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El reflejo de la identidad en el exilio

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Por años, Pakistán ha sido núcleo de constantes luchas religiosas, políticas y sociales, en las que la desigualdad entre los grupos de poder y sus gobernados son una constante en ascenso en pleno siglo XXI. Esta escalofriante diferencia bien nos recuerda las discordancias entre musulmanes e hindúes que a diario viven dentro de las fronteras de esta república, mismas que se acentuaron desde su proclamación de independencia en 1947, siendo el problema de Cachemira el más mediatizado.

En un panorama nada alentador y teniendo como escenario la zona montañosa del norte, Cachemira occidental, el escritor paquistaní Zulfikar Ghose (Sialkot, 1935) utiliza los temas del exilio, la emigración y la pérdida de identidad para entretejer un viaje detallado y mítico en el tiempo y el espacio en su novela El triple espejo del yo, ocasionando que el mundo observe nuevamente la tradición cultural de esta nación de Asia meridional ubicada a orillas del mar Arábigo.

A este respecto, existe la falsa creencia de que la “tradición cultural” hace sólo referencia al ámbito de las artes o a la axiología social, y también el prejuicio de creer que la tradición implica un rescate de valores que perpetúa el poder o la jerarquía –muy comunes, por cierto, en Pakistán.

Estas posturas son imprecisas y Zulfikar Ghose así lo hace ver en su obra, ya que la tradición engloba el conjunto de conocimientos de la sociedad y en ella se integran tanto la ciencia, la religión, la pintura, la economía, el gobierno o la literatura, por lo que es un acto que recuerda en su memoria las funciones vitales de la sociedad como bien pueden ser voces, imágenes, inicios, desenlaces.

En El triple espejo del yo, Zulfikar Ghose hace repaso de la historia… su historia, y de la historia como pauta que acumula conocimiento y permite en un mundo devastado la sobrevivencia, los sueños, las pesadillas que nos embargan y se reiteran como obsesiones en preguntas –el cómo, el dónde, el por qué– fundamento de las acciones y las ideas, del cuerpo y las voces en la transitoriedad perenne del tiempo en el espacio.

La escritura de Ghose es un acto que nos vincula a lo plural, a la animalidad que subyace en nosotros recubierta de lenguajes, además nos expone a la intimidad, al deseo que traspasa las ataduras de lo cotidiano y transita en solitario sabiéndose confrontado en los límites de la noche que reposa en sí misma y regresa transformada en lo otro, en un espejo que derruye la costumbre y carcome la seguridad; un acto que persigue su liberación, una búsqueda que deja de lado la censura, el olvido.

Los vínculos que Zulfikar Ghose sostiene se relacionan con hilos que escapan e intentamos atrapar, simetrías intrínsecas de secretos que no son secretos, son máculas que al ir allá traspasan el aquí y ahora, que están y no están, que simplemente no se han ido, permanecen al acecho como una luz que parpadea, como un fantasma que se arropa en la emotividad de su propio sentir explorando en las formas del lenguaje los horizontes ocultos del ser, y el existir, en la experiencia de la prosa.

El triple espejo del yo, nos confronta a quemarropa con el cómo pensamos sobre nuestra identidad nacional cuando nos arrebatan nuestro país, nos mutilan nuestro futuro, nos laceran nuestro pasado y nos extirpan nuestra humanidad.

Su lectura implica un reto al lector, ya que Zulfikar Ghose nunca revela quién es el protagonista de tan inquietante novela, cuya identidad cambia a lo largo de la narración, lo que deja constancia para futuros y amplios estudios filológicos de tan sugestiva e inquietante obra.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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La pluma maestra de la actual literatura libanesa

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Uno de los mejores exponentes de las letras modernas del Medio Oriente es, Amin Maalouf (1949), un escritor y ensayista nacido en el Líbano que redacta su literatura partiendo de la tradición poética milenaria en formato de prosa; condición que la hace sutilmente mágica y atrayente.

Dentro del repertorio literario de Maalouf, tenemos dos portentosas obras maestras: León el africano y Samarcanda, novelas que integran elementos históricos, además de conflictos religiosos propios de la media luna y donde la geografía mantiene un papel preponderante al tiempo que nuestra vista recorre las líneas escritas.

