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La guerra comercial ¡llegó! [OPINIÓN]

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“Trump aprueba los aranceles sobre China y amenaza con más gravámenes”; “México estudia un arancel sobre el maíz y soja de EU si Trump insiste en el proteccionismo”; “EU endurece los aranceles para la importación de aceituna negra española”; “China contraataca a Trump con aranceles a productos de EU valorados en 50.000 millones”; “La UE lanza una última oferta a EU para evitar la guerra comercial”; “El secretario del Tesoro de EU trata de reducir la tensión por la amenaza de una guerra comercial”; estos son solo algunos titulares que la prensa internacional ha destacado en los últimos meses.

La guerra comercial continúa, China, Europa, México, Canadá y Estados Unidos han oficializado subidas de aranceles a mercancías, o bien están en vías de realizarlo.

Donald Trump está “empecinado” en imponer aranceles punitivos a las importaciones de acero y, posiblemente, de otros productos, a pesar de la oposición de la mayoría de sus asesores, e incluso de los miembros de su propio gabinete. Finalmente, las afirmaciones de que “otros países se están aprovechando de EU” fueron uno de los principales temas de su campaña presidencial. Este discurso, sin duda, recibe buena aceptación entre las bases electorales de Trump, a la que le gusta la idea de una guerra comercial. Pero hacer política con el impacto en los bolsillos del electorado, no es nada sencillo.

Primeramente, hay que entender que una gran parte del comercio moderno se hace con bienes intermedios, cosas que se usan para fabricar otras cosas. Un arancel sobre el acero ayuda a los productores de acero, pero perjudica a los consumidores de acero en las fases posteriores del proceso productivo como el sector automovilístico. Por tanto, ni siquiera está claro el efecto directo del llamado proteccionismo de Trump sobre el empleo.

Luego de esto, le siguen los efectos indirectos, lo que significa que cualquier aumento del empleo en un sector protegido por aranceles debe compararse con la pérdida de empleo en otros sectores. Normalmente, el comercio y la política comercial tienen pocos efectos (o ninguno), sobre el empleo total. Este tipo de política comercial afecta al tipo de empleos; pero no tanto al número total. Los especialistas en el tema indican que, hay razones para creer que estos efectos indirectos impedirían cualquier creación de empleos netos, debido a la respuesta arancelaria de otros países.

El comercio internacional se rige por normas, normas que Estados Unidos contribuyó a crear. Si empezamos a incumplir esas normas, los demás también lo harán, tanto en represalia como por simple imitación. A eso es a lo que se refiere la gente cuando habla de una guerra comercial.

Y sería una insensatez pensar que Estados Unidos ganaría dicha guerra, ya que enfrente no tiene únicamente a China, que ya de por sí es un mercado preponderante como el americano, sino que además hay que sumar a la Unión Europea, un actor igual de importante y capaz de adoptar represalias eficaces (como pudo comprobar el Gobierno de George W. Bush cuando impuso aranceles sobre el acero en 2002).

En cualquier caso, el comercio no es cuestión de ganar o de perder: en general, el comercio permite que las partes involucradas en un acuerdo sean más ricas, pero una guerra comercial sí suele perjudicar a todos los países involucrados. Donald Trump esgrime que los aranceles defienden el empleo frente a prácticas anticompetitivas, pero la realidad de las cosas es que, sus medidas pueden empeorar la economía mundial, enrareciendo el ecosistema económico.

Cuando nos detenemos a observar el mundo de la industria y el comercio nos encontramos, sin lugar a duda, ante un desarrollo tan espectacular que despierta admiración y asombro. Redes complejas son las que dan vida al comercio, y los Estados Unidos representan a la nación con la que cualquier otro país del mundo desea realizar negocios e intercambios comerciales con ella.

Si observamos más detenidamente nos damos cuenta de que, el comercio hoy en día, en cualquier parte del mundo, está basado en la competencia y la codicia, en prácticas deshonestas que buscan el beneficio ventajoso sobre el otro. Las naciones más poderosas buscan con la publicidad y el mercadeo de sus productos apelar con frecuencia a la vanidad y la lascivia; se valen del fraude, la tergiversación, el engaño y los negocios injustos. El incentivo que los impulsa es dar menos y cobrar más.

