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Cuando el temor es rey [Opinión]

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Mi columna de hoy en el periódico #CapitalMexico “CUANDO EL TEMOR ES REY”. Puedes leerla en este link o adquirir un ejemplar en cualquier puesto de periódicos del DF: http://ow.ly/KNArr

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Texto publicado en el periódico Capital México, el miércoles 25 de marzo de 2015. Para su reproducción total o parcial es necesario citar a Capital México y al autor.

“Dispara, yo ya estoy muerto”, de Julia Navarro

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La última novela de la escritora y periodista española Julia Navarro (Madrid, España, 1953) es una obra de múltiples personajes donde la historia es sólo el pretexto para exponer las verdaderas intenciones de ellos.

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Dispara, yo ya estoy muerto (Plaza & Janés) es una novela “donde los personajes priman por encima de cualquier otra consideración, una novela de arquetipos humanos, en la que las grandes pasiones que anidan en el ser humano van aflorando en distintos personajes a lo largo de la historia”, esto en las palabras de Navarro.

Esta obra cuenta la historia de la familia Zucker, que fue expulsada a finales del siglo XIX de la Rusia zarista por su condición de judíos, y a su arribo a la llamada “Tierra Santa” decide adquirir la propiedad de los Ziad, familia árabe encabezada por Ahmed.

Entre éste y Samuel, patriarca de los Zucker, se creará un fuerte vínculo, una amistad que por encima de las diferencias religiosas y políticas se perpetuará generación tras generación.

Julia Navarro ha señalado que con en Dispara, yo ya estoy muerto ha buscado escribir sobre cómo los seres humanos “vienen al mundo con unas cuantas piedras en la mochila” y “cómo pese a esas piedras que los determinan —la religión, la situación económica por motivos familiares, la circunstancias históricas, etcétera— son capaces de coger las riendas de su propia vida e intentar cambiar las cosas”.

Poseedora de una prosa dura, que desgarra el alma, Dispara, yo ya estoy muerto no es una novela histórica, simplemente la historia es el escenario, el marco para contextualizar el relato, documentando de manera sublime una historia de dos culturas escindidas.

La también autora de títulos como ‘La Hermandad de la Sábana Santa’ o ‘La Biblia de barro’ es una escritora que aboga por la paz entre israelitas y palestinos y denuncia el fatalismo en esta su novela Dispara, yo ya estoy muerto, un libro que no hay que dejar de leer.

Jorge Iván Garduño
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Encrucijada mortal [Opinión]

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Las imágenes impactaron al mundo, cuerpos de jóvenes, adultos y en su mayoría niños tumbados en el suelo producto de lo que se supone fue el efecto del Gas Sarín –que una vez que invade el cuerpo humano tarda alrededor de media hora, si el contacto es con la piel, para manifestarse y colapsar las funciones esenciales de los órganos antes de la muerte inevitable entre sudores, mareos, espasmos y finalmente la asfixia y el paro cardiaco–, hombres desesperados intentando evitar lo inevitable: la muerte.

Al parecer el video fue grabado en Siria y difundido por los medios locales e internacionales, y según dicen los expertos todo indica que lo que documenta es un ataque químico contra una población civil, algo nunca antes visto casi en tiempo real.

Este suceso prendió las alarmas en la comunidad internacional y por primera vez –y no los dos años de guerra y los más de cien mil muertos–, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) pide al gobierno de Bassar Al-Assad garantizar la integridad de la población siria y el cese al fuego, sin embargo, Estados Unidos ha manifestado que intervendrá militarmente en el territorio sirio en las próximas horas.

Lo alarmante aquí es que Siria no es, por mucho, Irak, país árabe que la Unión Americana invadió en 2003, culminando con el derrocamiento de Saddam Hussein a quien condenaron para morir en la horca, orden ejecutada en diciembre de 2006.

Estados Unidos cuenta con el apoyo de nueve naciones: Alemania, Arabia Saudita, Canadá, Francia, Italia, Jordania, Qatar, Reino Unido y Turquía, quienes están decididos para encabezar una operación militar desde portaaviones desplegados en El Mediterráneo, al tiempo que otro frente ataca vía el Golfo Pérsico.

Lo preocupante es que, si bien existen gobiernos árabes que apoyan el derrocamiento de Bassar Al-Assad, el grueso del mundo árabe no es probable que dejen solos a los sirios… ya Irán y Rusia se han pronunciado en contra de un despliegue militar contra Siria, y para Teherán podría ser ésta la oportunidad de encabezar el poderío del mundo islámico contra “Occidente”, a sabiendas que si Siria cae, ellos serían el siguiente objetivo.

