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Tlatelolco [Opinión]

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A mediados de 1968, mientras la narrativa hispanoamericana seguía en ascenso con los exponentes del Boom; y la Guerra Fría entre los Estados Unidos (EEUU) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) mantenía en vilo al mundo, los ojos de millones de personas se situaban en México debido a la organización de los XIX Juegos Olímpicos de la Era Moderna próximos a celebrarse en la Capital Azteca.

En aquella época algunos grupos contenían movimientos sociales al interior de las escuelas preparatorias y universidades, como el muy conocido fenómeno del porrismo, que en las “prepas” estaba arraigado porque eran grupos de choque que utilizaban las autoridades de ese entonces para intimidar alumnos y, sobre todo, para impedir que creciera la influencia de los grupos de izquierda en el medio universitario.

Algunos de los grupos porriles eran impulsados directamente por El MURO, una organización de derecha que trataba de impedir que hubiera planteamientos de izquierda en el estudiantado de aquella época, entonces ya había una lucha sorda en ese aspecto. Pero llega el movimiento del 68 que rebasa todo el marco local y provoca que en un lapso muy breve, que va del 26 de julio hasta el 2 de octubre del 68, se transformara la faz de México y la conciencia de miles de estudiantes.

Rememoremos un poco, durante el 22 y 23 de julio de ese año se suscitaron una serie de incidentes entre alumnos de las vocacionales 2 y 5 y muchachos de la escuela particular incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), maestro Isaac Ochoterena, que fue “calmada” por la policía capitalina, donde los servidores públicos se excedieron en sus funciones, provocando una reacción defensiva de los estudiantes, quienes fueron perseguidos hasta las aulas de las vocas[i] 2 y 5 en un afán burdo de “restablecer” el orden.

La información se propaga rápidamente entre los alumnos y se genera la idea de hacer movilizaciones para protestar ante las autoridades del ‘poli’ y de la SEP. Luego se habla de una movilización más grande para el 26 de julio, que es la fecha histórica de la toma del cuartel Moncada en Cuba, día en el que tradicionalmente los grupos de izquierda de la Universidad, las Escuelas Normales del Distrito Federal y del Politécnico conmemorábamos en solidaridad con los cubanos. Entonces coinciden ambas marchas, en las que había grupos –que se habían infiltrado según relatan líderes del 68–, adiestrados para generar confusión y provocación. Éstos apedrearon vidrieras de hoteles de avenida Juárez y de una joyería para decir que los estudiantes habían generado violencia y poder justificar la represión contra ellos. A causa de esto los participantes de ambas marchas determinaron marchar hacia el zócalo… sin embargo fue reprimida la intentona.

Por ende, se generó la necesidad entre estudiantes de la UNAM, el ‘Poli’ y las ‘Normales’ de denunciar los hechos, así que en tres días se realizaron asambleas y mítines de protesta en las escuelas e incluso se repartieron volantes. Y en los últimos días de julio, durante una de estas brigadas de volanteo en el zócalo, el ejército persiguió a los muchachos y fueron a dar al edificio antiguo de lo que fue la Preparatoria 1 y 3; en ese ataque los militares le dieron un ‘basucazo’ a la puerta, que además era colonial, dejando ver la ferocidad represiva en contra de los jóvenes, lo que contribuyó a la inconformidad estudiantil y en los primeros días de agosto se fue reuniendo lo que sería el Consejo Nacional de Huelga. Este Consejo realiza un pliego petitorio de seis puntos y es apoyado por todo tipo de escuelas de nivel medio y superior; así se generaron los primeros movimientos de huelga. Hubo movilizaciones el 13 y el 27 de agosto con más de 350 mil alumnos; y una más el 13 de septiembre, hasta llegar al 2 de octubre.

El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz pensó en la represión para sofocar el movimiento estudiantil que era legítimo contra la represión: una cosa bárbara y contradictoria, porque en otros países también había movilizaciones y protesta de los estudiantes, pero sólo aquí hubo una masacre terrible, y en la opinión pública existió la simpatía de la población, en primer lugar de los padres de los alumnos, porque veían un movimiento lleno de fuerza expresiva juvenil.

