe, ciudad japonesa situada al sur de la gran isla, y que como sutil ladronzuelo deambula tras bambalinas a través de los seis relatos.

Haruki Murakami logra en esta obra transmutar el miedo generado del saberse preso de las fuerzas de la naturaleza en mostrar coraje por la vida misma, delineando la valentía de los seres humanos que buscan la luz de la esperanza tras el sombrío paso de la muerte.

Al adentrarnos a esta disidente obra, nos damos cuenta de lo frágil que es en realidad el ser humano, a través de seis divergentes personajes, que sirven como referente para intentar explicar la decadencia de los sistemas sociales más desarrollados.

La literatura de Haruki Murakami forma parte de diversas lecturas e infinitas interpretaciones, debido a que este autor utiliza la carga ideológica de Oriente maquillada con el pensamiento de Occidente, obsequiando al lector un abanico de pensamiento abstracto que provoca la reflexión, por medio de diálogos literarios abstractos más que explícitos.

Murakami redacta con tal desfachatez e inteligencia ‒inusual para la narrativa oriental actual‒, que desmitifica de brutalmente los clichés del siglo XXI al más puro estilo del mejor legado histórico japonés.

Jorge Iván Garduño
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1Q84, o la alteración del mundo

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El eco orwelliano japonés: 1Q84, llega a su fin con el tercer volumen de esta novela envuelta en un ambiente enrarecido que Haruki Murakami ha recreado ya desde las dos pasadas entregas de esta obra medular contemporánea de las letras niponas, y que sin lugar a dudas nos muestra la disección del mundo “de las dos lunas”, en apariencia normal y un tanto irreconocible, pero del que los personajes buscarán salir.

La novela se desarrolla al filo de la conciencia de los protagonistas: Aomame, una enigmática mujer independiente e instructora en un gimnasio; y Tengo, un profesor de matemáticas. Las vidas de estos personajes se cruzan, trenzan, enlazan, chocan, tropiezan, colapsan… todo mientras experimentan la multidimensionalidad del paso y el peso del tiempo, que de forma admirable Murakami sostiene a lo largo de su obra.

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Haciendo gala de una prosa detallista, hipnótica y con una fuerte carga de desarraigo social, somos cómplices –con el pasar de las páginas– de las historias alteradas de dos personajes atípicos y solitarios que viven sumergidos en la metrópoli, al tiempo que recorremos alternadamente el abanico de pasiones humanas de un universo surrealista que pasa de lo mágico a lo inverosímil, siempre cargado con la vitalidad psicológica de Aomame y Tengo.

En 1Q84 Murakami nos reitera que el flujo de conciencia es parte íntima de su obra, lo que permite que el conjunto de motivos que se confunden en la mente de quien pudiera ser cualquier hombre o mujer, en la imposibilidad de pretender vivir en la zozobra y la inseguridad de hechos moralmente cuestionables.

Es así como la fuerza del deseo que los personajes expresan en 1Q84 es regurgitado escandalosamente; el inconsciente es arrojado sobre nuestro entorno –y si la expresión es permitida– hacia el lector, a ratos en la incertidumbre de la represión, y por momentos nos encamina hacia la revuelta y la rebelión.

En esta última entrega que hace Murakami de la zaga 1Q84, hay un hálito de grandeza, de enamoramiento de la criatura humana, que nos muestra que bajo una apariencia de impiedad subsiste una compasión y una complicidad amorosas… mientras se aboga porque los verdugos sean castigados bajo los altos códigos de honor japonés.

Haruki Murakami, un lúcido escritor contemporáneo que ha irrumpido en el mundo literario alcanzando ventas multimillonarias en su país y, por supuesto, fuera de él, ha sido altamente criticado por su acercamiento con occidente, pero, sin lugar a dudas, de forma hipnótica envuelve al lector –occidental u oriental– con su obra.

1Q84 presenta la dialéctica entre la libido y el instinto de muerte obligando al lector a ir hasta el punto final, y deja la posibilidad de ir siempre más allá.

Sin miedo a la equivocación, Haruki Murakami sentará un precedente demoledor gracias a la escritura letal que sostiene en su ya basta obra, que en conjunto y en lo individual es majestuosa.

Jorge Iván Garduño
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La retratista del vacío japonés: Banana Yoshimoto

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Desde que las letras japonesas comenzaron a producir sus primeras obras literarias, siempre se han caracterizado éstas por poseer un gran valor artístico y literario como los Ise monogatari (Relatos de Ise), por surgir en los albores de las culturas orientales que han ido dando paso a otras artes.

En la sociedad oriental la oralidad dio paso a expresiones artísticas como el teatro no, el kabuki, la plástica, el manga, el anime, el cine, la música y la literatura moderna, que en su forma escrita toma un impulso demoledor, ya que no se vasa únicamente en el trabajo escrito, sino que la preexistencia de la oralidad viene a reforzar de manera rotunda el perfeccionamiento literario japonés.