Sin caer en posiciones extremas, Maalouf busca que su prosa mantenga una voz coloquial alineada con la magnificencia de la más alta literatura europea, lo que le permite acceder a una especie de constante perfeccionamiento intelectual con una visión cosmética de su país: el Líbano.

Siguiendo la tradición de que la literatura es una aventura personal que se ejerce casi en secreto, Amin Maalouf redacta desde su trinchera intimista textos precisos y cómodos, pero de los que también brotan grandes torrentes de cultura logrando hacer de cada oración un asunto poético.

Es así como conjugando filosofía poética, se conforma una obra con altos niveles de esteticidad artística, que sitúan al lector bajo el dinamismo de la lucidez con la finalidad de mostrarle la lucha que entabla el ser humano por la supervivencia de su civilización, o bien de su sociedad.

Este rigor litigante en los relatos de Maalouf, tiene como objeto buscar el respeto por las culturas minoritarias, que en gran parte de los casos son la base de las grandes civilizaciones musulmanas o cristianas, alcanzando una integración cultural y religiosa, permitiendo suponer que el juego de convivencia-tolerancia que existe en la región tiene una fecha de término, para bien o para mal.

Amin Maalouf delinea textos literarios hasta cierto punto laberínticos, en el que agota todas las posibilidades de reflexión sobre un asunto en particular, y con cada obra publicada nos deslumbra gracias a la variedad de argumentos y tramas, tan excelentemente bien construidos, pero a la vez, de una sencillez atractiva de la que toma su belleza.

Sirviendo de puente con la histórica literatura europea, la prosa de Maalouf expone tensiones inherentes a la vida y la memoria, su escritura se caracteriza por una elegancia hipnotizadora, que utiliza un lenguaje natural, conciso y directo.

En el caso de Samarcanda, el lector se encuentra sumergido en una especie de flashback continuo, que genera una urdimbre que avanza en la línea narrativa, pero al mismo tiempo no se nos revela lo más importante de la trama, lo que crea de principio a fin una sensación indescifrable, por lo que catalogo a esta novela en una verdadera obra de arte y a su autor, en un soberbio escritor.

Maalouf, que se dio a conocer universalmente con León el africano, una portentosa novela que enmarca la historia con el paisaje del mediterráneo, es un gran conocedor de la lengua árabe y francesa y ganador, gracias a su penetrante pluma, del prestigioso Premio Goncourt.

La obra, en su conjunto, de este escritor libanes nos permite contemplar la riqueza artística de los países musulmanes; muestra representativa de la solidez literaria que el también autor de El viaje de Baldassare ha logrado.

Amin Maalouf, un verdadero genio de las letras universales, que funde su origen musulmán y cristiano para redactar una obra que es la joya libanesa de la modernidad.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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Albert Memmi, un rostro anticolonialista

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En la época reciente, somos testigos del derrocamiento de dictadores en el norte de África y Medio Oriente, revueltas sociales que han servido como “inspiración” para que pueblos muy similares se levanten en contra de gobiernos dictatoriales en naciones árabes diversas como son Egipto, Marruecos, Argelia, Libia, Bahrein o Túnez, país donde iniciaron, el 17 de diciembre de 2010, una serie de protestas que culminaron con la dimisión del ex presidente Zine el-Abidine Ben Alí, y con ello el detonante de la llamada revolución del jazmín.

Los cambios trascendentales que sufre la geopolítica mundial, son muestra fehaciente de la inestabilidad social a la que estamos sometidos, en la que sólo es necesaria la chispa adecuada que encienda el descontento social, para dar paso al surgimiento de un líder nacional o regional que muy difícilmente se abstendrá de cometer los mismos errores y ejercer el poder de forma similar a las que hoy originan las revueltas.

Debemos recordar que la opresión es antes que nada el odio del opresor contra el oprimido, y un sistema colonial fabrica colonialistas de la misma manera que fabrica colonizadores, muy probablemente como en el caso de los actores de la revolución del jazmín, donde un pueblo colonizado buscó asumir las responsabilidades colectivas para decidir su destino como pueblo, accediendo a la construcción de una nación incluyente, donde el peso de la tradición barrial y el activismo sindical, formaron un frente que articuló la protesta civil y “pacífica” contra un régimen autoritario y corrupto que ya no garantizaba la estabilidad ni la viabilidad de los sistemas políticos, pero con el riesgo de que en ellos resucite la naturaleza humana que hoy quieren destruir.

