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“¿Le darías tus datos a un desconocido, o le dirías que no estás en casa?”: Jill Begovich [Podcast]

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Cínicos, no en el periodismo

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Decía Ryszard Kapuscinski que para ejercer el periodismo “ante todo, hay que ser buenos seres humanos” y añadía que “las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias”, y en esta profesión eso es esencial para mantenerse y crecer.

Y al cumplir ya casi diez años en este oficio, el mejor oficio del mundo diría Gabriel García Márquez, reafirmo categóricamente las palabras de Kapuscinski entendiendo que el periodista debe ser “humano”… léase: sensible. Ya que la sensibilidad es la esencia pura del periodismo, algo que sólo con la práctica es posible aprender, ya que en la facultad no nos lo enseñan.

Para el real y verdadero ejercicio periodístico, quien lo ejerza, es necesario depurar la sensibilidad, pues al salir a la calle para “buscar historias” uno debe sentir lo que sucede “en la piel del otro”, con la finalidad de transmitirle a nuestro público una noticia trascendente como si él estuviera ahí, utilizando diversas técnicas periodísticas en un reportaje, crónica, entrevista, nota, etcétera, para consignar adecuadamente y sin restricciones la noticia al final de la jornada y que se tomen decisiones a partir de ella.

No es fácil desarrollar este tacto, olfato o sentido periodístico, que además deberá estar aderezado con un alto nivel de moral y ética profesional a toda prueba ante la sociedad; ya que siendo reportero gráfico, redactor, reportero con fuente asignada, jefe de información, incluso conductor o directivo –por mencionar sólo unos cuantos ejemplos–, nunca se nos debe olvidar la esencia misma de nuestra profesión: la sensibilidad humana, porque cuando verdaderamente ejercemos este oficio no podemos volvernos cínicos o indiferentes de nuestro entorno, pues las tragedias testimoniadas nos vuelven más sensibles y vulnerables… o así debería de ser.

Asimismo, nunca debemos olvidar que el periodismo es dedicación pura, que nunca puede uno dejar el papel en la redacción. Todos los días, a todas horas siempre se está “en el ajo”, concentrado y en permanente reflexión para analizar adecuadamente los sucesos que trascienden y permean a la humanidad; que hoy podrán ser noticia y mañana serán parte de la historia esencial de la sociedad.

El ejercicio periodístico, una profesión sin cortapisas, con la que aprendemos a ser humildes, y nunca dejamos de aprender.

En lo personal, espero nunca olvidar esta esencia, con la finalidad de lograr ser un mejor periodista, y jamás utilizar el oficio para encumbrarme y utilizar cualquier medio para lograr sólo la satisfacción social. Pugnemos todos los días por un mejor periodismo, mucho más cuando somos quienes lo moldeamos.

En definitiva, el periodismo sí es el mejor oficio del mundo.

Jorge Iván Garduño
@plumavertical
 
Este texto se ha publicado en:
 
http://efektonoticias.com/opinion/cinicos-no-en-el-periodismo

La filosofía esotérica postmodernista de Víktor Pelevin

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A partir de mediados de la década de 1980 ala fecha, el llamado telón de acero de la ex Unión Soviética ha desaparecido por completo, durante esa época la corriente literaria tomó un nuevo aire y comenzó su transformación a un pensamiento post-soviético, asociado al regreso de los autores rusos, que se encontraban en el exilio, a su país natal y que han propiciado gradualmente un cambio en el pensamiento ruso.

Esto dio pie a que surgiera una nueva literatura que tuvo como objetivo primordial el estudiar los males y patologías de la sociedad posterior a la perestroika, alcanzando niveles equiparables con el naturalismo filosófico de un extremo pesimismo y encargado de diseccionar cada parte de las manifestaciones de la vida rusa.

Este tipo de literatura fue calificada como negra y pornográfica, porque es una prosa neo-naturalista que condena al sistema y a la ideología soviética que llevó a toda una nación a conocer las dos caras de la moneda; sin embargo, los escritores han diversificado sus textos debido a la recuperación que Rusia ha mantenido en los últimos años.

Dentro de los cambios que ha tenido esta corriente literaria está la incursión de las nuevas tecnologías como el Internet, que abrió la caja de pandora para que apareciera un nuevo fenómeno: la literatura interactiva, que está representada por la prosa postmodernista en la que los autores reflejan nostalgia por la pérdida de confianza en su cultura, lengua y utopía nacionalista.

Víktor Pelevin (Moscú, 1962), es uno, sino es que el más, destacado representante de esta corriente literaria rusa y uno de los narradores más leídos dentro de la literatura postcomunista, quien maneja dentro de sus textos características del género de ciencia ficción, para construir de manera compleja una prosa que fusiona elementos de la cultura pop y de la filosofía esotérica.

Diversos niveles de comprensión dentro de sus novelas maneja, exigiendo del lector un alto grado de entendimiento de sus frases y de la estructura conceptual que propone, ya que a través del absurdo se vuelca en una relectura de la tradición literaria y de la historia de su país.

Pelevin escribe con una desfachatez e inteligencia inusual para la narrativa contemporánea actual, buscando descifrar la identidad rusa dentro de la tradición misma, en un intento de desmitificación brutal de su entorno para dejar constancia de lo absurdo que es el legado histórico.

Al utilizar recurrentemente el género de la ficción como algo verosímil, Pelevin nos adentra en un juego que puede resultar espeluznante, siniestro y desenfrenado, nos invita a la recreación de un mundo desquiciado, nada diferente del que conocemos habitualmente, pero en el que nos hace reflexionar sobre las consecuencias de nuestros actos o el resultado que la vida nos brinda al final de cada día.