Probablemente el 2 de octubre hubo 300 o más muertos, nunca se ha tenido el número total porque se incineraron cadáveres y amenazaron a mucha gente para que no dieran el nombre de algún familiar muerto o desaparecido. Sólo tenemos una estela con 39 nombres en Tlatelolco rememorando a los muertos… poca cosa.

Me parece que reprimir estas protestas contra la violencia con más violencia es el resultado de recomendaciones y pactos del gobierno mexicano de aquel entonces con el gobierno estadounidense y la CIA para considerar cualquier protesta social como un peligro de insurgencia popular y de influencia de las tendencias de izquierda de buscar una sociedad con justicia y equidad.

El 2 de octubre fue un siclo en el que la sociedad mexicana fue víctima de una represión brutal y un siclo en el que también ya se veía la decadencia del gobierno autoritario del PRI. Aunque siguió en el poder porque un régimen autoritario no se termina fácilmente.

Aquellos jóvenes no tenían la más mínima intención de derrocar gobiernos, sólo fueron parte de un movimiento estudiantil que pretendía cuestionar a los gobernantes debido a su autoritarismo. Entonces creció la conciencia social. Y ellos fueron conscientes del autoritarismo, de lo que es el Estado, todo eso lo vivieron aceleradamente: lo entendieron en sólo dos meses.

Para finalizar voy a parafrasear a Carlos Monsiváis, quien dijo en uno de sus últimos libros sobre el 68 antes de morir que somos la primera generación histórica de influencia en la transformación de la conciencia en México. Y creo que el eco de dolor de hace 45 años nos alcanza con un sonido potente, estremecedor y frío por la ausencia de los verdaderos valores del Movimiento de 1968… no se puede conmemorar esta fecha con movilizaciones que invitan a la violencia, cosa muy contraria a los verdaderos ideales de hace 45 años… Día de verdadero luto nacional.


[i]Reducción hipocorística referente a los nombres de las escuelas de nivel medio superior del Instituto Politécnico Nacional.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 

Este texto ha sido publicado en:

http://efektonoticias.com/opinion/tlatelolco

Memoria de la masacre y la impunidad

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A mediados de 1968, mientras la narrativa hispanoamericana seguía en ascenso con los exponentes del Boom y la Guerra Fría entre los Estados Unidos (EE. UU.) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) mantenía en vilo al mundo, los ojos de millones de personas se situaban en México debido a la organización de los XIX Juegos Olímpicos de la Era Moderna próximos a celebrarse en la Capital Azteca.

Sin embargo, durante el 22 y 23 de julio de ese año se suscitaron una serie de incidentes entre alumnos de las vocacionales 2 y 5 y muchachos de la escuela particular incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), maestro Isaac Ochoterena, que fue “calmada” por la policía capitalina, donde los servidores públicos se excedieron en sus funciones, provocando una reacción defensiva de los estudiantes, quienes fueron perseguidos hasta las aulas de las vocas[1] 2 y 5 en un afán burdo de “restablecer” el orden.

EfektoTV Noticias ha preparado este trabajo especial de nuestro colaborador Jorge Iván Garduño, quien habló con uno de los testigos presenciales de aquella época que transformó la consciencia de cientos de miles de estudiantes de las instituciones educativas públicas más grandes del país y de algunas privadas, el luchador social y miembro de la izquierda mexicana José de Jesús Martín del Campo.

Jorge Iván Garduño: ¿Dónde se encontraba usted al final de la década de los 60 y cómo fue que se vio involucrado en los movimientos sociales de la época?