En este marco histórico temporal, años atrás surgieron diversas voces de combate consideradas subversivas, quienes han escrito textos que denuncian la explotación económica y los excesos de los gobiernos monárquicos, siguiendo la tradición anticolonialista por su pasado de sometimiento europeo, resultando en una literatura de ruptura total.

En este pensamiento converge la obra de Albert Memmi, un literato e intelectual que nació en el Protectorado francés de Túnez en 1920, dentro de una comunidad judía. Él utiliza la lengua francesa como instrumento de su quehacer profesional, pero con la incuestionable convicción de que sus letras no se arrojen al compromiso político totalizador que permea y ciega al Tercer Mundo; pugnando por una conciencia socio-cultural que permita que los pueblos menos desarrollados gocen de los beneficios de la civilización europea.

La importancia de su obra radica hoy día, en que ha descrito o anunciado a manera de premonición que dichos pueblos –árabes o judíos– deben romper el círculo infernal del colonialismo por medio de la rebelión, que según Memmi sería esencialmente “una negativa de todo lo colonial”; asimismo, nos advierte que el oprimido también puede ser opresor, pues si la colonización destruye al colonizado, pudre al colonizador.

Como novelista, el autor tunecino nos cuenta su amarga juventud en La estatua de sal (1953), texto que le sirvió para orientar su existencia judía dentro de un mundo árabe, y toparse con la imposibilidad de una vida humana consumada en el África del Norte posterior a la segunda mitad del siglo XX, dando pie a lo que sería su segunda obra, Agar (19); en ambas, Memmi describe la quemante tierra africana a través de su mirada, dejándonos sentir, por medio de la nuestra, el fuego abrazador de su magistral pluma.

Albert Memmi, autor de una obra sobria y claramente apasionada, donde su tranquila objetividad es sinónimo del sufrimiento y cólera ya superados, por lo que sus relatos parecen proyectarse al presente inmediato y no al pasado traslúcido del que surgieron.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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La iniciación, la exclusión y el fatalismo marroquí, en los ojos de Ben Jelloun

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El siguiente texto, es un extracto del testimonio verídico de Khadidiatou Diallo, mujer africana, militante en Francia de la asociación Grupo de Mujeres parala Aboliciónde las Mutilaciones Sexuales (GAMS):

“Nunca me olvidare de ese día. Fue en 1966. Yo tenía 12 años y mi hermana diez. Como todos los veranos, estábamos en casa de nuestros abuelos paternos, en una aldea a15 kilómetrosde Bamako. Una mañana temprano fuimos a ver a mi tía, la hermana de mi padre, a quien siempre queríamos visitar, pues nos consentía mucho.

“Yo no sospechaba nada. Mi tía me llevo al baño y ella y varias mujeres más se abalanzaron sobre mí, me agarraron, me tumbaron y me separaron las piernas. Yo gritaba. No vi el cuchillo, pero sentí que me estaban cortando. Había mucha sangre. Lloré, pero me decían ‘no hay que llorar, es una vergüenza cuando una llora, ahora eres una mujer, lo que te hemos hecho no es nada’. Empezaron a dar palmas y me vistieron con un paño blanco. No me pusieron ninguna venda, sólo algo que habían preparado con aceite de karité y hojas. Le tocaba a mi hermana menor. La oí llorar y pedirme auxilio y eso me hizo sufrir aún más.

“Me embarga un sentimiento de odio y de rabia. Me case a los 22 años. Nunca pude decir que me faltaba algo en mi cuerpo, porque no se admitía que una mujer expresara sus deseos de placer. No es una herida, sino una verdadera mutilación; una herida se cura, pero con la mutilación se pierde algo para siempre”.

Según cálculos dela OrganizaciónMundialdela Salud(OMS), más de 130 millones de mujeres han sido víctimas de mutilaciones sexuales y, anualmente, dos millones de niñas corren el riesgo de sufrir esas prácticas. Existen 28 países del África, y dentro de las comunidades de inmigrantes en Europa, Australia, Canadá y Estados Unidos, que las llevan a cabo.