Aunque suena arriesgado y muy aventurado, las piezas se han ido acomodando poco a poco, y tarde que temprano –hoy o mañana– las tensiones en Medio Oriente desatarán más de un demonio que por siglos han estado esperando el día y la hora para desencadenar un cataclismo de proporciones mundiales.

Es cuestión de tiempo… y de tener la escusa perfecta, ya sea el petróleo o el agua o bien un ataque con una de las armas químicas más letales creadas por el hombre: Gas Sarín, que hay que señalar, Siria posee grandes cantidades, mismas que estará dispuesto para utilizar contra sus enemigos y la población civil.

Es posible que un eventual ataque de los Estados Unidos contra Siria no desate una guerra de proporciones universales, pero agrega tensión a la desgastada relación del mundo árabe con Occidente, léase Israel, Europa y Estados Unidos, algo que, insisto, coloca las piezas para una encrucijada mortal.

Jorge Iván Garduño
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Terrorismo, Nueva York y el WTC: una historia detrás del 11-S

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En punto de las 8 de la mañana tiempo del este de los Estados Unidos del 11 de septiembre de 2001, dio inicio uno de los capítulos que transformarían la historia y el rumbo de las políticas internacionales de seguridad aérea en todo el mundo, a esa hora despegó del Aeropuerto Internacional Logan de Boston el vuelo 11 de American Airlines, en el que viajaban 5 terroristas que secuestraron el Boeing 767 que transportaba a 92 pasajeros y que 46 minutos después se incrustaría en la Torre Norte del Word Trade Center (WTC) de Nueva York.

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Ese día el mundo se enteraría que existía un hombre llamado Osama Bin Laden y que en otro tiempo fue aliado de los EEUU, quien lideraba la organización terrorista Al-Qaeda, y que países que tal vez nunca habían escuchado nombrar antes en su vida eran refugio para él, sus allegados y simpatizantes… los ojos del que es considerado el ejército más poderoso de la Tierra estaban puestos en Medio Oriente y los países árabes.

Entre las 8 y las 11 horas de aquella mañana del 11 de septiembre se vivieron momentos tensos y de gran conmoción, a las 9:03 un segundo avión pero ahora de United Airlines embiste la Torre Sur del Word Trade Center, y si para esos instantes aún no quedaba claro qué sucedía en la Torres Gemelas, la transmisión en vivo por televisión de ese impacto dejó claro que eso no era un accidente.

34 minutos después se informa que un tercer avión se estrella contra el Pentágono… no había duda ya, los Estados Unidos eran objeto de un ataque terrorista y toda la nación estaba envuelta en casos y pánico, tanta información propició que se publicaran supuestos ataques en edificios de gobierno y más secuestros de aeronaves comerciales.

Finalmente un cuarto avión se estrelló en Pensilvania sin alcanzar su objetivo: el Congreso de los EEUU.

Las imágenes de terror procedentes del WTC de Nueva York fueron una constante, hombres y mujeres que prefirieron arrojarse por las ventanas a cientos de metros sobre el suelo y así adelantar su muerte, antes que morir quemados entre los fierros hirvientes y el concreto colapsado de los hasta entonces símbolos de poderío económico norteamericano.

Insertada en estos trágicos acontecimientos, Luisgé Martín (Madrid, 1962) novela la historia de un hombre que considera los sucesos del 11-S –numerónimo con el que comúnmente se le denomina en España y Latinoamérica a los sucesos del 11 de septiembre de 2011, y 9/11 en el mundo anglosajón–, como una vuelta de tuerca para reiniciar su vida, comenzar otra actividad atreviéndose a realizar lo que nunca se ha animado a efectuar.

Y es precisamente a raíz de una plática que sostiene con un viejo amigo al que no veía desde hace años y en plena crisis de los 40, en que una noche antes, el 10 de septiembre de 2011, en la que desea que su monótona vida cambie por completo y tome un giro inesperado para poder tener la escusa perfecta para abandonar su empleo de oficina en el Word Trade Center de Nueva York.

La misma ciudad (Editorial Anagrama), habla de esto y más, de una ciudad que sufrió un duro golpe, cambiando su fisonomía y la de sus habitantes, quienes debieron adaptarse al nuevo panorama que la vida les ofrecía, y entender que tarde que temprano habría que levantar la mirada en busca del sol, aunque fuera entenebrecido por una nube de polvo, humo y cenizas.

Luisgé Martín crea una emoción sin igual con una prosa emocionante y vívida a través de su obra La misma ciudad, proporcionando al lector de interesantes perspectivas de un suceso del que la mayoría de la humanidad supo y se mantuvo al tanto.

Una novela que nos habla de los habitantes de una ciudad, que tras dispersarse la marejada de polvo negro producto de la sinrazón, ¿será posible encontrar la misma ciudad? La respuesta no la brinda de manera literaria Luisgé Martín.