José de Jesús Martín del Campo: Estaba estudiando en la Preparatoria 7 de la UNAM y también había estudiado en la escuela normal. Trabajaba en la mañana y en la tarde estudiaba. En ese entonces, yo estaba vinculado a grupos estudiantiles proclives a estudiar la historia de México y a tener posiciones de izquierda, además estábamos contra el fenómeno del porrismo en las escuelas preparatorias porque eran grupos de choque que utilizaban las autoridades de ese entonces para intimidar alumnos y, sobre todo, para impedir que creciera la influencia de los grupos de izquierda en el medio universitario.

“En un lapso muy breve, del 26 de julio hasta el 2 de octubre del 68, se transformó la faz de México y la conciencia de miles de estudiantes”.

JIG: ¿Cómo se fue gestando el movimiento estudiantil de 1968?

JMC: Algunos de los grupos porriles eran impulsados directamente por El MURO, una organización de derecha que trataba de impedir que hubiera planteamientos de izquierda en el estudiantado de aquella época, entonces ya había una lucha sorda en ese aspecto. Pero llega el movimiento del 68 que rebasa todo el marco local y provoca que en un lapso muy breve, que va del 26 de julio hasta el 2 de octubre del 68, se transformara la faz de México y la conciencia de miles de estudiantes.

JIG: Entonces, ¿fue esta lucha el detonante?

JMC: No precisamente.Se había dado una pequeña riña entre alumnos de las vocacionales 5 y 2, y muchachos de la escuela particular ‘Isaac Ochoterena’, que fue “calmada” por la policía, pero se excedieron en su función y ‘corretearon’ a los partícipes que no habían logrado ‘macanear’ hasta el interior de la vocacional 5, agrediendo incluso a maestros que estaban dando clase en ese momento. La información se propaga rápidamente entre los alumnos y se genera la idea de hacer movilizaciones para protestar ante las autoridades del ‘poli’ y de la SEP. Luego se habla de una movilización más grande para el 26 de julio, que es la fecha histórica de la toma del cuartel Moncada en Cuba, día en el que tradicionalmente los grupos de izquierda de la Universidad, las Escuelas Normales del Distrito Federal y del Politécnico conmemorábamos en solidaridad con los cubanos. Entonces coinciden ambas marchas, en las que había grupos –que se habían infiltrado-, adiestrados para generar confusión y provocación. Éstos apedrearon vidrieras de hoteles de avenida Juárez y de una joyería para decir que los estudiantes habían generado violencia y poder justificar la represión contra ellos. A causa de esto los participantes de ambas marchas determinaron marchar hacia el zócalo… fue reprimida la intentona.

JIG: ¿Qué sucedió después? ¿Se organizaron para hacer frente?

JMC: Esta vez se generó la necesidad entre estudiantes de la UNAM, el ‘Poli’ y las ‘Normales’ de denunciar los hechos, así que en tres días se realizaron asambleas y mítines de protesta en las escuelas e incluso se repartieron volantes. Y en los últimos días de julio, durante una de estas brigadas de volanteo en el zócalo, el ejército persiguió a los muchachos y fueron a dar al edificio antiguo de lo que fue la Preparatoria 1 y 3; en ese ataque los militares le dieron un ‘basucazo’ a la puerta, que además era colonial, dejando ver la ferocidad represiva en contra de los jóvenes, lo que contribuyó a la inconformidad estudiantil y en los primeros días de agosto se fue reuniendo lo que sería el Consejo Nacional de Huelga. Este Consejo realiza un pliego petitorio de seis puntos y es apoyado por todo tipo de escuelas de nivel medio y superior; así se generaron los primeros movimientos de huelga. Hubo movilizaciones el 13 y el 27 de agosto con más de 350 mil alumnos; y una más el 13 de septiembre, hasta llegar al 2 de octubre.

“Fue una cosa bárbara y contradictoria… hubo una masacre terrible”.

JIG: ¿Cómo reaccionó la autoridad?

JMC: Pues, piensan en la represión para sofocar el movimiento estudiantil que era legítima contra la represión: una cosa bárbara y contradictoria, porque en otros países también había movilizaciones y protesta de los estudiantes, pero sólo aquí hubo una masacre terrible.

