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Bajo el mismo cielo

Estándar

La pequeña cierra los ojos como consecuencia de la falta de oxígeno que se le está impidiendo llegue hacia sus pulmones. Los pupitres de madera que llenan la habitación de paredes blancas adornadas con gráficas del cuerpo humano y mapas territoriales se difuminan ante sus ojos, y sólo alcanza a echarle un final vistazo de reojo al calzado negro de quienes son testigos inertes, mas no silenciosos, de la agresión de la que es objeto.

Casi inconsciente, el último aliento lo utiliza para indicarle a su brazo derecho que tome la mano de su joven agresor y, en lo que sería un intento desesperado, zafarse del bravucón de un tirón… por las risas de sus demás compañeros sabe que su empresa ya es imposible e inútil. Pierde la lucidez no sin antes preguntarse: “¿por qué a mí?”

Por desgracia, este relato que describí en una breve escena es verídico, sucedió en la escuela primaria José María Morelos de Hermosillo, en el norteño estado mexicano de Sonora, pero casos como éste se suceden cada día con mayor frecuencia, ya sea en la Ciudad de México, Yucatán, Jalisco, Tamaulipas, Baja California Sur o Sonora, acontecen dejando de ser ficciones producto de la imaginación de un bucólico escritor, quedando expuestas a la opinión pública al mostrarse en las redes sociales luego de ser grabadas mediante un dispositivo móvil.

Lo alarmante es que este ejemplo puede ser un caso de muchos otros que nunca conoceremos, ni mucho menos deberían de sucederse; en la actualidad lo llaman bullying, una palabra cada vez más habitual en nuestra sociedad, efecto de la intolerancia… y la intolerancia es discriminación, el origen de los grandes males de nuestro mundo, desde Anchorage hasta Tierra del Fuego; de Reikiavik, Islandia, hasta Ciudad del Cabo, Sudáfrica; de Turquía a Japón o Sydney, pasando por Ciudad de México, las noticias en la prensa se ocupan más de estos casos nada alentadores para una sociedad en plena decadencia.

Los seres humanos podemos llegar a ser intolerantes con nuestros semejantes, además de que como adultos somos el ejemplo de los más pequeños del hogar, quienes replicarán lo que ven, oyen y sienten en casa primordialmente, por tal motivo es indiscutible que para inhibir la discriminación se deben implementar políticas públicas enfocadas a cada familia en todos los estratos sociales… lo que significaría sólo el inicio de concientizar a la comunidad.

La discriminación puede iniciarse por nimiedades tales como no aceptar que nuestro prójimo sea del sexo opuesto; por vestir ropa diferente a la nuestra; tener un pensamiento distinto al que consideramos debe ser el adecuado únicamente por ser “el mío”; expresarse con algún acento distinto al de la región donde se vive; no hablar nuestra misma lengua; o que su color de piel no nos agrade; sea migrante; o sencillamente porque comparte creencias religiosas diferentes a las nuestras. Tristemente la discriminación la “practicamos” todos en mayor o menor medida.

La discriminación no es en absoluto el asunto privado de unos cuantos ciudadanos esparcidos por el territorio, sino el acontecimiento definitorio para alcanzar una sana sociedad, por lo que debemos reflexionar a fin de actuar por nuestro propio bien, ya que no hace falta ser una jovencita de sexto año de primaria de Hermosillo, Sonora estrangulada por un compañero de clase, ni ser un adulto de las comunidades indígenas desplazado de su tierra simplemente por no tener dinero ni títulos de propiedad o una mujer embarazada despedida de su trabajo para que el grito de irritación de la humanidad alcance el alma de la persona, a fin de que reconozcamos en ellos nuestra propia voz de dolor e indignación.

Hace unos días se cumplieron 10 años de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación en nuestro país, promovida tras la alternancia en el poder al principio del siglo XXI, con lo cual se han ganado importantes luchas a favor de grupos vulnerables. Sin embargo, vemos que la cuestión más compleja de erradicar son los estereotipos adquiridos, situación de la que nos damos cuenta cuando hay una expresión inadecuada hacia una persona –como ha sido el caso de esta menor de edad originaria de Jalisco, que por su acento y condición social fue molestada por sus compañeros–, hecho (justificado) por lo que la sociedad se agita, las redes sociales se prenden… pero la situación de las comunidades indígenas que están siendo marginadas y excluidas en la actualidad no parece ser un tema de alarma para esta nación en su conjunto. Es ahí donde hace falta poner los puntos sobre las íes.

Debemos seguir trabajando para eliminar la discriminación en nuestro país, que es la trinchera en la que estamos, pero no olvidemos que las primeras acciones comienzan con nosotros y en nuestros hogares, enseñando la buena convivencia hacia los demás a fin de propiciar la tolerancia y el respeto mutuo, necesarios hoy más que nunca.

Al final de cuentas no debemos olvidar que todos, sin excepción, vivimos bajo el mismo cielo.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
Este texto ha sido publicado en:
 
http://ow.ly/mbzm3
 
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