Esta literatura, como todas las letras universales, se nutre de la comunicación y su oralidad, dando pie a que exista a través de las letras y el lenguaje que ellas forman, manifestándose de manera visual, oral o escrita, siendo la literatura japonesa una de las más visuales, que obtiene su valor estético e intelectual desde el momento de su concepción.

Y es a partir de esa concepción única, que los escritores japoneses surgen como una suerte de alquimistas venidos en la noche por sorpresa, con la firme intención de expresar un lenguaje que toma el rol de retratista social.

En este marco surge Mahoko Yoshimoto (1964), quien utiliza el seudónimo literario de Banana Yoshimoto debido a su gusto por las flores rojas de la banana y los pseudónimos andróginos; es hija de uno de los críticos y filósofos japoneses más importantes de la década de 1960, Ryumei Yoshimoto, y hermana de Haruno Yoiko, dibujante.

La escritura de Banana Yoshimoto es de un estilo excesivamente claro, su lenguaje aquiescente permite matices sumamente lúcidos, dotado de una nueva poesía generacional, donde temas nunca antes explorados en el Japón son recurrentemente utilizados por esta escritora.

La cultura japonesa, de la que nos habla Yoshimoto, es un Japón moderno, rico en tradiciones milenarias pero sorprendentemente insólito en el avance tecnológico que ha desarrollado en los últimos cincuenta años y donde las nuevas generaciones, como las de Banana, están devorando comics, video-clips, equipos de audio-video personales, telefonía celular, video juegos, que van dejando a su paso jóvenes desconcertados, ansiosos, con temores, abrumados y en una soledad recurrente.

El mundo en el que transita Yoshimoto es un mundo contradictorio, saturado de un vacío generacional, pero con unas ganas extraordinarias por vivir y amar; en eso radica la escritura emocional, árida y puntillosa que nos plantea la escritora en sus novelas.

Esa es la literatura que nos ofrece Banana Yoshimoto, que desde que publicó su primera novela Kitchen, obtuvo inmediatamente las mejores críticas y se convirtió en un verdadero éxito de librerías alcanzando las sesenta ediciones en Japón y los seis millones de lectores.

Gracias a escritoras como Yoshimoto, podemos descodificar a las sociedades del pasado o las contemporáneas de Oriente, por esa labor y visión de escritores y escritoras tan lúcidas que dan rostro, apellido y alma ya no sólo a las letras nacionales, sino a las letras universales.

El ejercicio de Banana Yoshimoto, enriquece el conocimiento y la capacidad de penetración en la realidad propia y ajena por tratarse de una verdadera suma de mensajes entre seres humanos que reflexionan sobre su entorno y sobre la sociedad en que se origina su escritura.

Banana Yoshimoto, una escritora que cumple con el rasero que imponen un buen número de clasificaciones generacionales, sin embargo creo que es oportuno insistir en que se caracteriza por su feliz coincidencia con espíritus antes dispersos a través de las letras.

Más allá de los premios literarios que ha alcanzado, del aplauso que le han brindado o la polémica que causa con su forma de novelar, es cierto que en un panorama general ella ha abandonado parcialmente ciertos escenarios que eran comunes en la literatura japonesa de sus maestros y ha impuesto su enfoque a detalle de los escenarios locales de su sociedad.

Las lecturas que merecen las obras de Yoshimoto nos brindan comprensión a una de las culturas orientales más fascinantes, validando el mensaje que nos quiere transmitir haciéndolo resonar en un eco que alcanza a muchos otros autores y lectores de Oriente y Occidente, ávidos por aceptar y entablar un diálogo de complicidad crítica, sana y constructiva.

Banana Yoshimoto, una escritora que asume su realidad –como corresponde a cualquier autor que se precie de serlo–, que pretende aportar las mejores obras que esté en sus manos escribir y que parte de una muy buena propuesta estética.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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Explorando el inconsciente con Kawabata

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El esplendor del imperio japonés ha cautivado a Occidente e impresionado a Oriente, sus majestuosos palacios, situados en jardines esplendorosos o en riscos imaginablemente complicados de acceder, atuendos confeccionados con lujosas telas y con metales de acabado artesanal, y ni qué decir de los ritos solemnes que nos evocan una cultura de dioses, espíritus y samuráis.

La ideología japonesa, llena de misterio, incomprensible para quienes vivimos en Occidente, esa cultura tan lejana para unos y tan cercana y propia para muchos otros, aunque estos últimos nunca terminan siendo generalmente mayoría ante los primeros. Antes de conocer a uno de los máximos representantes de la literatura japonesa, les hablaré –brevemente– de la ideología de aquel país, que continuamente resulta ser fascinante. .

Las artes japonesas están dominadas por tradiciones milenarias y de un profundo conocimiento para quien busque practicarlas. La dramaturgia tiene dos formas de representación: el teatro no, interpretado con máscaras e inspirado en el budismo zen, y el kabuki, un espectáculo popular y suntuoso.

