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Yusuf [Fragmento de novela]

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Aprieta fuertemente la piedrecita negra contra su pecho, continúa observando el danzar de las embarcaciones que van arribando al puerto de Beirut.

En la última ocasión que su amigo Yusuf visitó el puerto, le estuvo platicando sobre el peregrinar que realizó hace dos años a La Meca, ganándose el epíteto de hayyi. En La Meca se dan cita año con año millones de peregrinos en los primeros días del décimo segundo mes del calendario musulmán, en obediencia a uno de los cinco pilares del islam.

La mezquita erigida en aquel lugar santo es llamada Al-Haram, y Yusuf le contó que se trata de una construcción que puede albergar veinte veces la población de Beirut (no sé si Yusuf haya errado en sus cálculos, pero entiendo con esto que ha de tratarse de un lugar muy grande). Y así debe de ser, ya que rodea y custodia la Kaaba, el lugar más sagrado de la Tierra para cualquier musulmán. La Kaaba alberga en su interior la piedra negra, símbolo del pacto entre Alá y los fieles. Ojos de Aceituna se imagina que su piedrecita negra procede del lugar más santísimo y al que ya pronto deberá ir en peregrinaje: La Meca.

Supone que entre tantos marineros no ha de faltar alguno que dirija cerca de La Meca su embarcación –o al menos eso es lo que él se imagina, pues desconoce el lugar donde se encuentra La Meca–, y facilitarle así su peregrinaje a dicho lugar tan sagrado, no olvidemos que el Corán dicta que por lo menos una vez en la vida todo creyente debe hacer la visita a la región de donde fue originario el profeta. Y Ojos de Aceituna es un  fiel y creyente musulmán, ansioso de que se le otorgue un título de gran respeto, y ser un hayyi es de respeto. Le alegran los planes que se le han venido a la mente para llevar a cabo esta empresa, sus ojos brillan al tiempo que la luz del sol se refleja en su mirada, sonríe mostrando de un jalón “la mazorca blanca” (como decía mi padre), que escondía tras sus delgados labios rojos.

–¡Hassan!

Esa voz familiar despierta a Hassan de sus ensoñaciones, y en el instante mismo recuerda que por la premura de llegar muy de madrugada al puerto, se le ha olvidado recitar la plegaria del amanecer, el muecín lo va a castigar, pero más que el temor al muecín, tiene temor de girar el rostro y toparse con la mirada fría e inexpresiva de su madre. Las expresiones en el rostro de ella son prácticamente nulas, sabe que en cuanto se gire y levante la mirada para verla a los ojos no serán necesarios los golpes o los insultos, que además basta decir que nunca han sido necesarios; la frialdad de su madre en combinación con su templanza hacen de ella una roca imponente que hay que respetar.

–¿Sssí? –contesta el muchacho a la madre mientras gira el cuerpo para colocarse de frente a ella.

–Baja de ahí y vámonos a casa.

Con cuidado desciende de su puesto de centinela que improvisó con una pila de cajas de madera abandonadas en la parte trasera del lote utilizado como basurero. Una mano aquí, el pie por allá, la otra mano por acullá, la rodilla bien flexionada para alcanzar a poner el otro pie allá, ¡y listo!, ha logrado descender de su trinchera.

–¿Qué estás haciendo? –pregunta la madre sin titubear-, tus hermanos y yo te hemos buscado por toda la ciudad, cómo eres ingrato, con tanta gente ajena en el puerto no deberías de andar por estos lugares, alguien podría llevarte o aprovecharse y nunca más sabríamos de ti.

–Madre –dice el muchacho con ánimos de titubear–, no me ha pasado nada, además el tío Abdullah anda en el puerto.

–No me voy a poner a discutir con mi hijo –sentencia Laila–.

Lo toma del brazo y hace que camine hacia su casa.

Laila es una mujer delgada, de facciones finas y extremidades alargadas. El velo que utiliza para cubrirse el rostro deja al descubierto sus ojos a través de una abertura cuadrangular que asemeja un antifaz sin serlo, y si se observa mejor y con mayor cuidado, se trasluce el color moreno de su piel gracias a la blancura de la tela.

Laila avanza con pasos firmes.

–Lo lamento madre, no fue mi intención preocuparlos –expresa Hassan, pero Laila guarda silencio.

–¿Y mis hermanos dónde están?, me dijiste hace unos momentos que mis hermanos y tú me han estado buscando. ¿Dónde están Hussein y Noa? –insiste Hassan, pero su madre no tiene ni la más mínima intención de responderle.

Las cordilleras del Líbano custodian al oriente la ciudad de Beirut, un conjunto de piedras ocre que han sido talladas con manos volcánicas y salpicadas de vegetación abundante; ésta provee la región de maderas finas como el roble, el pino o el exuberante cedro; todas ellas se comercializan en el Mediterráneo, Europa y en el pujante continente americano.

–Voy a realizar la peregrinación a La Meca este mismo año –suelta a bocajarro Hassan poco antes de entrar a la casa.

Laila sale de su mutismo.

 Jorge Iván Garduño
@plumavertical
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