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El acontecimiento traumático de la civilización occidental en el pensamiento de Kertész

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Mi texto publicado en la revista Molino de Letras donde hablo sobre la obra del intelectual y sobreviviente del holocausto Imre Kertész.

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Polvo negro

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Durante casi ya siete décadas, la sombra fría y alargada que proyectan los campos de concentración nazi y Auschwitz, persisten en recordarnos lo cruel e intolerantes que podemos llegar a ser los seres humanos con nuestros iguales, ya que definitivamente en la historia de la humanidad ésta ha sido la constante.

Y es que así como el siglo XVIII es recordado por la Revolución Industrial que se sucedió en Inglaterra, el siglo XX fue cruelmente marcado por dos guerras mundiales, pero muy en especial por las armas y métodos de destrucción masiva que fueron utilizados a diestra y siniestra, con tanta naturalidad como si de un día de campo se tratara.

Tan profundo y hondo se ha arraigado en la disertación del hombre posterior a la segunda mitad del siglo pasado la eliminación masiva del pueblo judío, que la cantidad de tinta vertida en papel por pensadores, intelectuales, escritores y filósofos respecto a la <<gran catarsis>> que esto representó serviría para teñir de negro sin dificultad las costas alemanas del Mar Báltico.

Pero parte de este acontecimiento central de Europa –y también del mundo–, fue lo sucedido previo a la Segunda Guerra Mundial en el año de 1933, poco tiempo después de la toma de poder, en la cual los nacionalsocialistas iniciaron en marzo una campaña denominada “Aktion wider den undeutschen Geist” liderada por la Nationasozialistischer Deutscher Studentenbund (Unión Estudiantil Nacionalsocialista) en contra de los escritores judíos, marxistas y pacifistas cuyas obras se considerasen de espíritu anti-germano’. Las persecuciones alcanzaron su clímax el 10 de mayo del mismo año con una quema de libros metódicamente organizada por “estudiantes”.

Ésta tuvo lugar en el Opernplatz enfrente de la Universidad Humboldt y fue el evento que activó una reacción en cadena de quema de libros en 21 universidades alemanas, como la efectuada en Hamburgo el 15 de mayo de aquel año, y hoy en el marco del Día del Maestro que celebramos en México se conmemoran 80 años de “la quema de libros”.

Esta lamentable y ofensiva práctica de quemar libros es, una forma de censura utilizada por líderes políticos o religiosos al momento en que sus ideas encuentran oposición, con la que buscan eliminar sistemáticamente la intelectualidad mostrada por otros, y el conocimiento legado a las futuras generaciones.

En México, celebramos a los maestros el 15 de mayo, pero por desgracia y de manera simbólica, el magisterio de algunas zonas de Michoacán, Oaxaca y Guerrero, principalmente, se han encargado con movilizaciones, marchas, bloqueos, pintas, vandalismo y mucha violencia sin sentido, de “quemar los libros” de la sociedad, ante la imposibilidad de impedir que les quiten su cuota de poder magisterial.

No comparo las acciones nazis de la quema de miles de textos de autores contrarios a ese régimen, considerados inmorales o simplemente de autores judíos para promocionar el nacionalsocialismo con las movilizaciones del magisterio en Oaxaca, Guerrero, Ciudad de México y Michoacán, pero a 80 años ya de aquellos hechos, en que docentes y representantes de los órganos nazis arrojaron al fuego los libros de los autores censurados, una sombra fría y alargada se proyecta hasta nuestros días por estos acontecimientos sobre el actual pueblo teutón, sus hijos y en definitiva en toda la humanidad.

Creo fervientemente que las manifestaciones bélicas del pasado y el presente continuo, deberán ayudarnos para que reconozcamos nuestras limitantes culturales y poder definir mejor nuestro futuro, a fin de evitar cometer los mismos o peores errores del pasado, ya que como dijera Imre Kertész, no hay que ser víctima destripada de la guerra de los Balcanes ni somalí afectado por la hambruna, ni nazi que arda en el aquelarre para que el grito de dolor del mundo alcance a la persona y para que reconozcamos en él nuestra propia voz…

…Y esto me lo enseñaron grandes maestros y excelentes profesores de vocación, que a lo largo de mi vida me educaron, ya sea en el salón o con su ejemplo, por lo cual les doy las gracias a todas y todos, a cada una de ellas y de ellos, porque al recordarlos me hacen pensar que son los menos quienes salen a las calles gritando para hacer barbaridades, ¡sí!, son los menos quienes solo consiguen romper el diálogo que tanto pregonan en su aulas.