Los aranceles proteccionistas, no buscan la justicia, el bien común, sino imponer impuestos para evitar la competencia y la entrada al mercado de productos extranjeros beneficiando en lo inmediato a unos cuantos empresarios, aunque en el fondo y a mediano y largo plazo, los mercados financieros sufrirán una contracción y desestabilización económica, propiciando desempleo y menor poder adquisitivo, carestía de la canasta básica, y aumento de la deuda pública, debido a que vivimos inmerso en una economía global, impulsada originalmente por los Estados Unidos.

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Inmadurez democrática [OPINIÓN]

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Con una abstención récord del 54%, los opositores venezolanos al gobierno de Nicolás Maduro vuelven a la carga reivindicando la baja participación en los comicios del domingo 20 de mayo como una victoria simbólica al chavismo autoritario, o así lo ha señalado la coalición de los partidos del Frente Amplio.

Las principales fuerzas del Frente Amplio, antes agrupadas en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), se desvincularon de la votación que reeligió a Maduro en medio de acusaciones de fraude. Y es que si bien, nunca antes se habían unido en un solo tema, en esta ocasión, lo hicieron, ejemplo Voluntad Popular, de Leopoldo López, Primero Justicia, de Julio Borges y Henrique Capriles, y Acción Democrática, de Henri Ramos Allup.

Estos partidos trataron de demostrar su fuerza por la vía de la abstención, luego de que fracasara a inicios de año la mesa de diálogo instalada en República Dominicana. Por su parte, Henri Falcón, único rival de peso de Nicolás Maduro, impugnó la votación tras conocerse los resultados y los datos de participación que le daban el triunfo al sucesor de Hugo Chávez.

“Al consumarse el fraude y su deslegitimación, logramos que el régimen diera un gran paso hacia su propia destrucción. Por ello, tenemos el deber histórico de unificarnos, organizarnos y movilizarnos hasta que hagamos llegar el cambio. Unión, organización y lucha es lo que nos toca ofrecer en lo inmediato al pueblo venezolano”, con este discurso, la oposición venezolana quiere recuperar el peso político que ha perdido desde la elección de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), el pasado 30 de julio de 2017.

Nicolás Maduro busca utilizar los resultados para apuntalar y legitimizar su poder, aprovechando un sistema estatal que basa su fortaleza electoral en las redes asistenciales. Ese era la meta central del chavismo, que convocó estas elecciones a principios de año con unas reglas del juego que, según la gran mayoría de la oposición, favorecen a las autoridades. En este contexto, millones de venezolanos, la mayoría, decidieron no participar. Otros votantes críticos con el oficialismo, en cambio, optaron por apoyar a Henri Falcón, el único competidor de peso, con la esperanza de visualizar un quiebre del régimen que ahoga a la mayoría de los venezolanos.

Los resultados de la votación, que sobra decir desborda denuncias, irregularidades y sospechas de fraude, muestran lo complicado que es que Venezuela salga de este atolladero llamado chavismo, y que la tiene sumida en una terrible crisis económica, aunque la más baja participación de la historia del país refleja también el respaldo de los planteamientos de la oposición.

Por su parte, la comunidad internacional se ha pronunciado en contra de algo que algunos han llamado “simulación democrática, donde países miembros de la Unión Europea, los países integrantes del Grupo de Lima: Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía, así como la administración de Donald Trump, han reiterado que no piensan reconocer los resultados.

Venezuela no puede ocupar su lugar de nación líder en Sudamérica y apuntalar su economía (que dicho sea de paso dice el Sr. Maduro que Venezuela está siendo objeto de una guerra económica del extranjero y que es la causa de la “crisis” que vive su país), mientras el chavismo esté instaurado en el poder.

Ante la incapacidad política para gobernar, la corrupción y sed de fraude para alcanzar el poder, o en este caso, perpetuarse en él, siempre estás prácticas estarán presentes en nuestras sociedades.

Jerusalén, un conflicto milenario [OPINIÓN]

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El pasado lunes 14 de mayo del 2018, se conmemoraron 70 años de la creación del Estado de Israel. Muy por el contario de lo que significa para los israelíes, los palestinos conmemoraron, el martes que siguió a esta fecha, lo que llaman la “Naba” o “Catástrofe”, cuando cientos de miles de ellos tuvieron que dejar sus casas tras la creación del Estado judío.