La literatura de Víktor Pelevin está provista de múltiples lecturas e infinitas interpretaciones, debido a que el escritor prefiere que sea el lector quien dote al texto de significado motivando al pensamiento interactivo, donde es el escritor quien pone la idea y el lector quien permite que surja la reflexión, por ello éste opta intencionalmente por un diálogo difuso más que uno explícito.

Víctor Pelevin, quien estudió la carrera de ingeniero aeronáutico, es un escritor que ha mantenido constancia en su quehacer literario, situación que lo ha llevado a ser llamado orgullosamente el Nabokov psicodélico de la era cibernética.

Pelevin, un admirable escritor que no hay que dejar de leer.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
@plumavertical
 
Este texto ha sido publicado en:
Revista “Molino de letras” de Mayo-Junio 2012. http://www.facebook.com/photo.php?fbid=278141392279750&set=a.125734557520435.25938.125734250853799&type=1&theater
 
http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2011/02/07/index.php?section=opinion&article=006a1reg

La retratista del vacío japonés: Banana Yoshimoto

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Desde que las letras japonesas comenzaron a producir sus primeras obras literarias, siempre se han caracterizado éstas por poseer un gran valor artístico y literario como los Ise monogatari (Relatos de Ise), por surgir en los albores de las culturas orientales que han ido dando paso a otras artes.

En la sociedad oriental la oralidad dio paso a expresiones artísticas como el teatro no, el kabuki, la plástica, el manga, el anime, el cine, la música y la literatura moderna, que en su forma escrita toma un impulso demoledor, ya que no se vasa únicamente en el trabajo escrito, sino que la preexistencia de la oralidad viene a reforzar de manera rotunda el perfeccionamiento literario japonés.

Esta literatura, como todas las letras universales, se nutre de la comunicación y su oralidad, dando pie a que exista a través de las letras y el lenguaje que ellas forman, manifestándose de manera visual, oral o escrita, siendo la literatura japonesa una de las más visuales, que obtiene su valor estético e intelectual desde el momento de su concepción.

Y es a partir de esa concepción única, que los escritores japoneses surgen como una suerte de alquimistas venidos en la noche por sorpresa, con la firme intención de expresar un lenguaje que toma el rol de retratista social.

En este marco surge Mahoko Yoshimoto (1964), quien utiliza el seudónimo literario de Banana Yoshimoto debido a su gusto por las flores rojas de la banana y los pseudónimos andróginos; es hija de uno de los críticos y filósofos japoneses más importantes de la década de 1960, Ryumei Yoshimoto, y hermana de Haruno Yoiko, dibujante.

La escritura de Banana Yoshimoto es de un estilo excesivamente claro, su lenguaje aquiescente permite matices sumamente lúcidos, dotado de una nueva poesía generacional, donde temas nunca antes explorados en el Japón son recurrentemente utilizados por esta escritora.

La cultura japonesa, de la que nos habla Yoshimoto, es un Japón moderno, rico en tradiciones milenarias pero sorprendentemente insólito en el avance tecnológico que ha desarrollado en los últimos cincuenta años y donde las nuevas generaciones, como las de Banana, están devorando comics, video-clips, equipos de audio-video personales, telefonía celular, video juegos, que van dejando a su paso jóvenes desconcertados, ansiosos, con temores, abrumados y en una soledad recurrente.

El mundo en el que transita Yoshimoto es un mundo contradictorio, saturado de un vacío generacional, pero con unas ganas extraordinarias por vivir y amar; en eso radica la escritura emocional, árida y puntillosa que nos plantea la escritora en sus novelas.

Esa es la literatura que nos ofrece Banana Yoshimoto, que desde que publicó su primera novela Kitchen, obtuvo inmediatamente las mejores críticas y se convirtió en un verdadero éxito de librerías alcanzando las sesenta ediciones en Japón y los seis millones de lectores.

Gracias a escritoras como Yoshimoto, podemos descodificar a las sociedades del pasado o las contemporáneas de Oriente, por esa labor y visión de escritores y escritoras tan lúcidas que dan rostro, apellido y alma ya no sólo a las letras nacionales, sino a las letras universales.

El ejercicio de Banana Yoshimoto, enriquece el conocimiento y la capacidad de penetración en la realidad propia y ajena por tratarse de una verdadera suma de mensajes entre seres humanos que reflexionan sobre su entorno y sobre la sociedad en que se origina su escritura.

Banana Yoshimoto, una escritora que cumple con el rasero que imponen un buen número de clasificaciones generacionales, sin embargo creo que es oportuno insistir en que se caracteriza por su feliz coincidencia con espíritus antes dispersos a través de las letras.

Más allá de los premios literarios que ha alcanzado, del aplauso que le han brindado o la polémica que causa con su forma de novelar, es cierto que en un panorama general ella ha abandonado parcialmente ciertos escenarios que eran comunes en la literatura japonesa de sus maestros y ha impuesto su enfoque a detalle de los escenarios locales de su sociedad.

Las lecturas que merecen las obras de Yoshimoto nos brindan comprensión a una de las culturas orientales más fascinantes, validando el mensaje que nos quiere transmitir haciéndolo resonar en un eco que alcanza a muchos otros autores y lectores de Oriente y Occidente, ávidos por aceptar y entablar un diálogo de complicidad crítica, sana y constructiva.

Banana Yoshimoto, una escritora que asume su realidad –como corresponde a cualquier autor que se precie de serlo–, que pretende aportar las mejores obras que esté en sus manos escribir y que parte de una muy buena propuesta estética.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
@plumavertical
 
Este texto ha sido publicado en:
http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2011/01/02/index.php?section=opinion&article=004a1soc
 
http://apiavirtual.net/2010/07/16/la-retratista-del-vacio-japones-banana-yoshimoto/