JIG: ¿Cuál era la opinión pública?

JMC: Existía la simpatía popular de la población, en primer lugar de los padres de los alumnos, porque veían un movimiento lleno de fuerza expresiva juvenil.

JIG: ¿Tiene idea de cuántos muertos hubo en ese movimiento?

JMC: Probablemente 300 o más muertos, nunca hemos logrado tener el número total porque incineraron cadáveres y amenazaron a mucha gente para que no dieran el nombre de algún familiar muerto o desaparecido. Sólo tenemos una estela con 39 nombres en Tlatelolco rememorando a los muertos.

Del Campo recuerda que en países como Francia también se dieron movimientos sociales por parte de los jóvenes durante las décadas de 1960 y 1970, y sin embargo sólo aquí se dio esta masacre como colofón.

JIG: ¿Por qué considera que se dio esta brutal represión?

JMC: Me parece que reprimir estas protestas contra la violencia con más violencia es el resultado de recomendaciones y pactos secretos del gobierno mexicano con el gobierno estadounidense y la CIA para considerar cualquier protesta social como un peligro de insurgencia popular y de influencia de las tendencias de izquierda de buscar una sociedad con justicia y equidad.

JIG: Además de los dolorosos recuerdos, ¿qué legaron estos movimientos a la sociedad mexicana?

JMC: Por un lado, víctimas de la brutal represión, presos políticos: porque a muchos se les fincaron sentencias absurdas de delitos inventados de asociación delictuosa, portación de armas  y disolución social… y por otro, ser sujetos de la transformación social en todos los sentidos.

JIG: ¿Cómo se dio esa transformación?

JMC: Bueno, a raíz del Jueves de Corpus (10 de junio de 1971) es bien conocida aquella situación emblemática en la que Octavio Paz, que era embajador de México en la india renunció a ese cargo en protesta por la masacre del 2 de Octubre. También, en Latinoamérica y todos los países de Europa los sectores intelectuales y culturales criticaron la brutalidad del gobierno. Había solidaridad con el movimiento estudiantil, y dolor y estupor por esta manera de agredirnos y violentar el proceso en el que pedíamos diálogo con el gobierno para resolver los seis puntos petitorios en los que pedíamos que no hubiera violencia, que desapareciera el cuerpo de granaderos, que se sancionara a los jefes de la policía, que indemnizaran a los deudos de los fallecidos y heridos en movimientos anteriores al 2 de Octubre y que se derogaran los artículos 145 y 145bis del código penal, que contenía un delito que fue creado a raíz de la II Guerra Mundial para evitar la penetración de los nazis en México; éste condenaba la ‘disolución social’, un delito burdo que fue aplicado a Demetrio Vallejo y Valentín Campa, ferrocarrileros que en 1959 ejercieron su derecho al realizar una huelga y protestar por sus condiciones de trabajo, así se mantenía a los presos políticos en la cárcel. Aunque después, nosotros mismos nos volvimos presos políticos.

Los últimos presos políticos de la época salieron de la cárcel en mayo de 1971, y aunque ya no cabía la posibilidad de realizar movimientos sociales por lo acaecido en el 68, José de Jesús Martín del Campo y aquellos que se encontraban libres de nuevo, siguieron involucrados en diferentes comités de lucha por el respeto de las autoridades hacia las instituciones académicas y su autonomía.

JIG: ¿Termina ahí la historia del 2 de Octubre de 1968?

JMC: En definitiva no. Cuando salimos de la cárcel, más de dos años después de la masacre, nos enteramos de un conflicto estudiantil en Nuevo León, en el que la comunidad universitaria estaba  reclamando una ley orgánica que permitiera la participación más adecuada de los maestros en la estructura de una universidad autónoma, porque además les habían derogado la  promulgación de una ley de ese tipo y les impusieron a un rector militar. Este conflicto generó expectativa luego de la salida de los últimos presos del ‘68’, puesto que se esperaba de cierta forma la reivindicación de los participantes a quienes se les había catalogado como subversivos. Era necesario volver a salir a la calle en manifestaciones pacíficas y demostrarle a la sociedad que podíamos manifestarnos pacíficamente como lo habíamos hecho antes.