Pero el 14 de mayo de este 2018 será recordado por otro hecho sumamente relevante: el traslado de la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a la ciudad de Jerusalén. Hay que recordar que los palestinos reclaman un Estado propio en Gaza y Cisjordania con capital en Jerusalén Oriental. Por su parte, el Departamento de Estado norteamericano insiste en que el traslado de la sede de su embajada no prejuzga los límites definitivos de la ciudad de Jerusalén. Los israelíes consideran que la Casa Blanca ha reconocido la realidad —a su favor— con el cambio de su embajada, en tanto que los palestinos afirman que Estados Unidos ha perdido su papel de mediador neutral.

Sin embargo, esta decisión, desde que se anunció, ha provocado tensiones en la región, y un rechazo casi generalizado de la comunidad internacional, por lo que, desde finales de marzo dio inicio una ola de protestas contra Israel. La apertura de la embajada norteamericana en Jerusalén ha suscitado masivas manifestaciones en el límite de la franja de Gaza con Israel, que se han saldado hasta ahora con más de un centenar de muertos y unos 10.000 heridos.

Pero a pesar de las protestas, y de la jornada más violenta desde el 2014 en la Franja de Gaza, la apertura oficial de la embajada norteamericana en Jerusalén se desarrolló a primera hora de la tarde de este 14 de mayo en la milenaria “Ciudad de Paz”, mientras proseguían las protestas en Gaza.

La delegación norteamericana que acudió al acto de inauguración estuvo integrada por Ivanka Trump, asesora e hija del presidente Donald Trump. El presidente envió un mensaje en video preparado para el evento. El esposo de Ivanka, Jared Kushner, consejero presidencial, también viajó a Medio Oriente con el secretario del tesoro, Steve Mnuchin, y el subsecretario de estado, John Sullivan. El acto fue encabezado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, junto con el presidente del Estado de Israel, Revén Rilan, rodeados todos por enormes pancartas donde se leía la frase: “Trump hace grande a Israel de nuevo”.

Fue así como la embajada de Estados Unidos abrió sus puertas de manera provisional en una oficina consular ya existente en un distrito periférico del sur de la ciudad. La embajada se ubica en plena Línea Verde, la tierra de nadie o zona tapón que separa la parte occidental de Jerusalén —donde Israel instaló su capital tras su nacimiento—, de la zona oriental —con mayoría de población palestina y bajo la administración jordana—, que incluye la Ciudad Vieja y los lugares santos de las tres religiones monoteístas.

Por su parte, el primer ministro palestino, Rama Hádala, condenó el traslado de la embajada de Estados Unidos en la víspera de la Naba. “La Naba representa una serie de tragedias colectivas que se plasmó en la destrucción de al menos 418 poblaciones y el desplazamiento forzoso del 70 por ciento de nuestro pueblo”, aseguró Hádala en un comunicado oficial citado por la agencia de noticias EFE.

El secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Sabe Erecta, afirmó que el traslado de la delegación diplomática desde Tel Aviv a Jerusalén, supone “un infame acto hostil contra el derecho internacional y contra el pueblo de Palestina, que coloca a Estados Unidos del lado de la potencia ocupante, Israel”.

Esta complicada situación entre árabes e israelís se presenta cada vez más como un problema sin solución. Aunque ambos lados han transigido en algo con el fin de resolver ciertos aspectos del dilema, la brecha sigue siendo profunda y amplia respecto a muchos puntos fundamentales.

Jerusalén es una ciudad única en el mundo, al igual que el Estado de Israel. Pensemos esto por un momento: cada país tiene el derecho de elegir su propia capital. Sin embargo, ese derecho político básico aplica a todas las naciones sobre la tierra, excepto a una: Israel. Los otros 192 miembros de la ONU eligen sus capitales, y nadie interfiere en esa decisión, pero no en el caso de Israel. Israel encuentra en la posición única de tener su auto declarada capital en Jerusalén, mientras las otras naciones insisten con Tel Aviv como capital del Estado judío. Ahí emplazan sus embajadas y residencias con el fin de tratar de mantener la frágil y débil paz en la ciudad y en la región.

Pero el Estado moderno de Israel reclama a la ciudad de Jerusalén como su capital porque esta ciudad fue la capital de la antigua nación de Israel, bajo el rey David (según lo mencionado en la Biblia en 2 Samuel 5:5; 1 Crónicas 15:1-3). Y así como Estados Unidos ha reconocido oficialmente a Jerusalén como la capital de Israel, otras naciones como Guatemala y Paraguay, han decidido, o están considerando, hacer lo propio y trasladar sus embajadas a la “Ciudad de Paz”.