La mutilación sexual femenina –conocida como excisión–, consiste en cortar la piel que recubre el extremo del clítoris o la extirpación (ablación) de este órgano y, a menudo, se amputa parte de los labios menores. Otra mutilación mucho más extrema es la de la infibulación,[i] es una excisión completada con la ablación de los labios mayores, cuyos muñones se suturan de un extremo a otro, dejando un pequeño orificio para permitir el paso de la orina, el flujo menstrual y más adelante, permitir la penetración. Esta práctica tiene graves consecuencias: hemorragia, anemia, retención de líquidos, infecciones pélvicas y desgarramientos en el parto. Se ha considerado que dicho ritual no tiene vinculación con religión en particular, tribus animistas, judíos, cristianos y musulmanes la practican, siendo esta última la más identificada con este rito considerado de transición.

En este marco, el escritor Tahar Ben Jelloun (Fez, 1944), crea una escritura donde pone en escena temas tabú que hacen emerger un lenguaje prohibido para el islam, relacionado con el cuerpo, la sexualidad, los mitos ancestrales, las leyendas magrebíes, los problemas sensibles de la sociedad contemporánea, como la situación preocupante de la mujer en el mundo árabe con respecto a la exclusión o la mutilación sexual como rito iniciático.

Ben Jelloun se nutre de la rica tradición árabe para construir historias, relatos que se dejan gobernar por los desórdenes de la memoria y la insubordinación de la imaginación, y se alejan del esquema de la novela tradicional, enlazando la tradición oral de Las mil y una noches y de los cuentacuentos de los zocos,[ii] para regalarnos espléndidas narraciones sobre amistad, identidad, violencia erótica e injusticias sociales.

Con respecto a su obra, se ha dicho que es “de una escritura compleja que dificulta toda interpretación lineal”, convirtiendo sus textos de este modo, “en una reflexión constante sobre las posibilidades de contar, extendiendo los límites de la novela”.

Ha publicado poemas, relatos, ensayos, obras teatrales y un buen número de novelas, que le han hecho obtener, entre otros, el Premio Impac de Dublín en 2004, Premio Global Tolerance de la ONUen 1998 y ser el primer escritor magrebí galardonado con el Premio Goncourt de 1987, por La noche sagrada.

Ésta, fue redactada a partir de un hecho real de la segunda mitad del siglo XX, que se confunde con las leyendas marroquíes transmitidas de boca en boca; esta característica hace que la historia del libro permanezca indecisa entre la novela y el cuento, adentrándose en el terreno de lo existente hacia lo extraño y maravilloso, con una serie de microrelatos al margen de la lógica, donde el sueño, la fabulación y el delirio, son presentados como la verdad coexistiendo en el plano terrenal.

La noche sagrada tiene sus inicios en 1985 con El niño de arena, novela también de Tahar Ben Jelloun, juntas constituyen en realidad las dos versiones de una misma historia, la de la protagonista Ahmed/Zahara, y la que miles de mujeres musulmanas viven a diario: la búsqueda de identidad, la segregación, la excisión y la infibulación.

El niño de arena es la aventura de Ahmed, la octava hija de un padre que decreta que la menor de sus hijas sería un hombre para evitar perder la herencia familiar, ya que en la tradición musulmana, sólo los hombres podían heredar. La niña es anunciada, presentada y educada como varón y, el padre organiza la vida de la pequeña minuciosamente, haciendo que ésta crezca creyendo ser un hombre llamado Ahmed, orillado a casarse con su prima para finalmente aceptar la permuta y apartar la femineidad de su cuerpo.

El relato es contado en tercera persona por un cuentista profesional en una plaza de Marrakech, alternando a la vez con ligeras intervenciones de un público atento y muy numeroso. Luego de la muerte de su padre y esposa, Ahmed inicia un excesivo viaje que le hará redescubrir, a manera de cuenta gotas, que es una mujer y no un hombre.

En la mayoría de los países musulmanes, las leyes laborales en el sector industrial o administrativo, tienen como primera víctima a la mujer trabajadora en relación con la desigualdad de sueldos, facilidades maternales o lo referente a la jubilación, mientras que en la agricultura o el trabajo doméstico, no existe ninguna ley que proteja a las trabajadoras.

En lo referente a las leyes familiares, –en cualquier país árabe– como la finalidad es proteger los beneficios de la familia como una unidad económica, le dan todo el poder a los hombres, quienes desde el punto de vista religioso, son los únicos capaces de mantener y defender esa unidad, convirtiendo a las mujeres –reitero– en sus primeras víctimas.