Entonces se creó el Comité Coordinador de Comités de Lucha y se estableció el 10 de julio de ese año, como la fecha de la manifestación, sin embargo, se volvió a dar una masacre en la que murió más de una centena de jóvenes a manos del grupo paramilitar Los Halcones.

Hace una breve pausa y sin esperar la siguiente pregunta indica:

Fue un ciclo en el que fuimos víctimas de una represión brutal y un ciclo en el que también ya se veía la decadencia del gobierno autoritario del PRI. Aunque siguió en el poder porque un régimen autoritario no se termina fácilmente.

Nosotros no teníamos intención de derrocar gobiernos, sólo éramos parte de un movimiento estudiantil que pretendía cuestionar a los gobernantes debido a su autoritarismo. Entonces creció la conciencia social. Y nosotros fuimos conscientes del autoritarismo, de lo que es el estado, todo eso lo vivimos aceleradamente: lo entendimos en sólo dos meses.

JIG: ¿Cómo definiría a los estudiantes del ‘68’?

JMC: Voy a parafrasear a Carlos Monsiváis, quien dijo en uno de sus últimos libros sobre el 68 antes de morir que somos la primera generación histórica de influencia en la transformación de la conciencia en México.


[1]Reducción hipocorística referente a los nombres de las escuelas de nivel medio superior del Instituto Politécnico Nacional.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical

Esta entrevista ha sido publicada en el portal del canal de efektoTV Noticias http://www.efektotv.com/noticia/4342-memoria-de-la-masacre-y-la-impunidad-a-proposito-del-2-de-octubre-entrevista.html

Oriana Fallaci, una mujer que vio la guerra a los ojos

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Oriana Fallaci, mujer excepcional que fue testigo presencial de los acontecimientos más relevantes y angustiantes del siglo XX, estar en el lugar donde se sucedían los conflictos bélicos de mayor riesgo y relatarlos en primera persona eran, parala Fallaci, la esencia de su vida.

Periodista y escritora, que comenzó su extensa carrera como corresponsal para diarios de su natal Italia, poco después fue llamada para cubrir guerras, luchas armadas, e infinidad de hostilidades en todas las latitudes; de Oriente a Occidente y de Sur a Norte, fue una fiel observadora que en vida nunca dejó de sorprender al mundo entero.

El entorno en el que crece está inundado por la ideología fascista de Benito Mussolini, esa que acentúa la autoridad de un jefe o caudillo, que trata la Democraciacon desdén y defiende al Nacionalismo expresado en un racismo agresivo como vía para desarrollar la unidad nacional; las ideas de Oriana desde muy joven fueron antifascistas, durante la SegundaGuerra Mundial fue partisana[i] y se unió ala Resistencia contra la ocupación nazi en su Toscana, de la que es originaria, todo esto gracias al fiero activismo de su padre.

Su escritura es angustiante, polémica, siempre desde una visión liberal y laica, que toma posiciones humanitarias y que nos deja entrever el alma de una mujer apasionante, llena de vida, que en cada palabra, frase, párrafo que brota de su pluma va plasmando la realidad en una realidad universal, su realidad, la realidad personal de cada ser humano finalmente.

Día a día, con la muerte constantemente al acecho, siempre soldado sin armas en uno u otro país en guerra civil o en conflicto bélico, Oriana Fallaci vivió momentos terribles producto del absurdo espectáculo de la guerra, ya fuera enla India, Oriente Medio, Pakistán o América Latina, lo único verdadero y constante era la muerte, esa que es la misma no importa qué rasgos físicos tenga, color de piel, idioma o motivación.