Conforme los acontecimientos continúan su curso natural, Jerusalén tomará un papel protagónico cada vez mayor en la escena mundial, convirtiéndose en el núcleo de una lucha a muerte por el dominio de la región, siendo esta ciudad pieza clave para el futuro de la humanidad.

Así se trastorna el frágil equilibrio de paz que existe en Jerusalén. Al ver lo que sucede con la decisión del presidente Donald Trump respecto a la embajada de su país en Israel, vemos ante nuestros ojos cómo la línea delgada que nos separa del estallido de un conflicto de proporciones épicas se desdibuja y la tensión aumenta.

La trama rusa ¿verdad o injuria? [OPINIÓN]

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TEXTO PUBLICADO EL 16 DE MARZO DE 2018 EN EL PERIÓDICO EL NACIONAL

Las superpotencias viven momentos decisivos, y aunque no se hable abiertamente, la realidad es que en la actualidad estamos viviendo una especie de carrera nuclear como si fuera un asunto “normal”, pero ahora, a diferencia de la posguerra de la segunda mitad del siglo pasado, la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y Rusia se ha revivido desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la presunta injerencia de Moscú en las elecciones norteamericanas del 2016.

Apenas en enero pasado el secretario de Defensa de Estados Unidos, James Mattis, ha declarado que el enemigo número uno de ellos no es ya el terrorismo, en parte por el debilitamiento de ISIS y el decremento en la actividad terrorista a nivel mundial según reportó el funcionario, y ahora se centran en los llamados enemigos número uno: Rusia y China, superpotencias que están desarrollando armamento nunca antes visto, por lo que las tensiones entre estas naciones y Norteamérica surgen nuevamente.

Como ejemplo de ello, es cómo en días pasados Vladimir Putin, presidente de Rusia, mostró ante las cámaras armamento nuclear de última generación diciéndole muy directamente al mundo que Rusia ha desarrollado ya armamento supersónico, lo que significa, según los conocedores del tema armamentístico, que con un solo misil supersónico Moscú puede esquivar cualquier defensa existente alcanzando su objetivo hasta que el misil explote en el mismo, además de poseer drones nucleares, torpedos submarinos, enviando así el mensaje, sin decirlo verbalmente: “les estamos ganando en esta carrera nuclear”, acontecimiento que prende las alarmas en Estados Unidos.

Con ello, nuevamente entramos a un ambiente de “guerra fría”, estamos de vuelta en los años 50’s y años 60’s del siglo XX donde, en pleno siglo XXI, las potencias están desarrollando la mayor tecnología posible para lograr superar a la otra, algo económicamente elevado, pero a diferencia de la Guerra Fría post Segunda Guerra Mundial, ahora no es bipolar, tenemos a una tercera potencia: China, e incluso Europa entraría en esta tensión nuclear.

En medio de todo este escenario de aparente “guerra fría resurgida”, surge el caso del ex espía ruso envenenado en Reino Unido, Serguéi Skripal de 66 años, quien fue atacado el pasado 4 de marzo con un gas nervioso al que fue expuesto en un centro comercial. En el ataque también resultaron afectadas su hija y otras 21 personas, entre ellas un agente de policía británico que llegó al lugar para atender la emergencia. Un hecho que enrarece y tensa las relaciones entre Londres y Moscú.

El caso del ruso Serguéi Skripal toma notoriedad al saber que en 2006 fue condenado a 13 años por un tribunal moscovita que le declaró culpable de trabajar para los servicios secretos británicos y de revelar las identidades de otros agentes rusos. En 2010 se benefició de un intercambio de espías y desde entonces se encuentra refugiado en Reino Unido.

No es el primer episodio de estas características que se produce en suelo británico. El caso más famoso de los últimos años es el del también ex espía Alexander Litvinenko, quien en 2006 falleció tras ingerir polonio depositado en la taza de té que bebía. En 2012, Alexander Perepilichnyy, un empresario ruso que estaba colaborando para destapar una trama rusa de blanqueo de capitales, falleció de un infarto. En su estómago se encontraron restos de una planta venenosa. Y en 2013, el magnate y opositor ruso Borís Berezovski apareció ahorcado en su casa.

Lo sucedido en Salisbury ha afectado a más personas que al objetivo del supuesto ataque, por lo que medios británicos la han calificado de una acción terrorista indiscriminada, por su parte, la actitud del gobierno británico fue prudente al decir que no había que sacar conclusiones apresuradas, sin embargo, no por ello se dejaron de escuchar voces de condena y repudio, como la advertencia del ministro de Exteriores, Boris Johnson, quien aseguró que Londres contestará de manera “fuerte y apropiada” si Moscú está detrás de la acción.