Jorge Iván Garduño
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“El informe Hitler”

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1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas entraron en Polonia sin haber declarado la guerra y dieron comienzo a la II Guerra Mundial, este hecho, además de una llana declaratoria hostil de parte de Alemania hacia Francia e Inglaterra, significó el resultado del pacto de no agresión que Adolf Hitler y Josif V. Stalin firmaron con la intención de repartirse la nación polaca.

Hitler dirigió la guerra como un gánster en toda Europa: invadiendo por sorpresa. Para el 22 de junio de 1941 Hitler ya había invadido Yugoslavia y Grecia, y gran parte del oeste y el norte del continente –exceptuando España, Portugal, Suecia, Finlandia y Suiza–, pese a esto, Inglaterra no se rindió y ante todos los pronósticos, Winston Churchill, el nuevo primer ministro inglés no accedió a firmar la paz tras ver derrotada a su aliada Francia, ni a los bombardeos sobre la capital de parte de los alemanes.

Pero al ir avanzando y buscar invadir Rusia para ese año, las tropas de Hitler nunca previeron que el crudo invierno las alcanzarían en octubre de 1941, lo que se considera el principio del fin alemán, que se agravó con el ataque de Pearl Harbor que Japón efectuó en el Pacífico el 7 de diciembre, y significó la entrada de los Estados Unidos a una guerra ya con dimensiones mundiales, al declararse abiertamente en ejercicios hostiles Alemania y los norteamericanos.

En 1942, al dar Hitler la orden de seguir adelante, el ejército alemán renueva su ofensiva sobre Rusia, y en noviembre de ese año, los alemanes son rodeados completamente y aniquilados en una de las batallas más cruentas de la historia. A partir de entonces los alemanes sólo pudieron ir replegándose, destruyendo todo a su paso, con el fin de impedir el aprovisionamiento del enemigo.

El 10 de julio de 1943, los británicos y los norteamericanos desembarcaron en Italia, y el 6 de junio de 1944 tuvo lugar el fastuoso episodio en Normandía llamado “D-Day” (Debarcation Day). Con él, los estadounidenses y los ingleses irrumpieron en Francia y abrieron un segundo frente en el oeste.

Por el escenario, la conclusión estaba clara desde hacía tiempo: Alemania ya no podía ganar la guerra y sin embargo ningún general pensaba en encarcelar a Hitler y poner fin a aquella masacre. Continuaron sacrificando a sus soldados, pues para muchos de ellos su juramento de lealtad a Hitler era más importante que la vida de sus hombres: ésa era la perversa moral de la casta guerrera de un Estado militar. Finalmente decidieron dejar el asunto en manos de un oficial que tenía un solo ojo y un solo brazo y que debía atentar contra el tirano: Stauffenberg, quien el 20 de julio de 1944 atentó contra Adolf Hitler, pero todo salió mal y él y otros conspiradores fueron pasados por las armas.

Los alemanes siguieron luchando hasta que los rusos tomaron Berlín. El 30 de abril de 1945 el Führer se dio un disparo en su búnker. El 8 de mayo, Wilhelm Keitel firmó la capitulación incondicional de Alemania. Los alemanes se identificaron con Hitler hasta el final y lo acompañaron en su caída. Nunca otra figura ha sido tan popular entre ellos. Adolf Hitler comenzó personificando su patología y acabó induciéndolos a celebrar con él un aquelarre sin igual.

El resultado de los crímenes que realizaron juntos fue de una magnitud hasta entonces desconocida, que aún resulta imposible concebir.

Como se sitúan más allá de la razón, la reflexión sobre ellos ha tomado tintes religiosos. Pero en la medida en que la ciencia histórica se ha ocupado de ellos, se ha dado lugar a dos teorías: intencionalista y funcionalista.

Los intencionalistas dicen que Hitler quiso siempre este genocidio y lo planeó de antemano.

Por su parte los funcionalistas afirman que el genocidio fue consecuencia de la intensificación de las medidas adoptadas por los nazis. Éstos querían zonas de asentamiento para los alemanes, así que llevaron a los judíos a los guetos; pero aquí no podían alimentarlos, por lo que se les ocurrió la idea de asesinarlos, y sobrevino todo lo demás.

