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Inmadurez política [OPINIÓN]

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Hay muchas incógnitas que se elevan sobre Venezuela. La primordial, la libertad de prensa, un tema que se torna angustiante debido al control fáctico que el Ejecutivo Federal ejerce con presión, al controlar todos los resortes del sistema político. Si bien es cierto que Nicolás Maduro está muy lejos de ser Hugo Chávez, eso es precisamente lo que lo hace peligroso, y de ahí que estime que solo a través de poderes especiales puede afrontar la crisis económica que sacude a Venezuela.

Como si fuera víctima del delirio de persecución no hace más que ver conspiración, siempre azuzada por el imperialismo yanqui y sus lacayos venezolanos “que siguen libres”; en los textos publicados en medios de comunicación, o bien, en las noticias que informan sobre consumidores quejándose del desabastecimiento o la carestía de algún artículo de primera necesidad.

Decía Ryszard Kapuscinski que para ejercer el periodismo “ante todo, hay que ser buenos seres humanos” y añadía que “las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias”, y en esta profesión eso es esencial para mantenerse y crecer.

Para el real y verdadero ejercicio periodístico, quien lo ejerza, es necesario depurar la sensibilidad, pues al salir a la calle para “buscar historias” uno debe sentir lo que sucede “en la piel del otro”, con la finalidad de transmitirle a nuestro público una noticia trascendente como si él estuviera ahí, utilizando diversas técnicas periodísticas en un reportaje, crónica, entrevista, nota, etcétera, para consignar adecuadamente y sin restricciones la noticia al final de la jornada y que se tomen decisiones a partir de ella.

No es fácil desarrollar este tacto, olfato o sentido periodístico, que además deberá estar aderezado con un alto nivel de moral y ética profesional a toda prueba ante la sociedad; ya que siendo reportero gráfico, redactor, reportero con fuente asignada, jefe de información, incluso conductor o directivo –por mencionar sólo unos cuantos ejemplos–, nunca se nos debe olvidar la esencia misma de nuestra profesión: la sensibilidad humana, porque cuando verdaderamente ejercemos este oficio no podemos volvernos cínicos o indiferentes de nuestro entorno, pues las tragedias testimoniadas nos vuelven más sensibles y vulnerables… o así debería de ser.

Asimismo, nunca debemos olvidar que el periodismo es dedicación pura, que nunca puede uno dejar el papel en la redacción. Todos los días, a todas horas siempre se está “en el ajo”, concentrado y en permanente reflexión para analizar adecuadamente los sucesos que trascienden y permean a la humanidad; que hoy podrán ser noticia y mañana serán parte de la historia esencial de la sociedad.

El ejercicio periodístico, una profesión sin cortapisas, con la que aprendemos a ser humildes, y nunca dejamos de aprender.

Cualquier sociedad que se diga democrática debe contar con periodistas profesionales y, sobre todo, con medios de comunicación libres; el pueblo venezolano cuenta con muchos y muy buenos periodistas, y con extraordinarias compañías periodísticas, todavía.

El gobierno venezolano adolece de democracia, y que eso se diga en los medios “libres”, no gusta, pero esa es la única manera en la que una sociedad se puede construir, avanzar y ejercer el derecho de decidir conscientemente quién sí y quién no debe estar al frente de cualquier puesto de elección popular.

Defendamos siempre el derecho a la libertad de expresión, el derecho a la libertad de prensa, el derecho a la libertad humana.

Pugnemos todos los días por un mejor periodismo, mucho más cuando somos quienes lo moldeamos. Pero, sobre todo, pugnemos por la libertad de prensa.

Sólo el televidente, radioescucha o lector, es quien tiene el poder de decidir qué medio de comunicación es benéfico para la opinión pública, y cual no. Nunca un gobierno, porque eso lo convertiría en un gobierno inmaduro, e irresponsable.

Lo que está sucediendo en este momento en Venezuela, es una represión a medios de comunicación libres e históricamente profesionales, y cualquier ataque hacia esa prensa libre, es un ataque a la democracia, que pondría en riesgo la gobernabilidad del Estado venezolano.