Tras ya varios días del atentado, se ha identificado ya el gas nervioso que se utilizó como Novichok, desarrollado por la Unión Soviética y, en teoría, destruido posteriormente, Londres pidió a Rusia explicaciones, obteniendo solo amenazas y desmentidos sin credibilidad.

La reacción de Londres ha sido contundente y tiene un importante calado político. Ha considerado el atentado como “un uso ilegal de la fuerza por parte del Estado ruso contra el Reino Unido”. Es decir: un ataque directo. El Gobierno de Theresa May ha anunciado además una batería de represalias entre las que destaca la expulsión de 23 diplomáticos rusos de suelo británico. Se trata de la mayor expulsión de representantes rusos desde la caída de la Unión Soviética. Además, May ha decretado la suspensión de los contactos diplomáticos al más alto nivel así como la cancelación de la visita de Sergei Lavrov, ministro de exteriores ruso.

Rusia, que este próximo domingo celebra elecciones presidenciales, se ha limitado a repetir el argumento exculpatorio empleado anteriormente, por ejemplo, tras el asesinato del ex espía Alexander Litvinenko en 2006: Reino Unido debe presentar pruebas de sus suposiciones. Pero en vez de colaborar en la investigación, Rusia ejecuta una agresiva defensa verbal. Con acierto, May ha apuntado dos hipótesis. “O bien el Gobierno ruso es responsable directo del ataque o bien ha perdido el control de un arsenal químico ilegal”. Sea cual fuera, las dos apuntarían a la responsabilidad de Moscú.

De confirmarse la responsabilidad de Rusia en el caso de su ex espía envenenado, las tensiones entre Londres y Moscú aumentarían lo que podría provocar mayores confrontaciones afectando las relaciones entre Europa, Rusia, China y Estados Unidos, poniendo en riesgo la estabilidad geopolítica y de paz en todo el mundo.

Lo cierto es que, Rusia ha vuelto al escenario mundial en busca de un papel relevante en la geopolítica mundial, y ello no abona en nada para la paz y tranquilidad nacional de nadie. La trama rusa apenas comienza.

La guerra que viene [OPINIÓN]

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TEXTO PUBLICADO EL 5 DE MARZO DE 2018 EN EL PERIÓDICO EL NACIONAL

El presidente de los Estados Unidos quiere guerra, guerra comercial, y es que el anuncio que realizó el pasado jueves en su cuenta de Twitter (como es ya su costumbre), sobre nuevos aranceles al acero y al aluminio activó a la Unión Europea, prende la alarma en Europa, China, Canadá y México (estos dos últimos por el tratado de libre comercio que está en revisión con nuestro vecino del norte).

Donald Trump se jactó de que Estados Unidos tiene las de ganar en un pulso mercantil al afirmar que “cuando un país está perdiendo miles de millones de dólares en comercio virtualmente con cada país con el que tiene negocios, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”.

El fondo de las palabras y el tono de Trump en su mensaje de Twitter, es un fondo y tono político, lo que nos recuerda que éste, fue uno de los elementos centrales de la agenda económica en la candidatura del neoyorquino. La diferencia entre lo que la economía importa y lo que exporta tocó el pasado noviembre su nivel máximo en los últimos cinco años -un total de 50 mil 500 millones en el mes- apurado sobre todo por las compras al gigante asiático. El lema “América, primero” que ha marcado el discurso de Trump, ha pasado en su versión económica por abandonar el Tratado Comercial del Pacífico (TPP, también cuestionado por los demócratas), olvidarse del proyecto de nuevo acuerdo con Europa (TTIP), poner el jaque la pervivencia del Nafta e incorporar aranceles.

Así las cosas, los países productores de acero toman posiciones ante la guerra comercial que declara Donald Trump. Europa, segundo exportador de acero a Estados Unidos, ha alertado este pasado viernes de que adoptará represalias en los próximos días contra una lista de productos estadounidenses si se concretan las amenazas vertidas por su gobernante. China, el mayor productor mundial, avisó de que esa estrategia perjudicará al comercio internacional. Por su parte, la respuesta en el mercado bursátil no podía esperar en todo el mundo, y los gigantes del sector reaccionaron con pérdidas ante la “guerra que viene”.