Pero Stalin siempre observó de cerca a su contraparte alemán, y tras la toma de Berlín ordena expresamente que integrantes del servicio secreto soviético, el NKVD, investigue qué ha sido del Führer, y en su afán por desentrañar los métodos que utilizó Hitler para dominar a su pueblo, da con dos hombres muy cercanos al tirano: Otto Günsche y Heinz Linge, quienes ejecutaron la orden final de quemar el cuerpo tras el suicidio de Adolf Hitler.

Desde 1946 hasta 1949 Günsche y Linge desgranaron la vida privada de Hitler.

El informe Hitler (Tusquets Editores) es una magistral obra que al momento de ser publicada impactó en la sociedad alemana, ya que relata desde una perspectiva inédita los acontecimientos que envolvieron la historia germana abarcando desde 1933 hasta el apocalipsis final de 1945.

Una obra monumental que los historiadores y escritores Henrik Heberle y Matthias Uhl documentan de manera extraordinaria, poniendo el mayor énfasis al relato de las últimas semanas en el búnker subterráneo de la cancillería y a la sobrecogedora descripción de aquella opresiva atmósfera.

Una obra imprescindible que nos habla de cómo un hombre terminó saliéndose del círculo de la civilización humana para hacer aquello de lo que la humanidad acusa a los judíos: matar a Dios. El informe Hitler, un libro que nos recuerda que los deseos y pasiones del ser humano siempre deberán tener un límite.

Jorge Iván Garduño
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La alegoría de los trastornos sufridos

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La historia de la Europa del siglo XX está tristemente atravesada por la mayor masacre ideada por un sistema de gobierno en contra de un pueblo, el acontecimiento del cual seguirán escribiendo en el futuro muchos autores, el capítulo agreste que aún hoy nos alcanza con su alargada, fría y oscura sombra que representan los campos de concentración de Auschwitz, y que para muchas generaciones es el hecho traumático que es imposible de expiar.

Y de manera siniestra, el escritor húngaro, Lászlo Krasznahorkai (1954, Hungría) nos sumerge bella y elocuentemente en su novela Melancolía de la resistencia, en la que bien su autor podría asemejarse a un apicultor experto en un enjambre convulsionado queriendo explicar los porqués de modo filosófico.

Teniendo en la narración alegórica a su mejor aliada, Krasznahorkai sitúa la narración en una pequeña, anónima y empobrecida ciudad húngara que de la noche a la mañana se ve transformada completamente cuando durante una noche de invierno llega un circo ambulante que anuncia como su máximo atractivo: el cuerpo disecado de una enorme ballena.

Los habitantes son tomados por sorpresa, su aparente paz es perturbada y da inicio la transformación de su sociedad una vez que el ejemplar es ubicado en la plaza central. Por toda la ciudad empieza a extenderse una ola de rumores y paranoia que desembocará finalmente en violentos disturbios; una primera tesis que nos presenta Lászlo Krasznahorkai es que el mal es inherente en el hombre y sólo es necesario buscar el detonante perfecto.

Así como la ciudad de Troya fue destruida, esta ciudad –que bien pudiera ser cualquiera del orbe mundial–, acogió de manera natural el cuerpo disecado de una enorme ballena traída por un circo que representa la apología del siniestro, ya que entre bastidores, un enano terriblemente deforme al que conocen como “el príncipe”, ha ordenado que esta localidad sea destruida y para lograr su siniestro objetivo manipula a sus habitantes con habilidad para llevarlos a un estado de temor y nihilismo.

Pero en toda historia deben existir ambas caras de la moneda y esta no será la excepción cuando dos personajes se opongan a la marea de agresiones descomunales: Valuska, un joven ingenuo al que el resto de los habitantes trata como al tonto del pueblo y su instructor, el Sr. Eszter, un insólito personaje obsesionado con la idea de devolverle a un piano la afinación de su armonía original usando intervalos matemáticamente puros.

Esta es una obra profundamente extraña e inquietante, dotada de detalles minuciosos y de una atmosfera muy bien lograda, en la que el crudo recuerdo de la Europa del este se hace presente durante constantes intervalos que nos hacen concluir que la vida, y la muerte, son un pensamiento eterno donde la memoria se ejercita para no olvidar de lo que el ser humano está hecho.

Melancolía de la resistencia, una novela de sombras alargadas que tocan el corazón del lector, donde el murmullo del recuerdo se vuelve siniestro, todo ello reflejado con una prosa señorial que se lee como una alegoría de los trastornos y una meditación filosófica sobre la cultura popular y la formación de la consciencia social de Hungría.

