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Puños arriba, 32 años después [Opinión]

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TEXTO PUBLICADO EL 23 DE SEPTIEMBRE DE 2017

Silencio. Un puño en alto ya característico. Después aplausos, o un silencio sepulcral anunciando lo que más se tema: la muerte.

La Roma, La Narvarte, La Del Valle, la colonia Condesa, son solo algunas de las colonias más afectadas por el terremoto del martes que sacudió el centro del país. La probabilidad de hallar gente con vida bajo los escombros de las decenas de edificios colapsados en la capital disminuye con el paso de las horas, pero las labores de rescate no se detienen. Según dictan los protocolos internacionales, deben pasar 72 horas antes de abandonar la búsqueda o dar por muertos a las personas atrapadas en caso de sismo. Pero historias recientes como la del sismo de Haití, o la del 19 de septiembre en México, pero de 1985, han demostrado que es posible encontrar supervivientes más de una semana después del sismo.

El apoyo ha desbordado los centros de acopio de agua, frijoles, aceite y mantas, mientras los rescatistas buscan objetos que los vecinos tienen en casa. El entusiasmo y el voluntarismo ha pasado por encima a la coordinación profesional, eclipsado como ha estado esta tragedia de un liderazgo político por el compromiso de los ciudadanos, especialmente la población joven.

Por otra parte, hay que evaluar los daños del terremoto, que ha dejado una cifra que ronda los 300 muertos, y 1.900 heridos. Y más de 15 mil estructuras dañas, o más, en sólo cuatro entidades. Y ni qué decir del trabajo que viene para lo que será evaluar cuántas personas podrán regresar a sus hogares, así como la reconstrucción de inmuebles, ya ni mencionar la revisión de los protocolos de seguridad en una zona sísmica, donde miles de personas acuden a las zonas de desastre con la esperanza de encontrar el último aliento de vida bajo los escombros.

“Tengo que morir todas las noches”

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Debo confesarlo, es un crónica perfectamente delineada, que nos traslada a una época donde la vida nocturna era una delicia, en la que la violencia no tenía nada que ver con lo que nos viene a la mente hoy en día con esa funesta palabra.

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Tengo que morir todas las noches (Debate) narra una época clave de la contracultura y la diversidad sexual en la Ciudad de México, donde el editor, escritor y periodista mexicano Guillermo Osorno nos revive las noches gloriosas del bar El Nueve, lugar de experimentación artística y sexual de los años ochenta, donde acudían artistas, estrellas de cine, críticos de arte, los llamados socialités, cineastas, rockeros y punketos, la cultura y contracultura de nuestro México de antaño.

Cabe señalar, que debe uno hacer de lado todo tipo de prejuicios, primeramente porque en la solapa de la obra observamos la palabra “gay”, y aunque no se trata de un texto que habla de gays y los lugares que frecuentaban; tiene que ver con un testimonio cabal de unos de los momentos más importantes y olvidados de la contracultura, así como de la lucha por la aceptación de la diversidad en México.

Osorno, se ha documentado a la perfección sobre la vida de Henri Donnadieu, dueño del icónico bar, quien creyó que la vida nocturna era también cultura, principal motivación que lo impulsó a fundar este lugar de recreación nocturna.

Ubicado en la calle de Londres, en la Zona Rosa, El Nueve abrió sus puertas en 1976 y durante 15 años fue un lugar de experimentación erótica, psicotrópica, alcoholizada y rocanrolera de una generación de mexicanos.

Ahí se dieron las primeras peleas punk y las discusiones contra el Sida; debutaron bandas como La Maldita Vecindad y Café Tacuba, alguna vez se emborracharon los escritores Severo Sarduy y Manuel Puig, así como los cantantes Alaska, Charly García e integrantes de Caifanes.

En su última etapa, “en El Nueve se reunían los protagonistas de la cultura contemporánea de los noventa y de 2000 quienes ahí dejaron un testimonio artístico generacional”, dicho en palabras del autor.

Tengo que morir todas las noches es una crónica de investigación basada en entrevistas con Henri Donnadieu, empleados, parroquianos, así como otros personajes nacidos entre los años cuarenta y principios de los sesenta que disfrutaron una de las épocas emblemáticas de El Nueve, y su excitante vida homosexual.