Ya en La noche sagrada, el propio Ahmed toma el lugar del cuentista para dar su versión de la historia, mas ya no como hombre, sino como mujer: Zahara.

Desde la primera línea sentencia: <<Lo que importa es la verdad>>, y en la segunda reafirma su identidad de mujer: <<Ahora que soy vieja dispongo de toda la serenidad para vivir>>.

Zahara nos relata que antes de fallecer su padre, él le confiesa su secreto, el porqué del simulacro, las razones sociales y culturales que lo empujaron a transformarla en un hombre. Es a partir de este punto, que los relatos magrebíes se funden en el drama de Zahara, tejiéndose con implacable fatalismo.

La ideología musulmana se hace presente en la pluma de Ben Jelloun, Zahara, como mujer, tendrá que experimentar un viaje con múltiples eventos iniciáticos, como si de un sueño hubieran salido. A los 20 años de edad, su padre la liberó del engaño, la noche en que murió él, fue una Noche Sagrada en la tradición islámica yla Nochedel Destino para ella, que es raptada como en los cuentos antiguos.

En el mismo contexto, se le presentan sus hermanas <<en un desfile en que lo grotesco supera lo ridículo. Todas llevan una bolsa de plástico>>, se hacen acompañar de navajas, cuchillos o tijeras. La golpean, la insultan, le recriminan el haber <<arruinado a toda la familia. Por tanto es preciso que pague>>. Nació mujer, pero la hicieron pasar por hombre, porque “ser mujer es una desgracia”.

En nombre de una religión, ideología y por el bienestar familiar, las mujeres llevan a cabo fielmente esta costumbre. <<Vamos a hacerte una pequeña circuncisión –le dicen–. La justicia se ha convertido en nuestra pasión. La verdad, en nuestro ideal y nuestra obsesión. El islam, en nuestro guía. Dos de sus compañeras me ataron las manos sobre la fría mesa –relata Zahara a su público–. Me desgarraron el sarual y me levantaron las piernas. La mayor me metió un trapo mojado en la boca. Puso su mano enguantada sobre mi bajo vientre, me aplastó con los dedos los labios de la vagina hasta que sobresaliera bien lo que ella llamaba “la cosa pequeña”, la roció con un líquido, sacó de una caja metálica una hoja de afeitar que mojó con alcohol y me cortó el clítoris. Aullando interiormente, me desvanecí. Un dolor atroz me despertó en plena noche… Tenía el sexo cosido>>.

Estas “ceremonias” obligan, que cada vez sea mayor el número de mujeres de corta edad, que abandonan su país de origen, para emigrar a Europa o América del Norte principalmente,[iii] sumándose a los problemas alimenticios y de trabajo existentes. Todo esto fomenta la prostitución, el odio y la denuncia constante de grupos que consideran el “totalitarismo islamista” comparable con el nazismo y el estalinismo, que desemboca en constantes choques violentos, y estos hechos todos “en nombre de Dios”.

Tahar Ben Jelloun (colaborador habitual del periódico Le Monde), es uno de los novelistas más celebres y uno de los intelectuales más leídos y comprometidos de lengua francesa en la actualidad. Su lectura, nos da la dimensión ética de un hombre que vive en un mundo dividido por el racismo y que ha hecho de puente entre dos civilizaciones.

Crucemos el puente de Occidente a Oriente, y de Oriente a Occidente.


[i] También conocida como circuncisión faraónica.

[ii] Mercados y plazas públicas de Marruecos.

[iii] Un caso significativo es el de Waris Dirie. Nació en Somalia, en una familia nómada. Ignora su edad pero podría tener 35 años. A los cinco, aproximadamente, su madre la condujo a la oscuridad del desierto y dejó que una gitana le extirpara el clítoris. Después, la cosieron con espinas de plantas y le ataron las piernas por 40 días. Su belleza le valió un millonario contrato con la marca Revlon y ser parte de las inolvidables chicas Bond. En septiembre de 1996, fue nombrada por la ONU Embajadora Especial para su campaña en contra de la mutilación femenina. De su libro La flor del desierto, Editorial Planeta, 1999.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
 
Este texto fue publicado en:
Revista “Molino de Letras”, julio-agosto de 2008.