Lászlo Krasznahorkai, un escritor avasallante, vívido y filosófico que imprime a todo el conjunto de su obra un rico simbolismo trágico, que busca a través del pensamiento encontrar las refutaciones al miedo, la desesperanza y las ilusiones de la sociedad europea, lo que impide al lector que se le deje de leer.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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“El acontecimiento traumático de la civilización occidental”, en el pensamiento de Kertesz

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Durante casi ya siete décadas, la sombra fría y alargada que proyectan los campos de concentración nazi y Auschwitz, persisten en recordarnos lo cruel e intolerantes que podemos llegar a ser los seres humanos con nuestros iguales, ya que definitivamente en la historia de la humanidad ésta ha sido la constante.

Y es que así como el siglo XVIII es recordado porla Revolución Industrialque se sucedió en Inglaterra, el siglo XX fue cruelmente marcado por dos guerras mundiales, pero muy en especial por las armas y métodos de destrucción masiva que fueron utilizados a diestra y siniestra, con tanta naturalidad como si de un día de campo se tratara.

Tan profundo y hondo se ha arraigado en la disertación del hombre posterior a la segunda mitad del siglo pasado la eliminación masiva del pueblo judío, que la cantidad de tinta vertida en papel por pensadores, intelectuales, escritores y filósofos respecto a la <<gran catarsis>> que esto representó, serviría para teñir sin dificultad el Mar Mediterráneo.

Un pensador que ha contribuido con su tinta a las disquisiciones filosóficas –dejando a un lado las invenciones poéticas con la finalidad de narrar sus vivencias de manera vital y profunda–, a este respecto es el húngaro Imre Kertesz, quien a la edad de quince años fue deportado a los campos de concentración de Polonia y liberado un año más tarde de Buchenwald, un campo de exterminio nazi.

Kertesz es una de las pocas voces que gozan de la mayor autoridad en los corredores literarios sobre el tema del holocausto, sus ensayos, novelas, discursos, ponencias, guiones y artículos periodísticos así lo demuestran, ya que su trabajo provoca a la reflexión, causando un estremecimiento en el corazón, pues nunca deja al lector indiferente.

Su prosa ensayístico-filosófica emplea los elementos de la vida y los acontecimientos más acuciantes para desbordarse de forma plena en lo que más le interesa: su inquietud existencial y la tensión intelectual que ha de lograr con ella, magistralmente enfrenta la vida y su “yo judío” que, afortunada o desafortunadamente le tocó vivir.

En su experiencia como escritor, Kertesz aprendió a separar la realidad de la lengua, el concepto de su contenido, o si se quiere, la ideología de la experiencia, puesto que es una cuestión crucial para el escritor, incluso desde la perspectiva de su oficio, de la técnica literaria; y se ha obligado a constatar que esta realidad no sirve ni para el objetivo de la forma artística ni para el de la transmisión artística, entre otras razones, porque es más pesadilla que realidad.

Kertesz parte de la idea de que en la sociedad los valores son falsos, los conceptos incomprensibles, la existencia arbitraria, su continuidad depende de oscuras relaciones de poder, y mientras la vida domina de manera total, en su interior carece de la misma.

El género humano se pone a escribir una y otra vez y no puede liberarse de la sensación de carencia; Imre Kertesz reconoce que en el que se vive es un mundo ideológico, lleno de secuelas y en el que él eligió el exilio intelectual; a pesar de ser poseedor de una carga literaria avasalladora, al final de todo su discurso sólo muestra una caricatura de nuestros verdaderos pensamientos.

Como lo dice el también galardonado con el Nobel de literatura 2002: “Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó al hombre y el ser humano creó Auschwitz”, esto habla muy mal de la humanidad y nos deja pocas alternativas para el futuro.

Imre Kertesz, un pensador que va dejando constancia, en su literatura, de que Auschwitz no es en absoluto el asunto privado de los judíos esparcidos por el mundo, sino el acontecimiento traumático de la civilización occidental que algún día se considerará el inicio de una nueva era.

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Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano
jorgeivangg@hotmail.com
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“El arca de Schindler”

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Era el año de 1993 y en Washington, EE. UU., se firmaba un acuerdo de paz entre Palestina e Israel, como una forma de declaración sobre  acuerdos provisionales para obtener la autonomía dela Organizaciónparala Liberaciónde Palestina (OLP), misma que reconocía a Israel y su derecho a existir.

Ese mismo año, el director de cine Steven Spielberg, llevó a las salas de cine la historia de los mil doscientos judíos polacos que fueron salvados de morir en el Holocausto por un solo hombre –Oskar Schindler–, convirtiéndose en su mejor película, con la cual ganó seis premios Oscar, incluidos los de mejor guión, película, director y banda sonora.