Un libro que nos hará recordar la brevedad de la vida, pero que dentro de esa brevedad bien caben grandes dosis de placer… y es que al final de cuentas, en voz del propio Henri Donnadieu: “tengo que morir todas las noches para renacer al día siguiente”… así de placentera es su lectura.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
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http://efektonoticias.com/cultura/tengo-que-morir-todas-las-noches-cronica-literaria
 

“Señorita vodka”, el bajo mundo de una mujer de la vida nocturna

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Una novela que bien podría ser catalogada, o bien acusada, de utilizar un lenguaje rudo, que para quienes no estén acostumbrados a historias crudas, reales y de una honestidad desenfadada, puede causar asombro, sin embargo la vida misma es así, y en este caso el tratamiento en la escritura nos sitúa en pleno Eje Central, en el corazón de la Ciudad de México.

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Burdeles, música, oscuridad, mariachis, tránsito, gritos, sudor, risas, gritos, mujeres, placer… elementos que percibimos en el ambiente citadino de la novela Señorita vodka (Tusquets Editores) de la escritora mexicana Susana Iglesias (Ciudad de México, 1978), que de forma alucinante somos testigos de una historia que transita entre los bares de Hollywood Boulevard y los afamados prostíbulos de Eje Central.

Una novela bien trabajada, que nos sumerge en su ácido ambiente gracias al trabajo firme de Iglesias, donde la vida de señorita vodka no nos es oculta por las sombras de la noche, una existencia cruda mediante cartas y evocaciones en las que el lector se convierte en cómplice silencioso y testigo mudo en un solo paso.

La proeza de Susana Iglesias es que logra capturar la esencia del lenguaje, con lo que demuestra que ha sido una fiel escucha del vecindario del cual emergió, recreando una verdadera verbena saturada de emociones y claro oscuros que nos invitan a desvelarnos frenéticamente en compañía de los hombres y mujeres de Señorita vodka.

Conforme avancemos en la trama de este libro, nos toparemos, por ejemplo, con un interrogatorio, donde un personaje le pregunta a otro: “¡bueno ya, qué o qué!”, recreando escenas detectivescas con las que la autora nos describe sucesos a detalle, explorando la realidad completamente al desnudo.

Las relaciones humanas finalmente son difíciles, y cuando se trata de una mujer que se ha dedicado a ofrecer su cuerpo y caricias, eso convierte a señorita vodka en una enigmática dama sin grandes matices, ya que todo se encuentra en el pantone negro, con dirección a una degradación de grises, en significación de la crudeza de esa verdad mundana en el que transcurre esta historia.

Señorita vodka, una novela fuerte, firme y de una escritura que ahoga en el alcohol las penas de una mujer que no pudo ni quiso ser otra persona dentro de esta sociedad, que adopta una actitud catalizadora para mantenernos a flote en un universo desquiciante.

En definitiva es un fino análisis del bajo mundo de Garibaldi, Los Ángeles, o de cualquier ciudad en la que las oportunidades son cuartadas con la simple ilusión tergiversada de un vaso de vodka, que hace las veces de una simple tabla de salvación, que al ser observada con los ojos inocentes de la juventud, no nos percatamos de lo quebrada y apolillada que pueda estar ese objeto herrumbroso.

Una novela que bien vale mucho la pena leer.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
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¿De paseo?

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Tuve un compromiso justo a medio día; después llevé a dos familiares a cierta zona en la que podían tomar un transporte público que los conduciría hacia su hogar; de ahí me dirigí a la casa de mi madre –que se ubica a las afueras de la Ciudad de México– para recoger algunas pertenencias y posteriormente llevar a mi esposa a una junta con su editora y el resto de los colaboradores de la revista para la cual escribe…

Y así fue como dos cuerpos enamorados se dirigieron felizmente al centro de la capital montados en su plateado corcel motorizado, iluminando el ambiente con sonrisas, buena charla y sonoras carcajadas de ambos, aderezadas con el excelente tránsito, por lo que supusimos no tendríamos mayores contratiempos para llegar a nuestras respectivas citas, ya que tras dejar a mi esposa en su reunión debía ir a la Casa Citlaltepetl para entrevistarme con el editor y poeta Aurelio Asiain.

Menuda ingenuidad de ambos.

Tras mantener una velocidad constante mayor a los 100 k/h (y que conste en el acta que una patrulla de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal me rebasó por la izquierda, por lo que me supongo que incluso iba un poco lento a diferencia de otros), tras abandonar la calzada Ignacio Zaragoza me vi obligado a circular por el viaducto Río de la Piedad, mismo que “para variar” se encontraba haciéndole honor a su nombre: era un río de automóviles. Tormentosa caravana que se prolonga por cerca de los 50 minutos.