Europa lleva meses temiendo el proteccionismo de Donald Trump y ya tiene medidas preparadas para la guerra comercial que ha abierto el mandatario estadounidense. La Comisión Europea analizará el próximo miércoles posibles represalias comerciales como respuesta a los aranceles que Estados Unidos quiere imponer sobre el acero y el aluminio provenientes del exterior. Bruselas ha elaborado una lista de productos estadounidenses (siderúrgicos, agrícolas y de otro tipo) que afrontarán a gravámenes comerciales cuando se exporten a la UE, explican fuentes comunitarias.

Muy pocas veces las autoridades europeas expresan un discurso nacionalista frente a terceros, pero en esta ocasión fue necesario decirlo al verse amenazados por Washington como respuesta a la guerra del acero.

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, dice que Europa está preparada: “No permaneceremos sentados mientras nuestra industria es atacada con medidas injustas que ponen en riesgo miles de puestos de trabajo europeos. La UE actuará con firmeza y con mesura para defender nuestros intereses”.

Estamos ante un escenario que pondrá a temblar al mundo político, comercial y social.

La guerra que viene es una guerra comercial.

La anomalía Trump [OPINIÓN]

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Desde su irrupción en la Casa Blanca, Donald Trump, que cumple un año de tomar posesión como presidente de los Estados Unidos de América, mantiene las posturas que lo caracterizaron desde el inicio de su campaña para la nominación republicana, enfatizando sus políticas contra la migración, seguidas por su empecinamiento de construir un muro fronterizo con México, además de prohibirle la entrada a su país a musulmanes (por mencionar un par de ejemplos), lo que lo ha colocado en una posición riesgosa al no entender el costo político y económico para los norteamericanos, tanto al interior como al exterior.

Las políticas emprendidas por Donald Trump ya han dado frutos, pero muy rancios: desavenencias con líderes mundiales, diálogo de sordos con mandatarios respecto de acuerdos comerciales, y encontronazos con la prensa; por lo que las agresiones del magnate en contra de México, con otros más llamándolos “países de mierda”, con los musulmanes sólo por ser “musulmanes” y todo lo que no sea “America” están conformando una causa en común más amplia liderada por cabezas de la sociedad civil, empresarios, líderes religiosos, intelectuales e iconos culturales, dentro y fuera del sector público e instituciones de todos los sectores nacionales e internacionales.

Mucho se habló respecto de lo que supondría su mandato y su manera de gobernar, sobre todo en lo referente a su postura radical, dictatorial, xenófoba y extremadamente nacionalista, pero ya instalado en la Casa Blanca, en lugar de moderar su discurso e implementar políticas alineadas al “establishment” norteamericano, sigue empecinado a seguir una política proteccionista.

Políticos norteamericanos preveían que Trump sería un “gobernante” controlable, que su equipo lo alinearía a intereses en común con otras naciones “hermanas”, pero muchos de sus “más cercanos colaboradores” ya han abandonado el proyecto “Trump Presidente” o simplemente no se han podido sostener, y es que el magnate inmobiliario y exestrella de reality shows muestra como logros las acciones que intenta llevar a cabo, magnifica la importancia de lo que ha hecho, exagera los problemas que heredó de la administración de Obama, impone metas económicas fantasiosas, se aferra en gobernar a tuitazos y no aprende de sus errores… es más, los repite alegremente.

No cabe duda de que la política en todas las latitudes cambió con la llegada del inquilino número 45 a la Casa Blanca; el mérito de Donald Trump fue entender que millones de estadounidenses se sentían despreciados e ignorados por la clase política norteamericana: fuesen republicanos o demócratas.

Lo que en un primer momento se consideró como una broma de mal gusto, es ya una firme amenaza con tintes conservadores, xenófobos y dictatoriales.