La lista de Schindler, la épica versión cinematográfica, está basada en un hecho real que se encuentra consignado y documentado en el libro del escritor australiano Thomas Keneally (Sydney, 1935), y que de manera inevitable fue eclipsado por la historia rodada por el cineasta norteamericano; comenzando por el título.

El arca de Schindler (1982), título original de la novela de Keneally, da inicio con una <<nota>> del escritor en la que describe su encuentro casual con Leonard Pfefferberg,  uno de los “supervivientes de Schindler”, el mismo que le impulsó a escribir la historia de Oskar Schindler: un industrial, miembro del partido nazi, hombre de enorme astucia y talento para las relaciones públicas.

El libro combina investigación histórica con una reconstrucción imaginativa del complejo y provocativo carácter de Oskar Schindler. En el proceso, Keneally introduce a sus lectores en el mundo de estos judíos condenados por los nazis a una <<vida indigna de la vida>>.

Al mismo tiempo, al tomar la decisión de descubrir el Holocausto, Keneally se adentra en la polémica que rodea al proyecto, no sólo hasta qué punto es <<auténtico>> este retrato de Schindler, sino quién puede prestar testimonio del Holocausto. Entiéndase la controversia literaria sobre quién es El Narrador de El arca de Schindler.

La narrativa de Thomas Keneally refleja, desde un punto de vista crítico, sentimentalismo: su descripción novelística de la historia mediante la vida de un hombre, Oskar Schindler, quien arriesgó su vida para proteger a los judíos que laboraban en su fábrica de Cracovia,la DeutscheEmailFabrik, enla Poloniaocupada por los alemanes.

El arca de Schindler, ganadora del Premio Booker en 1982, es una <<novela>> engastada en el trauma de la memoria europea moderna, un relato que, insiste Keneally, trata de evitar toda ficción.

Ciertamente, todo se ha desenmascarado en este siglo XX, ha mostrado al menos una vez su verdadero rostro, permitiendo palpar la realidad. El soldado se convirtió en asesino profesional; la política, en crimen; el capital, en una gran fábrica equipada con hornos crematorios y destinada a eliminar seres humanos; la ley, en reglas de juego de un juego sucio; la libertad universal, en cárcel de los pueblos; el antisemitismo, en Auschwitz; el sentimiento nacional, en genocidio. En todas partes se trasluce la verdadera intención; los pocos ideales que había, quedaron manchados por la sangre de la cruda realidad. La situación quizá sea tal como la formuló Franz Kafka: sólo nos queda acabar lo negativo; lo positivo ya nos fue dado.

En el libro del escritor australiano, nos podemos dar cuenta (gracias a su prosa vital) del horror que fue el Holocausto para todos aquellos que tuvieran sangre o rasgos judíos, pero lo que no logra Keneally –por lo menos no con todos– es que comprendamos la magnitud del suceso, y no por falta de talento narrativo, más bien por nuestra propia falta de sensibilidad ante la destrucción del hombre hacia el hombre.

Cinco años duró la aparente paz entre los pueblos árabe-israelíes firmada en Washington (1995-1998). El boom del Holocausto continúa dando cintas cinematográficas, libros “espectaculares”, entrevistas y una interminable lista de discursos y disculpas; que sólo se quedan en buenas intenciones.

Las fricciones en Medio Oriente prosiguen, nada ha cambiado. El antisemitismo está más vivo que nunca, sólo que se encuentra políticamente “maquillado”, y a pesar de que los dirigentes no lo acepten abiertamente, hay un odio que va creciendo paulatinamente y al final, por más Oskares Schindler que aparezcan, no serán suficientes.

Thomas Keneally, un narrador fascinado con la reconstrucción de sucesos históricos, como lo hiciera en las novelas Conversaciones del bosque (1975) y Hacia Asmara (1989); una ambientada enla Primera Guerra Mundial y la segunda, describe el conflicto armado de Eritrea, un pequeño y empobrecido país africano de reciente creación al norte de Somalia.

El arca de Schindler, el libro que fue inspiración de una de las películas más elocuentes sobre el genocidio ocurrido en Europa en la primera mitad del siglo XX. La lista de Schindler, la cinta cinematográfica apegada a una realidad descrita en un libro que sobrepasa la imaginación y –dejando a un lado lo propiamente literario– la ficción.

Jorge Iván Garduño
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