Jorge Iván Garduño
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El Líbano [Fragmento de novela]

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Muy pocas veces el amanecer en el puerto de Beirut ha gozado de tanta vida como la de esta mañana. El mayor movimiento se nota en los alrededores del mercado principal, que es una explanada cuadrada ubicada a escasos metros del puerto, ahí es donde por costumbre se congregan cada semana los mercaderes a ofrecer sus productos traídos de las más remotas y extrañas tierras.

Pero en este día hay algo especial flotando en el ambiente que hace que todo este espacio público se impregne con los olores de la canela, el comino, la pimienta árabe, el almizcle, la menta, el ajo (con su olor tan característico), las semillas de ajonjolí y el sándalo; jamás había sido posible tener al alcance en un único lugar –excitando todos los sentidos del comprante–, tantos aromas, tantos perfumes, tantas texturas.

Conforme los navíos arriban al puerto, la plaza se tiñe de infinitos colores pertenecientes a la variedad de telas que ofrecen los cambistas: mantos, vestidos, velos, tapetes; todos han sido trabajados a mano retando a la imaginación. Hombres de piel bronceada trabajan en descargar los barcos que resguardan en sus bodegas los rollos de tela. Como una orquesta dirigida a la perfección, cada hombre y cada mujer llevan a cabo sus tareas, ya sea descargando, acarreando, acomodando, vendiendo, comprando; todos son parte de este rincón del planeta heredero de Fenicia, un pueblo que albergó marineros que, como hoy en día, comerciaron con seda, lino, algodón…

Otros comerciantes prefieren elaborar ahí mismo sus propios alimentos, los mismos que en ocasiones ofrecen a los compradores por módicas cantidades de dinero o algún trueque de mercancías, como los tradicionales kepes calientitos y crujientes, los mezze, cafta, shawarma (marinados previamente), jocoques frescos, secos, cocidos, dulces o salados son preparados con el mismo esfuerzo por las mujeres, a quienes parece que la piel se les quiebra al ser abrazadas por el sol naciente de Medio Oriente.

Platillos bellos, perfumados y sabrosos, meticulosamente adornados ya sea con vegetales frescos, con los derivados de la leche o sencillamente con los buenos aceites que esta tierra tan estrecha en tamaño pero tan abundante y noble ofrece.

No muy lejos de este lugar y trepado sobre unas cajas de madera, unos hermosos ojos del color de la aceituna observan detenidamente el espectáculo en que se ha convertido el mercado, recorren cada metro cuadrado de la plaza pública con mirada casi infantil pero escrutadora, el dueño de este par de luceros esmeralda se conforma con contemplar desde lejos las risas, los juegos, el cómo venden, compran o charlan animosamente los negociantes mientras beben árak y reciben de frente la brisa del mar.

Nunca se ha atrevido a internarse en el puerto, o no al menos solo, ya que no soporta las miradas ajenas que le contemplan los dibujos marcados en su piel que sus ropas no alcanzan a cubrir; recuerda las visitas semanales que hacía al mercado en compañía de sus padres cuando era sólo un niño de apenas cinco años.

Era en esa época en que el rostro de su madre aún conservaba una expresión de felicidad, de gozo por la vida, que le desapareció en el momento mismo en que las vecinas del barrio le llegaron con la terrible noticia de que a su esposo le habían dado muerte en la plaza pública tras un desacuerdo con un mercader inglés. Me aseguran que en el instante en que supo de la muerte de su marido, la expresión de su rostro se demudó, fue como si en un suspiro la vida se le hubiera ido, el tono de su piel perdió el frescor, nunca más recuperó el semblante, ni la cotidianidad, ni a su esposo; tuvo que luchar ante la adversidad y por su cuenta darle a sus hijos un nombre en una cultura de hombres.

Jamás detuvieron al culpable, a pesar de que regresó en un par de ocasiones al puerto a vender sus mercancías. Luego desapareció y nunca más nadie supo de él.

La piel apiñonada del muchacho, quien no rebasa los diecisiete años de edad, se arruga mientras más observa las escenas de los cambistas, nota que mientras venden o compran hay quienes se aprovechan de la situación para hurtar objetos al amparo de la disposición que muestran para ayudar a cargar la mercancía. No son pocas las personas a las que ha detectado mientras realizan este tipo de prácticas. Esto le recuerda las ocasiones en que su padre, llevándolo de la mano entre las frutas secas y las flores aromáticas, le instaba sobre la honestidad y el valor moral. No ha perdido, a pesar de los años, la admiración por aquel hombre, guardando muy presente en su memoria el recuerdo del rostro paterno.