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Hay que profundizar en las democracias, pero no en la institucionalidad: Mario Campaña [AUDIO]

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¡Una sociedad de señores!
Así lo pretende al menos el gran eco de la humanidad doliente y el progreso inexorable. Y, en efecto, el nuevo orden nos iguala: todos, desde el primer gorila hasta el último mono, somos hoy ciudadanos asimilados en derechos. Perduran, cierto, amargas injusticias y atropellos, pero en la esfera política nadie es más que nadie porque la razón legal limita el ejercicio del poder y el árbitro es poderoso. Al fin y al cabo, el príncipe y el mendigo votan en la misma urna.

No obstante, más allá del código o el voto, con frecuencia el rumor del pasado se hace presente como estruendo, y muchos próceres nuevos (y otros tantos advenedizos que aspiran a serlo) alzan la voz sin decoro para reclamar la distinción que por sus méritos y alcurnias les pertenece. Para ellos, el dinero, el mando, la fama, el éxito y el talento no son meras contingencias hijas de la fortuna, sino virtudes propias del señorío. Y si esto es así, la lógica circular conduce a una conclusión feroz: la pobreza, el fracaso, la derrota, la impotencia y la pereza, incluso la noble modestia, son vicios propios de la chusma. A nuevo señor, vasallo nuevo.

Las categorías sociales se transmutan en veredictos morales, la cultura (o el credo) legitima una vez más el privilegio y la antigua dialéctica del amo y el esclavo vuelve por donde solía. Quizá, como afirma Mario Campaña, los amos «nunca se fueron». Una sociedad de señores abre una indagación necesaria y un debate inexcusable sobre la auténtica naturaleza de nuestras democracias.
Un poderoso ensayo sobre la pervivencia de los valores aristocráticos en las democracias occidentales.

Idealizando gobiernos imperfectos [OPINIÓN]

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Las elecciones son consideradas un método pacífico usado en las democracias para resolver el dilema de quién debe gobernar una nación; cada año, decenas de países ―consideradas democracias― convocan a sus ciudadanos a elegir a un líder quien, luego de resultar ganador frente a rivales políticos, gobernará un país durante un periodo establecido (en el mejor de los casos), decidiendo las políticas públicas emprendidas por dicha nación, utilizando los recursos financiero para tal fin que la propia ciudadanía produce.

Durante 2018, más de 40 países convocarán a elecciones, en algunos casos serán presidenciales, legislativas o ambas. Países como Rusia, Italia, Irlanda, Suecia, Libia, Camerún, Zimbabue, Egipto, Colombia, México, Brasil, Venezuela, Pakistán o bien Irak, son algunos de los países que vivirán un proceso electoral este año.

Sin importar del país del que hablemos, los candidatos a puestos de elección popular siempre hacen gala de promesas idílicas, que, de llegar al poder, aseguran cumplirán, resolviendo así problemáticas de índole económico, social, de inseguridad pública, combate a grupos criminales o a la corrupción rampante en las esferas del poder político, pero que nunca cumplen, o bien, generan una nueva dificultad para la adecuada gobernanza.

Los intentos del hombre para lidiar con los problemas de gobierno han sido frustrados porque rebasan la capacidad humana para solucionarlas. Algunos, siendo líderes honrados e íntegros, a lo largo de milenios, han procurado resolver los inmensos problemas gubernamentales. Han tratado de hallar soluciones responsables. Han querido construir un mundo mejor.

Los fines primarios del gobierno son la paz y la prosperidad, dos metas frecuentemente incluidas en el concepto de “bien común”. Los gobiernos, a lo largo de la historia, han tratado de alcanzar esas metas por caminos muy diferentes. Pero ningún gobierno en la historia los ha logrado de manera plena o permanente. Ninguno ha logrado la paz y prosperidad duraderas. Todos los gobiernos, en algún punto, han fallado. Así pues, el hombre ha demostrado su incapacidad para gobernarse.

En vez de paz, la humanidad ha conocido, en casi todas sus generaciones, la guerra y la violencia. La guerra ha sido el sello característico de la historia. Los seres humanos, en su vasta mayoría, sólo conocen, en lugar de prosperidad, la desgracia, la miseria, la esclavitud. El bienestar de unos pocos, la miseria de la mayoría, esa ha sido la regla general.

¿Qué podría ser diferente en la política mundial en estas 40 naciones que convocarán a sus ciudadanos a las urnas? Para desilusión de todos, ¡nada!, sin embargo, veo a sociedades oprimidas y con la necesidad de cambios verdaderos. Ahí radica la esperanza.

Tiempo al tiempo.