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“El exilio”, la vida de Porfirio Díaz más allá de México

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Uno de los presidentes más icónicos de la historia mexicana es sin duda, Porfirio Díaz (Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 15 de septiembre de 1830-París, Francia, 2 de julio de 1915), quien perteneciendo a las fuerzas castrenses se convirtió en un hábil político.

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Como militar participó durante la Segunda Intervención Francesa en México, combatió en la Batalla de Puebla, el Sitio de Puebla, la Batalla de Miahuatlán y en la Batalla de la Carbonera, destacando las guerras de guerrillas que organizó en su estado natal Oaxaca contra los franceses, recuperando en menos de dos meses las ciudades de Puebla y Ciudad de México para las tropas republicanas.

José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, nombre completo del destacado general, se levantó en armas en dos ocasiones contra el gobierno federal, en la primera ocasión en contra de su paisano, Benito Juárez, con el Plan de la Noria, en una segunda ocasión con Sebastián Lerdo de Tejada, enarbolando el Plan de Tuxtepec, con este último triunfó, tras lo cual asumió la presidencia de la República.

Nueve ocasiones ocupó la presidencia de México, y lo que en un inicio fue aceptado con agrado, tras más de 30 años en el poder, el gobierno de Porfirio Díaz fue rechazado y las distintas fuerzas se arremolinaron en torno a él, que no tuvo más que renunciar y junto a su familia exiliarse en París, Francia.

Y es en este marco en el que Carlos Tello Díaz, tataranieto del general Porfirio Díaz, escribe su obra El Exilio: Un relato de familia (Debolsillo), publicado por primera ocasión hace veinte años, donde narra con prístina documentación los avatares de dos familias: la de Díaz y la de Joaquín Casasús.

Un relato de carácter íntimo sobre la vida que llevaron a lo largo del exilio y es, también, un recuento de los sucesos que cambiaron al país vistos a través de sus vidas en el extranjero.

Una historia de un hombre que debió dejar a un país fragmentado, escindido en parte por él mismo, por sus ideales y sueños, algunos trastocados en su afán de poder y absolutismo, pero al mismo tiempo, otras fuerzas progresistas que se repartieron a una nación como si de un botín se tratara.

La vida de un general en el exilio, quien en sus últimos años vivió una vida muy diferente a la que tuvo en México.

El Exilio: Un relato de familia, un libro para los estudios del tema, y para quienes deseen saber la historia detallada de la última etapa de la vida del general Porfirio Díaz, el militar que bien se podría decir que soñó con ser rey.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
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El reflejo de la identidad en el exilio

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Por años, Pakistán ha sido núcleo de constantes luchas religiosas, políticas y sociales, en las que la desigualdad entre los grupos de poder y sus gobernados son una constante en ascenso en pleno siglo XXI. Esta escalofriante diferencia bien nos recuerda las discordancias entre musulmanes e hindúes que a diario viven dentro de las fronteras de esta república, mismas que se acentuaron desde su proclamación de independencia en 1947, siendo el problema de Cachemira el más mediatizado.

En un panorama nada alentador y teniendo como escenario la zona montañosa del norte, Cachemira occidental, el escritor paquistaní Zulfikar Ghose (Sialkot, 1935) utiliza los temas del exilio, la emigración y la pérdida de identidad para entretejer un viaje detallado y mítico en el tiempo y el espacio en su novela El triple espejo del yo, ocasionando que el mundo observe nuevamente la tradición cultural de esta nación de Asia meridional ubicada a orillas del mar Arábigo.

A este respecto, existe la falsa creencia de que la “tradición cultural” hace sólo referencia al ámbito de las artes o a la axiología social, y también el prejuicio de creer que la tradición implica un rescate de valores que perpetúa el poder o la jerarquía –muy comunes, por cierto, en Pakistán.

Estas posturas son imprecisas y Zulfikar Ghose así lo hace ver en su obra, ya que la tradición engloba el conjunto de conocimientos de la sociedad y en ella se integran tanto la ciencia, la religión, la pintura, la economía, el gobierno o la literatura, por lo que es un acto que recuerda en su memoria las funciones vitales de la sociedad como bien pueden ser voces, imágenes, inicios, desenlaces.