(Así que mis estimados escuchas, ya se imaginarán lo importante que es para nuestro pequeño Ojos de Aceituna la confianza y el respeto que un hombre debe poseer hacia otro hombre, y más cuando los bienes del prójimo o los nuestros están de por medio. Ya que el padre se lo enseñó, así que nada de juzgar injustamente. Lo material, hablemos del objeto que quieran, da igual, con el dinero lo podemos adquirir, pero ¿qué me dicen de la honestidad, la confianza o la moral?, no me imagino ver llegar a uno de ustedes a una tienda de abarrotes pidiendo: “deme dos kilos de honestidad” o “medio litro de confianza”, ustedes disculpen, espero no incomodar a tan distinguidos oyentes, ya me entenderán conforme nuestro relato avance, pero por ahora no nos adelantemos a los hechos. Volvamos con el joven misterioso de ojos aceituna).

Encaramado en las alturas, nuestro humilde héroe contempla con sobrada inocencia el movimiento tan poco común con el que amaneció el puerto esta mañana. Desde muy temprano los instrumentos de las embarcaciones han despertado a los pequeños miles de habitantes de la ciudad. Ojos de Aceituna salió de casa cuando aún había oscuridad, muy de mañana. Su tío Abdullah le ha confiado que en este día llegaría mucha gente procedente de tierras árabes, y otras más de tierras tan remotas dentro y fuera del Imperio, que sus costumbres no se asemejan a las del islam, sin embargo, le explicó que las similitudes con las “otras costumbres” son mucho mayores que las diferencias.

Le ha tocado vivir en una época mucho más abierta y tolerante a las ideologías judeocristianas con respecto a los siglos anteriores, si no fuera así hace mucho que hubieran expulsado a la comunidad cristiana asentada en el extremo oriental de la metrópoli.

La mirada del muchacho atraviesa la plaza, recorre el puerto ya sin mayores distracciones y se posa en el intenso azul jaspeado del mar, observa la oscilación irregular de las olas al contacto con el viento, se embelesa, continúa observando, descubre enormes objetos de madera y metal que sobresalen del agua, no es la primera vez que los contempla, ya en otras ocasiones que ha escapado furtivamente de casa ha visto detenidamente lo que los adultos llaman embarcaciones o barcos. Le parecen hermosos. Máquinas con vida propia que mueven toneladas de alimento, telas o maderas. Navegan errantes buscando puertos por las costas del Mediterráneo en los cuales puedan descansar sus anclas por las mañanas. Luego, al caer la tarde se retiran dejando a su paso un camino difuso en las aguas que invita a la nostalgia, o en otras ocasiones una columna de humo que se eleva por su chimenea, según sea el caso. Así es como se imagina la existencia de tan portentosos objetos. Qué ganas tiene de que lo dejen hacer un viaje en barco, no le importaría que fuese de muchos días con sus noches, iría a visitar a su amigo Yusuf a Trípoli, o incluso se embarcaría en un viaje a esa América de que tanto se escucha hablar últimamente y así poder constatar con sus propios ojos aceituna, esos paisajes de alegría y prosperidad que tantas veces le ha descrito su tío Abdullah, que quién sabe de dónde saca tanta palabrería.

El mes del Ramadán ha terminado, él y su gente ya celebraron su fiesta del fin del ayuno. Estas festividades le agradan porque se reúne mucha de su familia en casa. Se abrazan, comen, beben, ríen, la gozan verdaderamente conforme a sus costumbres y en ocasiones se obsequian pequeños presentes; a él por ejemplo, la hija de su amigo Yusuf, Aisha, le regaló un piedrita negra que le ha pedido conservar bajo sus ropas. Es dos años menor que él.

Aisha es de piel tersa, dorada por el sol, de ojos grandes y negros -muy parecidos a la piedra que le dio a Ojos de Aceituna-, su cabello es largo y del mismo tono que sus ojos. Ella no acostumbra cubrirse el rostro, mucho menos cuando se encuentra entre su familia, pero pronto deberá de utilizar “el velo” ya que la costumbre de las mujeres, aunque se ha retrasado, le está a punto de llegar. Los hombres ya no la miran como la hija de Omar al-Tayir, sino como una mujer y todo lo que esta palabra encierra en significado. A Ojos de Aceituna le parece bella, es hermosa, pero a él le está prohibido mirarla con ojos matrimoniales, sólo debe tener cariño y respeto en su corazón para ella y esto lo entristece; son hermanos colactáneos, mamaron de los mismos pechos. La madre de Aisha falleció al nacer ésta, se desgarró por dentro perdiendo mucha sangre hasta morir. Desesperado, Omar llevó a Aisha con la esposa de su amigo Ali, era el año de 1891; semanas antes Laila, la esposa de Ali, había dado a luz a un pequeño de ojos cafés (muy distintos a los de su hermano mayor), a quien pusieron por nombre Hussein. Hussein y Aisha crecieron como hermanos.

Jorge Iván Garduño
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