La religión ocupa un lugar de preponderancia en la vida del Japón y se encuentra estrechamente vinculada con el Ser. El budismo se convirtió en la religión oficial a partir de 1946, propiciado en gran parte por la derrota sufrida en la Segunda GuerraMundial. El emperador Hiro Hito (1901-1989),[i] último emperador considerado una divinidad, leyó por la radio la rendición de su país, motivo por el cual debió renunciar a su naturaleza divina.

El sintoísmo, la religión anteriormente oficial hasta 1946, significa el camino de los dioses, es politeísta y persigue la pureza ritual y física, está orientada a la práctica ritual individual, no esta basada en ningún texto revelado y su iglesia no esta organizada jerárquicamente. Su práctica fundamental es el culto a los kami, o dioses que encarnan los fenómenos de la naturaleza (tsunamis, terremotos, inundaciones),[ii] y a los antepasados.[iii]

Otra cosa que hay que tomar en consideración son los ritos samuráis, quienes se constituyen en una casta puramente militar a partir del siglo XVII. Se regían por un estricto código de honor llamado bushido (el camino del guerrero) en el que el cumplimiento del deber con el daimyo era su máxima vital. Para un samurai no existe el miedo a la muerte, por eso su emblema es una flor de cerezo, que simboliza la brevedad y belleza de su vida.

La literatura japonesa se encuentra impregnada de estos y otros elementos más que no deben aislarse del relato y que siempre están estrechamente conjugados con la escritura. Por ejemplo las geishas, el juego de Go,[iv] la tradición de los bonsai, el sumo y otras más.

Yasunari Kawabata (Osaka, 1899-1972), escritor japonés impregnado del impresionismo y partidario del lirismo. Su escritura está cargada con altos niveles de erotismo, de obsesiones amorosas, de la nostalgia, del remordimiento, del deseo por lo prohibido, los rituales y la muerte, esta última, muy significativa para Kawabata.

La obra de este artista, ganador del premio Nobel en 1968, debe ser leída a detalle, ya que cada gesto, cada movimiento de los personajes, tiene un significado; novelas altamente incisivas, maravillosamente líricas y profundas.

Kawabata nos habla de las tradiciones ancestrales de su patria que se ven confrontadas de frente con un florecimiento vertiginoso y acelerado de una sociedad moderna, lo que crea ambientes transformados, angustiantes, desolados, pero de una belleza deslumbrante que invita a la imaginación a cruzar la frontera de la ficción a la realidad.

Relatos que nos hace creer su autor que son Vida, cuando en realidad son Sueño, es el inconsciente del ser humano accionado en vida real, en el aquí y en el ahora, cuando en verdad sólo está trayendo los apetitos del Ontos[v] a través del inconsciente. Una especie del Anima y del Animus[vi] reflejado en la más fina literatura. Aunque finalmente, también es Vida por ser parte de la misma.

La soledad en que pasó su infancia tras la muerte de sus seres más queridos (sus padres), marcó profundamente su personalidad. Huérfano a los tres años, insomne perpetuo, lector voraz tanto de los clásicos como de las vanguardias europeas, fue un solitario empedernido.

Yasunari Kawabata, el escritor japonés que fue maestro de otro extraordinario novelista: Yukio Mishima, y guía literario del segundo Nobel que ha dado el Japón, Kenzaburo Oé.  Un verdadero genio de las letras niponas que nos lleva a conocer las calles, las ciudades y los paisajes del país del sol naciente.

A los setenta y dos años, enfermó y, deprimido, se suicido en la ciudad de Zushi el 16 de abril de 1972, sin dejar ninguna explicación. Su obra, definida por él mismo como <<un intento por hallar la armonía entre el hombre, la naturaleza y el vacío>>, ocupa un lugar entre lo más selecto de las letras universales, porque Yasunari Kawabata, es y seguirá siendo el novelista por excelencia del Japón del siglo XX.


[i] En 1945, los nipones oyeron por primera vez la voz de un monarca, Hiro Hito, quien leyó la rendición de Japón. La religión oficial anteriormente era al sintoísmo, y que fue oficialmente cambiada por este hecho relevante.

[ii] Por eso es que el Manga japonés está poblado de estos elementos de gran significado.

[iii] Los orígenes del sintoísmo se remontan al periodo entre el 300 d.C., los lugares sagrados eran parajes de gran belleza que se señalizaban con una cuerda o una puerta de madera llamada torii.

[iv] Juego de mesa muy popular en China, Corea y en especial en Japón. 19 líneas horizontales y 19 líneas verticales sobre un tablero, sobre los puntos de intersección se ponen  piedras en formas de concha, blancas y negras. La tradición indica que nunca se ha jugado dos veces una misma partida de Go; hay alrededor de 4,63×10170 posiciones posibles.

[v] El “Ser”.

[vi] Anima= Nuestra parte femenina. Animus= Nuestra parte masculina.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
@plumavertical
 
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http://apiavirtual.net/2008/11/26/explorando-el-inconsciente-con-kawabata/