Tenía que tomar avenida Cuauhtémoc, lo que fue un poco –sólo un poco, tampoco exageremos– más fácil. Esa vía no se encontraba saturada, o por lo menos en dirección al sur; sin embargo, en el momento en el que debía doblar en el eje 5 Eugenia todo se volvió un caos. Por principio de cuentas, ésa es una parte de la ciudad que no conozco con precisión. Así pues, me metí sobre el eje 5, aunque dudé, porque el Google Maps decía que debía dar vuelta a la derecha, pero los señalamientos, y peor aún, los autos, decían que la circulación era hacia la izquierda… entonces pensé que me había equivocado en las instrucciones y que seguramente podría llegar a mi destino siguiendo, al puro estilo esnob, a los conductores conocedores de aquel lugar, por lo que continúe efectivamente al oriente… ¡Pésima idea!

Pasaron una, dos, tres, cinco, siete… más de diez calles, callejones, avenidas y nada de lo que vi se parecía al sendero que me llevaría a la reunión. Por supuesto, ya íbamos con un retraso impresionante después de la procesión de luces rojas sobre el viaducto Miguel Alemán.

Un poco más adelante, digamos que a la altura del metro Coyuya y antes de toparme frente a la delegación Iztacalco, fue justo cuando me dí de frente con avenida Río Churubusco… por fin comprendí que le habían cambiado el sentido de circulación al eje 5… ¡rayos!

Que pésima orientación de este tipo, han de estar diciendo, sí, tal vez tengan un poco de razón, pero en verdad íbamos bien a gusto platicando mi esposa y un servidor, así que el tiempo transcurrió y transcurrió hasta que ya estábamos lo suficientemente alejados de nuestros respectivos compromisos y luego de dos horas “de paseo” por la ciudad, pues decidimos enfilarnos sobre Churubusco, desviarnos por avenida Moras y luego la tan emblemática Insurgentes, sacar la computadora y dictarle a mi bella acompañante estas líneas anecdóticas que agradezco se tomen el tiempo para leer.

Total, mi esposa ya había enviado parte de su trabajo asignado por correo electrónico por la tarde, instante en que se enteró que avisaban del cambio de lugar de la reunión; además, la semana entrante se volverán a reunir. Y yo… bueno, ya no conseguí mi fabulosa entrevista con Aurelio Asiain, que dicho sea de paso presentó su más reciente poemario La Fronda (Posdata Editores) que ya leí, disfruté, releí y… creo que ésa es otra historia de la que ya hablaré más adelante y acompañaré con la reseña del libro.

Por lo pronto, disfruten del puente vacacional, así se queden en casa, existen muchas actividades y lugares que visitar. Y ojalá que nos olvidemos del tránsito aunque sólo sea por cuatro días.

Jorge Iván Garduño
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Revolución

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Hoy es uno de esos días en los que quisiera regresar el tiempo,

dar vuelta atrás a la hoja

o sencillamente arrancarla.

Tener la oportunidad.

Dejar de hacer aquello

que indebidamente se hizo

o simplemente borrar el libro y no recordar.

 

Voy dándole vueltas

y más vueltas

no encuentro

no creo que existan las palabras

que puedan decirte cuánto me haces falta.

¿Será que en verdad he vivido tanto,

en un tiempo tan corto?

o sólo ha sido una pesadilla, un mal sueño.

Ojalá fuese lo último y no lo primero.

 

Será una de esas obras jamás estrenadas

o muy mal montadas.

¡Calla!

Déjame observar tu rostro

perderme en la inmensidad de tu universo,

que Dios me ha brindado lo profundo y bello

en esa mirada tuya contemplando la mía.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical

Don Antonio López-Trejo

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Don Antonio posee un carácter agrio, tal vez sea ese el motivo por el cual ha preferido la soltería que ya alcanza sus casi setenta años. Hombre alto, robusto, con una mirada que nos deja creer que de esos ojos negros la inteligencia se nutre; mas sus labios al perder la pereza y exhalar una voz tenue de lo profundo de la caverna (remitiéndonos a la imagen de un hombre que dormido ronca), nos desmiente al instante develándonos a una persona que no acepta no poseer todo el saber del mundo.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical

Nueve décadas

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Desde la cocina, observo a mis vecinos a través de la ventana, el sol naciente desentume mi rostro. Mi vecindario amanece en una perturbadora calma, ¡tengo miedo!, y sé que podría morir en los siguientes dos minutos y nadie de quienes estoy mirando saben de mi existencia ni mucho menos derramarían una lágrima frente a mi cuerpo inerte.

Que terrible soledad…

Jorge Iván Garduño
@plumavertical

La insoportable levedad de ese Ser

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Sus pasos delatan que quiere derrumbar los escalones -o al menos eso dicen los portentosos golpes que ejerce al subir el edificio. Todos los días les pone a sus vecinos los nervios de punta… y escucho que su esposa le grita que ya no lo soporta…

Jorge Iván Garduño
@plumavertical