En El triple espejo del yo, Zulfikar Ghose hace repaso de la historia… su historia, y de la historia como pauta que acumula conocimiento y permite en un mundo devastado la sobrevivencia, los sueños, las pesadillas que nos embargan y se reiteran como obsesiones en preguntas –el cómo, el dónde, el por qué– fundamento de las acciones y las ideas, del cuerpo y las voces en la transitoriedad perenne del tiempo en el espacio.

La escritura de Ghose es un acto que nos vincula a lo plural, a la animalidad que subyace en nosotros recubierta de lenguajes, además nos expone a la intimidad, al deseo que traspasa las ataduras de lo cotidiano y transita en solitario sabiéndose confrontado en los límites de la noche que reposa en sí misma y regresa transformada en lo otro, en un espejo que derruye la costumbre y carcome la seguridad; un acto que persigue su liberación, una búsqueda que deja de lado la censura, el olvido.

Los vínculos que Zulfikar Ghose sostiene se relacionan con hilos que escapan e intentamos atrapar, simetrías intrínsecas de secretos que no son secretos, son máculas que al ir allá traspasan el aquí y ahora, que están y no están, que simplemente no se han ido, permanecen al acecho como una luz que parpadea, como un fantasma que se arropa en la emotividad de su propio sentir explorando en las formas del lenguaje los horizontes ocultos del ser, y el existir, en la experiencia de la prosa.

El triple espejo del yo, nos confronta a quemarropa con el cómo pensamos sobre nuestra identidad nacional cuando nos arrebatan nuestro país, nos mutilan nuestro futuro, nos laceran nuestro pasado y nos extirpan nuestra humanidad.

Su lectura implica un reto al lector, ya que Zulfikar Ghose nunca revela quién es el protagonista de tan inquietante novela, cuya identidad cambia a lo largo de la narración, lo que deja constancia para futuros y amplios estudios filológicos de tan sugestiva e inquietante obra.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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http://apiavirtual.net/2011/08/30/el-reflejo-de-la-identidad-en-el-exilio/

Un soldado del pueblo

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La defensa de las causas sociales y la libertad del pueblo, fue el estandarte que guió al escritor, revolucionario, poeta e intelectual indonesio Pramoedya Ananta Toer (1925-2006) en su quehacer literario; decenas de relatos y escritos así lo demuestran, ya que atestiguó algunas de las más importantes convulsiones políticas de su patria del siglo pasado, situación que lo condujo en la construcción de un universo poético en el cual el realismo y el hecho histórico curiosamente coexisten.

Su escritura parte de la lucidez, el desarraigo y el amor por la vida, invitando al lector a examinar con profundidad su realidad, siempre con la noción de la fragilidad humana acentuada por el salvajismo del poder del Estado, lo que conllevó a la fractura del tejido social indonesio a partir de la década de 1960, seguida de una represión nacional.

Con los primeros libros publicados por Ananta Toer, vino el reconocimiento internacional, pero también la censura por parte del gobierno de su país que no permitió la edición, divulgación y ni siquiera la lectura de sus obras, por lo que en aquellos años, y hasta hace unos pocos, era más fácil encontrar un texto publicado por él en el extranjero que en Indonesia, debido a la tenaz disidencia política izquierdista que mantuvo siempre el autor.

En tres ocasiones fue recluido en prisión, esto por su ideología y oposición al gobierno, permaneciendo la última 14 años en la celda y posteriormente 13 años bajo arresto domiciliario (1965-1992), hecho que lo llevó a escribir su obra más reconocida y singular: El cuarteto de Buru.

Ananta Toer basa su obra en el poder de la literatura para referir una “ilusión”, empleando la prosa como un espejo lacerante de su memoria, anteponiéndolo al medio realista; la recreación de acontecimientos o la representación de vivencias es un tema antiguo de las letras que el indonesio manejó de manera brillante en la construcción de una identidad literaria.

El cuarteto de Buru, una inusual novela basada en la referencia individual, social y la percepción de comunidad en los sucesos de la clase baja por medio de símbolos y metáforas, con el trasfondo de la memoria como eje discursivo que el autor le imprime, acentuados por el paso del tiempo, aludiendo al espacio de sus recuerdos como un estado mental, antes que como un simple relato.

