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La alegoría de los trastornos sufridos

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La historia de la Europa del siglo XX está tristemente atravesada por la mayor masacre ideada por un sistema de gobierno en contra de un pueblo, el acontecimiento del cual seguirán escribiendo en el futuro muchos autores, el capítulo agreste que aún hoy nos alcanza con su alargada, fría y oscura sombra que representan los campos de concentración de Auschwitz, y que para muchas generaciones es el hecho traumático que es imposible de expiar.

Y de manera siniestra, el escritor húngaro, Lászlo Krasznahorkai (1954, Hungría) nos sumerge bella y elocuentemente en su novela Melancolía de la resistencia, en la que bien su autor podría asemejarse a un apicultor experto en un enjambre convulsionado queriendo explicar los porqués de modo filosófico.

Teniendo en la narración alegórica a su mejor aliada, Krasznahorkai sitúa la narración en una pequeña, anónima y empobrecida ciudad húngara que de la noche a la mañana se ve transformada completamente cuando durante una noche de invierno llega un circo ambulante que anuncia como su máximo atractivo: el cuerpo disecado de una enorme ballena.

Los habitantes son tomados por sorpresa, su aparente paz es perturbada y da inicio la transformación de su sociedad una vez que el ejemplar es ubicado en la plaza central. Por toda la ciudad empieza a extenderse una ola de rumores y paranoia que desembocará finalmente en violentos disturbios; una primera tesis que nos presenta Lászlo Krasznahorkai es que el mal es inherente en el hombre y sólo es necesario buscar el detonante perfecto.

Así como la ciudad de Troya fue destruida, esta ciudad –que bien pudiera ser cualquiera del orbe mundial–, acogió de manera natural el cuerpo disecado de una enorme ballena traída por un circo que representa la apología del siniestro, ya que entre bastidores, un enano terriblemente deforme al que conocen como “el príncipe”, ha ordenado que esta localidad sea destruida y para lograr su siniestro objetivo manipula a sus habitantes con habilidad para llevarlos a un estado de temor y nihilismo.

Pero en toda historia deben existir ambas caras de la moneda y esta no será la excepción cuando dos personajes se opongan a la marea de agresiones descomunales: Valuska, un joven ingenuo al que el resto de los habitantes trata como al tonto del pueblo y su instructor, el Sr. Eszter, un insólito personaje obsesionado con la idea de devolverle a un piano la afinación de su armonía original usando intervalos matemáticamente puros.

Esta es una obra profundamente extraña e inquietante, dotada de detalles minuciosos y de una atmosfera muy bien lograda, en la que el crudo recuerdo de la Europa del este se hace presente durante constantes intervalos que nos hacen concluir que la vida, y la muerte, son un pensamiento eterno donde la memoria se ejercita para no olvidar de lo que el ser humano está hecho.

Melancolía de la resistencia, una novela de sombras alargadas que tocan el corazón del lector, donde el murmullo del recuerdo se vuelve siniestro, todo ello reflejado con una prosa señorial que se lee como una alegoría de los trastornos y una meditación filosófica sobre la cultura popular y la formación de la consciencia social de Hungría.

Lászlo Krasznahorkai, un escritor avasallante, vívido y filosófico que imprime a todo el conjunto de su obra un rico simbolismo trágico, que busca a través del pensamiento encontrar las refutaciones al miedo, la desesperanza y las ilusiones de la sociedad europea, lo que impide al lector que se le deje de leer.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
@plumavertical
 
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http://apiavirtual.net/2011/12/03/la-alegoria-de-los-trastornos-sufridos-2/
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Le Petite Prince

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El punto máximo de deshumanización en el siglo XX, tocó la cumbre con la instauración de los campos de concentración nazis, con los cazabombarderos ingleses, los kamikazes venidos de las costas japonesas, la ambición de la dictadura personal de Stalin, los buques de guerra italianos, las tropas francesas y el terror en la piel humana de las bombas norteamericanas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

En este marco donde el hombre ha perdido la ingenuidad y necesita acumular cosas materiales o inmateriales para sentirse satisfecho de su existencia, no importando qué sea necesario hacer o sobre quién haya que pasar (llámese individuos o grupos), un excepcional piloto de guerra y escritor francés nacido en Lyon, supo vislumbrar las carencias de la sociedad, que han sido las mismas a lo largo de la historia.

Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), el hombre al que hago referencia,  logró reunir en un libro dos cosas: una voz de alerta para los niños y un recordatorio para los adultos. Lo primero lo hizo, a través del lenguaje de los sentimientos, el del corazón y el del contacto con el alma. Lo segundo lo elaboró, mostrando la nostalgia de los valores perdidos o extraviados al contacto con el llamado “mundo de los adultos”, que por los convencionalismos y formalidades del que está plagado, nos olvidamos del niño que fuimos un día, menospreciándolos por la presunción y la prepotencia.

Este libro del que hablo, es la archiconocida obra El Principito, que no es sino una fábula infantil para adultos; por su significado alegórico. <<Es un cuento que desafía las convenciones de la realidad y entra en un paisaje onírico, en el que la imaginación puede desbordarse>>. Una guía para que los adultos no se pierdan en el mundo que ellos han construido y para que los niños estén preparados para crecer en el mundo que los adultos les están dejando.