“Hay quienes aseguran que ‘lo mejor que podría pasar es que nos adoptaran los gringos'”: Enrique Berruga [AUDIO]

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¿México podría ser la estrella 51 en la bandera de los Estados Unidos? ¿Quién lamentaría la pérdida de la podrida clase política mexicana? ¿Sería posible que al fin «se nos haga» y los mexicanos podamos disfrutar del American Way of Life? ¿Desaparecerán de nuestro lenguaje la vernácula «mordida», el generoso «moche», el proverbial «ayúdeme a ayudarle» para convertirnos en una nación de primer mundo? En esta inteligente, satírica y audaz novela, Enrique Berruga Filloy explora la nada descabellada posibilidad de la unión, de una vez y para siempre, de los tacos con las hamburguesas.
Aquí la entrevista que tuve con el embajador Enrique Berruga Filloy.
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Games of Trump [Opinión]

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TEXTO PUBLICADO EL 9 DE DICIEMBRE DE 2017

“Jerusalén es el corazón de una de las más exitosas democracias del mundo, un lugar donde judíos, musulmanes y cristianos pueden vivir según sus creencias. En 1995, el Congreso [de EU] aprobó por abrumadora mayoría reubicar ahí la Embajada, y desde entonces todos los presidentes han aplazado la decisión por miedo a afectar las negociaciones de paz, pero décadas después no estamos más cerca del acuerdo. Este es un paso largamente postergado que permitirá avanzar en el proceso y trabajar en la consecución del pacto. […] Estamos aceptando lo obvio. Israel es una nación soberana y Jerusalén es la sede de su Gobierno, Parlamento y Tribunal Supremo”, así justificó Donald Trump su decisión de reconocer Jerusalén como capital de Israel.

El neoyorkino e inquilino de la Casa Blanca se ha desmarcado de sus antecesores, y de muchos gobernantes en el mundo, ya que si algo está caracterizando su gobierno es que Trump está empeñado en cumplir sus promesas de campaña, algo inusual en los políticos y mandatarios, y fiel a su estilo de prescindir de toda prudencia, y en un gesto de buena voluntad hacia sus votantes más radicales, realiza un anuncio en un momento en que el Medio Oriente es un auténtico barril de pólvora teniendo como marco la guerra de Siria, que está provocando migraciones humanas extremas y movimientos de refugiados, así como tensiones entre sunitas y chiitas, además de un acentuado terrorismo islamista día con día, aunado a los habituales conflictos en Cisjordania y Gaza.

Sin escuchar las quejas y súplicas de líderes políticos y religiosos de todo el mundo, incluida la del Papa Francisco, Donald Trump provoca así abiertamente a la comunidad palestina y, por extensión, a toda la comunidad árabe del Oriente Medio, la zona más convulsa del planeta, por lo que su provocación está marcada por la arbitrariedad y un alto grado de irresponsabilidad, habida cuenta de que el traslado de la Embajada, como señala el propio mandatario norteamericano, “tardará años” en concretarse.

Ningún presidente de los Estados Unidos había decidido trasladar la Embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén (como acordó por unanimidad el Congreso estadounidense en 1995), por las tensiones que causaría reconocer esta ciudad como capital de Israel, cuando alberga lugares sagrados no solo del judaísmo, sino también del islam y de distintas ramas del cristianismo. Y porque los palestinos aún reivindican su parte oriental como capital del Estado Palestino que reclaman, pese a que fuera ocupada en 1967, en la Guerra de los Seis Días. La comunidad internacional nunca asumió la soberanía israelí de ese territorio, aunque Rusia reconoció en enero pasado la capitalidad israelí de Jerusalén.

Es así como, Donald Trump ha vuelto a avivar las tensiones en Medio Oriente, y coloca contra la pared a los palestinos, lo que se interpreta como un espaldarazo al mundo árabe y al mismo proceso de paz duradero entre israelís y palestinos que por décadas se ha buscado, lo que sitúa a Estados Unidos en una posición riesgosa, ya sea que se concrete, o no, el traslado de su embajada a Jerusalén.

Es cuestión de tiempo para: 1) Recoger los escombros de una ciudad milenaria que por décadas ha sido testigo del esfuerzo humano por consolidar el Estado de Israel en Palestina a golpe de contiendas y guerras y; 2) Observar la decadencia, hasta ahora impensable, de la nación más poderosa que en aras de buscar “ser grande nuevamente”, se ha cegado por la soberbia de sus líderes ensoberbeciéndose al grado que, sin quererlo ni saberlo, podría acelerar una alianza árabe, hasta hoy día improbable ―según los expertos―, propiciando un eje de contrapeso en Medio Oriente sin precedentes para Europa, Estados Unidos y las renovadas Rusia y China.

Tiempo al tiempo.

Emperatrump [Opinión]

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TEXTO PUBLICADO EL 11 DE NOVIEMBRE DE 2017

Un año ya del triunfo del trumpismo, el triunfo de un personaje salido del reality show, una figura que nunca antes había sido elegido para cargo público alguno, un magnate inmobiliario que, con casi 10 meses al frente de la nación más poderosa del mundo, se mantiene soberbio, en un intento por devolverle a EU un orgullo que nunca le ha hecho bien.