Adentrarnos en la literatura de Pramoedya Ananta Toer es adentrarnos a una literatura que recrea imágenes intrínsecas que buscan expresar la fragilidad humana frente a la naturaleza en caos, donde además identificamos formas en las que los espectros y las apariencias cobran sentido actual entre el deseo y el dolor, entre la identidad y la alteridad, entre la inconsistencia y la certeza de la imagen literaria.

Su voz interior lo llevó a atravesar los obstáculos de la historia y de su experiencia personal, filtrando la memoria colectiva y el rigor intelectual donde lo real se aproxima tanto a nuestro deseo, que hace incluso posible la locura, desdoblándose al infinito de lo ya visto y vivido por el autor radicalizando la forma de conducir al lector sobre lo escrito.

Pramoedya Ananta Toer, el escritor e intelectual indonesio que dejó constancia de un hecho que marcó a toda su nación, un hombre que convirtió la represión de su país en una voz sagaz, llena de una protesta artística e ineludible.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@homail.com
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“El lector de Bagdad” de Jabbar Yassin Hussin

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Ante la negativa de los Estados Unidos y sus aliados, de no invadir Irak en el 2003, el país árabe ha sido reducido a más escombros de los que ya existían, y como siempre, los mayormente afectados resultan ser los habitantes de aquella nación, aislados por ideologías e intereses muy contrarios a los dos gobiernos involucrados (el local y el extranjero).

Producto de las imágenes y noticias que recibimos de Medio Oriente durante la invasión norteamericana para derrocar el régimen de Saddam Hussein, fuimos convertidos en simples teleespectadores de una imagen recurrente y repetida a la millonésima potencia, que nos daba la sensación de estar contemplando un simple video juego: el lanzamiento de proyectiles sobre un sector de Bagdad.

Algunas de las primeras y más grandes civilizaciones de la antigüedad se desarrollaron en el territorio que hoy conocemos como Irak. En la actualidad, su población vive en la miseria a causa de dos guerras y de un estricto embargo económico internacional. Las sanciones impuestas a Irak por el Consejo de Seguridad dela ONU, han tenido un efecto devastador: han aumentado el desempleo, han provocado la desnutrición de gran parte de la población, han incrementado la mortalidad (norteamericana e iraquí, con la actual guerra de guerrillas) y han dado lugar a la corrupción generalizada.

Estudiantes, trabajadores, ancianos, niños, profesionistas, artistas, hombres y mujeres, se ven en la necesidad de salir de Irak en busca de la dignidad humana, dejando atrás de ellos a familiares, amigos y la tierra que albergó la civilización más antigua del mundo. La salida no es fácil –entiéndase exilio–, al igual que el acceso al país musulmán.

El régimen de Hussein presionó en todos los sectores iraquíes; tomando sólo un ejemplo hallamos que un joven periodista, nacido en Bagdad, tuvo que decidirse por el exilio, resultado de las constantes amenazas de muerte recibidas en su contra.

Jabbar Yassin Hussin (1954), aquel joven exiliado, encontró en la escritura “la nostalgia por lo perdido”, lo perdido por Yassin Hussin, lo perdido por Irak, lo perdido por la humanidad, lo perdido por cada uno de nosotros cada día, en cada guerra, en busca de lo que llamamos libertad y que para otros significa humillación.

Actualmente vive en una pequeña casa de campo en Francia, cerca deLa Rochelle, donde se dedica a la jardinería y, en una fina lengua árabe, escribe cuentos para niños, relatos breves, notas periodísticas, memorias, novelas y poemas. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas.

Desde mediados del cuarto milenio a.C., la historia registra los primeros vestigios de nuestra civilización provenientes de los sumerios, que habitaron la cuenca de los ríos Tigris y Éufrates, en el territorio que hoy forma parte de Irak. Este pueblo creó la escritura cuneiforme, llamada así, porque sus signos tienen forma de cuña (a los primeros descubridores les recordaron huellas de pájaros que hubieran corrido sobre arena mojada). Después de los sumerios, quienes lograron la supremacía de Mesopotamia fueron los acadios de origen semita, más tarde llegaron los babilonios con su imperio y finalmente los asirios. La matanza, la destrucción y el saqueo, han sido la constante en este reducidísimo terruño del planeta hasta nuestros días.