Saint-Exupéry ingresó en la fuerza aérea francesa en 1921, y en 1926 se hizo piloto comercial; se reincorporó a la fuerza aérea de su país en la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente en una misión de guerra su avión fue derribado, sin embargo, él pudo escapar aún con vida a la ciudad de Connecticut en los Estados Unidos gracias a un amigo suyo.

Las experiencias vividas durante las largas horas en misiones militares, le sirvieron para redactar lo que él vio qué son capaces de hacer los hombres, en una encantadora fábula que narra el encuentro de un adulto con el ser de su propia infancia.

Refugiado en la casa del pintor francés Bernard Lamotte, Antoine de Saint-Exupéry redactó su relato a partir de los primeros problemas que enfrentó el narrador-piloto de El Principito en su niñez: al querer dibujar boas abiertas y cerradas que ningún adulto entendía.

Es así como el escritor nos sitúa en el corazón del Sahara, en un suceso que tuvo lugar seis años atrás, recuerdo de especial delicia para él. Éste nos revela que en una misión de reconocimiento por ese desierto, su avión se averió y se vio perdido en pleno desierto con un motor “roto”, encarándonos a una perspectiva de <<vida o muerte>>.

El autor pone como escenario un lugar deshabitado, afuera la vida continúa, con sus pesares, su violencia, su deshumanización y es entonces cuando el piloto se plantea la pregunta más honda y que es el origen de El Principito: <<la pregunta sobre la vida y de cómo emplearla>>.

Nuestro narrador se encuentra en la nada, y cómo de la nada se aparece el Principito, sorprendido, el piloto comienza un diálogo con ese niño en una forma de apelación, que no es otra cosa que la apelación a uno mismo, en la que el adulto <<se compromete con el ser de su propia infancia a través de imágenes (dibujos) y las exigencias de un niño pequeño (cantidad y cantidad de preguntas que el niño le plantea al adulto).

El Principito será quien se encargue de guiar al narrador al descubrimiento de su capacidad de imaginación al recordarle que un día él también fue un niño, y es que sólo siendo niño se pueden ver cosas que los adultos no aprecian. Una verdadera lección al hombre “moderno” que desea “tener” y que siempre tiene prisa, que vive deprisa, no se preocupa de sus verdaderas necesidades.

El piloto va descubriendo el lugar de origen del Principito, éste proviene de un asteroide que el narrador supone es el B-612, un lugar muy pequeño para vivir y en el cual crecen unos arbustos (los baobabs), que si se desarrollan, el pequeño planeta corre el riesgo de estallar; éstos son la metáfora del niño que no quiere crecer para no perder su inocencia, si permite que crezcan, se habrá convertido en adulto y su mundo tenderá a desaparecer.

La amistad también esta presente en la figura de una pequeña pero muy hermosa flor, que una mañana brota en el asteroide. El Principito le prodiga todo tipo de cuidados que le son solicitados, pero al juzgarla por sus palabras y no por sus actos, opta por huir del diminuto asteroide con la ayuda de unas aves migratorias, dejando a la flor a su suerte.

Antes de llegar a la Tierra, el Principito, pasa por otros planetas en los que se encuentra con la Autoridad, representada por un rey solitario. Luego por la Vanidad, en un hombre que sólo vive para que lo elogien o halaguen frecuentemente. En otro pequeño planeta, se encuentra con un personaje que posee una mentalidad que le lleva a un deseo excesivo por beber. Poco a poco cruza diversas etapas hasta llegar con el piloto extraviado, en el desierto lejos de toda civilización.

Y así es cómo los papeles se invierten, el niño guía al adulto por el arte de la admiración, el viaje por los planetas del niño es el comienzo de un descubrimiento, donde realmente lo que experimenta es la madurez, cada vez que aprende algo se aleja de su planeta un poco más… hasta que llega al planeta de “los adultos”: la Tierra, en este lugar adquirirá los últimos conocimientos que le permitirán completar su madurez y su verdadero fin. El adulto recupera su niñez perdida a través de las preguntas que el niño le hace, ya que están dirigidas al centro del asunto que le interesa, olvidándose de todo lo demás, y repitiendo sus preguntas hasta encontrar una respuesta satisfactoria de parte del piloto. Todo un manifiesto acerca de cómo puede y debería ser vivida la existencia del adulto.

En 1944, durante una misión de reconocimiento por el sur de Francia, el avión donde volaba Antoine de Saint-Exupéry desapareció, y nunca se encontró. Él, al igual que el pequeño niño de cabellos dorados, se desvaneció misteriosamente en medio de la nada. Hay quien afirma que alguien le dijo que el Principito había vuelto (recordemos las últimas  palabras escritas en su libro), y esa sería la verdadera razón de su ausencia.

Una auténtica obra de arte a la inocencia y de amor a la humanidad, eso es lo que es Le Petit Prince.(1)

(1) Título original de El Principito.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com