Fue así como se forja con tesón, adrenalina y sudor, su historia periodística, cincuenta años de arduo trabajo, en los que dejó una extensa y muy reconocida obra con la que abordó todo tipo de géneros periodísticos: opinión, reportaje, entrevista, crónica, y teniendo siempre como telón de fondo la noticia trascendental que requiere ser divulgada y expuesta a la opinión pública.

Es en 1969, y luego de tener ya en su haber tres libros que surgieron a partir de acontecimientos verídicos relatados por aquella joven periodista, cuando se aventura a publicar un excepcional y tremendo libro lleno de una fuerza y una rabia que tienen como principal destinatario al género humano: Nada y así sea, <<las cuatro últimas palabras de una terrible plegaria nacida de la más profunda desesperación>>, y sólo al participar de la lectura de tan inquietante obra, nos volvemos partícipes de la plegaria.

Nada y así sea, escrita a partir de anotaciones en cuadernos de lo acontecido durante el periodo en que Oriana cubrió la guerra del Vietnam a finales de la década de 1960, relatada en primera persona en un tono acompasado y con un ritmo adecuado a lo que se va describiendo, una constancia fiel de los horrores de la guerra, de la rabia de una mujer para con el género humano por sus absurdos, y de cómo ella halla la respuesta a una pregunta que es la que sostiene la narración, que asume el perfil de una novela cuyos personajes son todos absolutamente reales.

<<¿Qué es la vida?>>; es la pregunta que su hermana de apenas cinco años le realiza a Oriana Fallaci, quien de manera torpe le da respuesta a tan colosal cuestionamiento. Al siguiente día partiría como corresponsal a Vietnam,  insatisfecha y con muchas interrogantes sobre la existencia y con ganas de darse a ella misma la respuesta que no podía darle a su pequeña hermana.

Cerca de un año vivió al borde de la muerte, sufriendo las incoherencias de la guerra, los caprichos de hombres sin escrúpulos, las consecuencias del napalm, la rabia y el orgullo de los vietcong contra los siempre “bien intencionados” norteamericanos, el desafío de sobre-vivir “un día más”, y es sólo al final, y después de abandonar aquel país asiático, cuando va a México a informar sobre el movimiento estudiantil de 1968, y luego de los trágicos sucesos del 2 de octubre hallaría una respuesta válida para aquella plegaria.

Oriana Fallaci, una mujer fuera de lo ordinario que escribió libros extraordinarios, catalogados en su mayoría como obras de memoria periodística, forjados a partir de una voz lucida, coherente, humana, que sensibiliza y abre un canal profundo en la mente, el corazón y el espíritu.

En vida logró entrevistar a numerosos líderes y celebridades del siglo pasado, colaboró para diferentes diarios de muy reconocido prestigio, sus obras son valoradas, vendidas y traducidas en más de treinta países, y luego de casi una década de silencio, decide romperlo tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001, del que fue testigo como ciudadana neoyorquina, con La rabia y el orgullo.

Al final de su vida, mantuvo dos fervientes luchas: una en contra del cáncer de mama, que la llevó a la muerte en un hospital de Florencia el 15 de septiembre de 2006, y la otra, en contra del fundamentalismo islámico, que la marginó de la vida pública por las constantes amenazas recibidas en su contra de parte de grupos extremistas y suicidas.

Fallaci logró mantener hasta su último día de vida, una mente lúcida y consiente de sí misma, tan lúcida y consiente como su caligrafía, que nos habla de guerra, muerte, rabia, coraje, y de tantas otras cosas de lo que está compuesta la vida y que a Oriana Fallaci le sirvieron para apreciarla, aún a pesar del dolor que infringe el ser humano a su semejante y eso no lo cambia nadie ni nada.

Una extraordinaria periodista que dejo constancia de los horrores del siglo XX y que su lectura nos recuerda lo frágiles e irracionales que podemos llegar a ser durante nuestra existencia. Su obra es un verdadero canto a la vida, quela Fallaciaprendió en la guerra, y nosotros no necesitamos ir a una para amarla, evitar la guerra… y nada y que así sea.


[i] Guerrillera.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
@plumavertical