El lector de Bagdad, de Jabbar Yassin Hussin, es un conjunto de cuentos fantásticos de un escritor árabe, que se confunde con el árabe más argentino que ha escrito en lengua castellana: Jorge Luis Borges.[1] Y es que al igual que el argentino, el escritor iraquí nos regala un texto donde el libro, la palabra, la escritura, el lenguaje, el signo, son multisensoriales y multidimensionales; el relato que da nombre al libro –El lector de Bagdad– es el hermano árabe del cuento El libro de arena de Borges: la infinita biblioteca que alberga libros infinitos.

En la ficción de Yassin Hussin, se nos relata la realidad reciente de Irak sólo que con otros actores y en otro tiempo. Todo comienza con el sueño premonitorio de un joven cuando éste llega a una estrecha habitación que alberga millares de libros en blanco. El guardián de esta biblioteca es un anciano, él le explica al muchacho que estos libros <<contienen multitud de detalles desconocidos sobre los acontecimientos que acabaron con este imperio y lo llevaron hasta su trágica y definitiva caída… la eterna repetición: igual que en Roma, en Bagdad o en la civilización actual. La historia es la desgracia de la humanidad, de la cual ésta no se librará sino con su extinción. Por eso estos libros carecen de palabras. ¿Para qué hacer referencia a lo que se repetirá continuamente hasta el final del género humano?>>.

Libros en blanco que son <<una gota de nuestra desgracia, de la desgracia de los hombres. Te bastará leer uno atentamente para sentirte abrumado el resto de tu vida…>>, le dice el viejo al chico. A continuación, le pregunta si conoce el cuento de las hormigas que tuvo lugar en un silo de trigo, el joven le menciona si es el del rey que quiso escuchar el relato interminable, <<Sí, -dice el anciano- ese  cuento es la misma Historia (la nuestra y la del resto de la humanidad en la actualidad). Como le ocurrió a aquel rey, amante de los largos relatos, nosotros también acabamos gritando de angustia>>.[2] Los libros en esta singular biblioteca no contienen palabras, y el bibliotecario es el único que los puede leer, sin embargo él nos enseña que un libro <<aunque no tiene palabras pesa mucho. ¿Te imaginas lo que pesaría si las tuviera?>>[3]

Hace cuatro años ya, que “fuimos convertidos en teleespectadores de una imagen recurrente la cual se repetía a la millonésima potencia”; día tras día los medios de comunicación dan cuenta de la desgracia humana alrededor del mundo sólo con imágenes, aunque éstas <<no contienen palabras, deberían pesar mucho>> para llevarnos a la reflexión y que actuemos por nuestro propio bien. En este mismo sentido el escritor húngaro Imre Kertész dice: no hay que ser víctima destripada de la guerra de los Balcanes ni somalí afectado por la hambruna para que el grito de dolor del mundo alcance a la persona y para que reconozcamos en él nuestra propia voz.[4]

Yo, al igual que Jabbar Yassin Hussin, creo que las manifestaciones bélicas del pasado y el presente continuo, deberán ayudarnos para que reconozcamos nuestras limitantes culturales y poder definir mejor nuestro futuro. No esperemos a que llegue “El Tirano” y seque “el árbol de la vida”.[5]


[1] Sus diversos cuentos donde la Cábala y el simbolismo árabe son una constante, han hecho que los estudiosos del mundo Borgesiano lo sitúen metafóricamente como “un escritor árabe nacido en Argentina”.

[2] Yassin Hussin hace referencia a los cuentos transmitidos de generación en generación de forma verbal en Oriente, como lo podrían ser Las mil y una noches. El énfasis es del autor.

[3] Revisar la obra sobre semiótica de Umberto Eco.

[4] Imre Kertész, En Un instante de silencio en el paredón, Barcelona, España, Editorial Herder, 1999.

[5] Referencia a Kishkânû, segundo cuento de El lector de Bagdad.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
 
Este artículo fue publicado en:
Revista “Molino de Letras” septiembre-octubre de 2008.