Donald Trump sigue decidido a rechazar acuerdos de comercio e instituciones multilaterales, adoptando una línea dura respecto de la migración ilegal, y a modificar el esquema de alianzas de seguridad y defensa de su país, y como bien dijo en tanto y tantos discursos antes de ganarse un lugar en la Casa Blanca, “quiero que EU sea predeciblemente impredecible”, y lo está logrando, pero no precisamente es favorable para sus conciudadanos, ni para el resto del mundo.

Los miembros de la UE y la OTAN se están preparando para algo similar en asuntos de comercio y seguridad, lo que podría acelerar una Constitución política para la Eurozona que dé pie a algo llamado “Estados Unidos de Europa”, lo que abriría la puerta para crear su propio ejército, y Alemania ya ha comenzado a dar indicios de una ultraderecha que no se ha ida de sus filas políticas.

Durante los próximos meses o años, se espera que se desaten guerras comerciales y de divisas, y se supone que históricas alianzas defensivas se abandonen o estén en riesgo, ya que la solidaridad regional estará por encima de viejas enemistades.

Es lamentable que el ahora político Trump, centre sus declaraciones de odio contra los migrantes, como lo son los mexicanos, que según las cifras oficiales rondan los 34 millones de connacionales radicados en aquel país, declaraciones que no son objetivas, pues dejan a un lado el discurso que debería hablar de la fuerza productiva que representan nuestros paisanos, quienes generan 485 mmdd anuales, o lo que es lo mismo 3.7 por ciento del PIB norteamericano.

Está claro que las elecciones del 8 de noviembre de 2016 fueron trascendentales para EEUU y todo el entorno internacional. Nunca antes los aspirantes Demócrata y Republicano a la Casa Blanca habían representado dos posturas tan dispares…y nunca antes las alarmas en Europa, Asia, Oriente Medio, Latinoamérica y México se habían encendido con tanta sincronía al ver despertar de un nada amigable Estados Unidos que convulsiona la geopolítica mundial.

La relación de vecindad entre México y Estados Unidos es tan relevante y fundamental para ambas naciones, que decenas de expertos e internacionalistas se han abocado en hacer énfasis en el trabajo binacional, como un intento de revertir las declaraciones y tuitazos del presidente Donald Trump.

Ni un año ha cumplido en el cargo, y Donald Trump ya se ve a sí mismo con el “Emperatrump” del orbe mundial.

Dreamers [Opinión]

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TEXTO PUBLICADO EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2017

El cese del DACA (siglas en inglés del programa de Barack Obama que evitaba la deportación de 800.000 jóvenes que entraron en el país de forma ilegal hace una década, siendo niños) de parte de Donald Trump, se perfila para que la Casa Blanca apoye la regularización de estos menores a cambio de que el Congreso apruebe fondos para la construcción del muro con México, un movimiento que fija un precio al futuro de los dreamers. La propuesta, rechazada de plano por los demócratas, convierte a estos 800.000 inmigrantes en rehenes de una negociación cuyo final se vislumbra temible.

Durante la última década la situación legal de los dreamers fue objeto de negociación parlamentaria, pero nunca salió adelante. Tanto en la época de los ex presidentes George W. Bush como en la administración de Barack Obama, los diferentes intentos no tuvieron ninguna respuesta. Recordemos la llamada Dream Act, que solidificaba su cobertura legal. Llegó a la Cámara de Representantes, pero en 2010 cayó por cinco votos en el Senado.

Ahora en 2017, el destino de estos jóvenes inmigrantes ha regresado al Congreso justo cuando mayor es la fractura. En la administración Trump, la distancia entre demócratas y republicanos resulta abismal, y las propias filas conservadoras se han vuelto un campo minado. Ni siquiera en sus mayores banderas, como la reforma sanitaria, han sido capaces de lograr el consenso.

El presidente Donald Trump insiste en discursos nacionalistas, lavándose las manos un Pilatos moderno, asegurando que el futuro de los dreamers está en manos del Congreso, y únicamente allí: “que nadie se equivoque, vamos a poner por delante los intereses de los ciudadanos estadounidenses. […] Tengo amor por esta gente y espero que el Congreso sea capaz de ayudarles de forma correcta. Realmente, no tenemos otra posibilidad”.