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“El tambor de hojalata”: novela emblemática de Günter Grass

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Considerado uno de los grandes intelectuales de nuestro tiempo y galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1999, Günter Grass (Danzig, 1927) expone en su libro más celebre El tambor de hojalata (1959), un ejercicio de desmitificación acerca de los crímenes alemanes en la primera mitad del siglo XX.

Oscar Matzerath, el protagonista, nos narra su intrincada historia en la época de una Alemania convulsa. Este misterioso joven se encuentra recluido en una clínica para enfermos mentales desde donde relata las memorias de su vida, al tiempo que golpea su tambor de hojalata, cansando a quienes lo rodean por tanto tocar. La crónica parte de un flashback en el que el joven Matzerath ocupa el papel de narrador omnisciente y omnipresente; la primer característica lo acompañara durante sus primeras tres décadas de existencia.

Junto a él, está el enfermero del hospital encargado de Matzerath, el silencioso Bruno, que hace las veces de amigo y que acompañará al alucinante Oscar a fungir como testigo de un mundo desquiciado decidido a expulsar a las mentes sensatas.

Una estilográfica, quinientas hojas de “papel virgen” y todo el tiempo necesario, ocupará nuestro protagonista para desdeñar cada tabú de la sociedad que contempla con excelente iluminación desde su aislamiento, donde <<se entrega al lúcido vértigo, a la delirante inteligencia oculta tras su apariencia infantil>>.

Nuestro héroe, por decisión propia –si es que así se puede decir–, sufre un accidente en su tercer aniversario y con esto devino, el mayor rechazo propinado por un niño hacia sus progenitores y a la sociedad que habita: detener su crecimiento, culpar de su condición al que se piensa su padre y hacer creer a todos que razona y actúa como un chico de tres años.

Como lectores, contemplado desde el umbral, este universo es desquiciante; adentrándonos en él, se vincula el desamparo a lo grotesco propinado por el misterioso ritual de una criatura ácida sujetada a su tambor de esmalte rojo y blanco. Un demiurgo venido en la noche para divertir y asustar a mucha gente.

Oscar Matzerath entrecruza las fronteras de lo real y lo fantástico en un mundo donde prevalecen los dobles discursos, los engaños y los asesinatos. Una novela bergante en la que Grass redacta de forma picante y exagerada sus experiencias durante la consolidación del nazismo anterior a 1939, así como de los años de la guerra y la posguerra.

Esta obra colocó al novelista, poeta, escultor, músico, dibujante y dramaturgo alemán entre las voces más destacadas de su generación. Sus firmes convicciones morales y socialistas sustentan la fantasía de este volumen.

Günter Grass ha llegado a abordar otros temas, sin embargo es uno el que le desvela, el que le obsesiona, el que le da razón para escribir, el que inunda las millones de hojas escritas por su mano: el holocausto, el acontecimiento central de Europa y también del mundo en el siglo XX. La sombra nazi (fría y alargada) proyectada por más de seis décadas sobre el actual pueblo teutón y sus hijos, ha encontrado una de las mejores superficies en la cual descansar. Toda su narrativa está articulada, ciertamente, en torno al nacionalsocialismo y, la posición política y la ideología socialdemócrata que comparte Grass.

Como buen alemán comprometido con su pueblo, pretende reforzar los ideales universales que quedaron manchados por la sangre de la cruda verdad, la violencia y la destructividad. La indignación causada nos lleva a la reflexión, tal vez sea sólo un sentimiento artificial que sirve para quitar el sabor original, mucho más requemante, de aquel momento. Mas el arte –léase literatura- no es para condenar a las personas, sino para recrear el momento y obtener nuestras propias conclusiones.

El tambor de hojalata, conmovedora novela que es también un fino análisis de la realidad y otra llamada de alerta realizada con poesía, terror, erotismo, blasfemia, advenimiento. Oscar Matzerath encerrado en una habitación por un crimen que no cometió; pero dispuesto a la redención y rendido a la reconciliación con el exterior. Definitivamente, literatura de advertencia.

Este artículo fue publicado en:

 http://www.lajornadaguerrero.com.mx/2011/04/15/index.php?section=opinion&article=006a1soc

Además se ha publicado en la revista bimestral “Molino de Letras” de Julio-Agosto de 2007.

Revista “Desde El Sótano” de librerías El Sótano, Julio-Agosto 2007.
 
http://efektonoticias.com/noticias/internacional/el-tambor-de-hojalata-novela-emblematica-de-gunter-grass
 
Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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“Hitler, mi vecino”

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Fue en 1945 cuando el régimen de Adolf Hitler sucumbió al poderío militar de Los Aliados, casi ya siete décadas de aquel momento histórico, y a pesar del tiempo, la sombra fría y alargada que proyectan los campos de concentración nazi, Auschwitz y todo el horror vivido en Europa persisten en recordarnos lo cruel e intolerantes que podemos llegar a ser los seres humanos con nuestros iguales, ya que definitivamente en la historia de la humanidad ésta ha sido la constante.

Si bien el siglo XVIII es recordado por la Revolución Industrial que se sucedió en Inglaterra, el siglo XX fue cruelmente marcado por dos guerras mundiales, pero muy en especial por las armas y métodos de destrucción masiva que fueron utilizados a diestra y siniestra por los nazis con tanta naturalidad como si de un día de campo se tratara.

Tan profundo y hondo se ha arraigado en la disertación del hombre posterior a la segunda mitad del siglo pasado la eliminación masiva del pueblo judío, que la cantidad de tinta vertida en papel por pensadores, intelectuales, escritores y filósofos respecto a la gran catarsis que esto representó, bien podría servir para teñir de negro las costas alemanas.

Y es bajo esa sombre alargada y helada que se sitúa la obra de Edgar Feuchtwanger Hitler, mi vecino. Recuerdos de un niño judío (Anagrama), en la que hoy, a los 90 años de edad ofrece un testimonio excepcional de un período que, en palabras del autor, para muchos “se ha convertido en algo abstracto. Mi aportación consiste en mostrar, a través de la emoción, lo que sentimos y experimentamos los que vivimos esos años”.

En 1929 Edgar Feuchtwanger, hijo de un editor y sobrino de Lion Feuchtwanger, el autor de la novela El judío Süss, famosísima en los años treinta del siglo pasado, vive una infancia feliz en Múnich. Desde la casa familiar, el ni­ño, de cinco años, ve al otro lado de la calle a un hombre con un curioso bigote, y cuenta cómo los que pasan por delante le hacen un raro saludo, levantando el brazo.

Su vecino no es otro que Adolf Hitler. Y así la familia judía compartirá barrio y calle con el que será nombrado en 1933 canciller alemán, hasta el año 1939, en que el adolescente, de quince años, se exiliará al Reino Unido.

La historia de la Alemania nazi nos es magistralmente relatada vista por los ojos de un niño desde la ventana de su cuarto: por ejemplo, el revuelo en la casa de Hitler, una mañana de 1934, después de la “noche de los cuchillos largos”.

También, desde el cada vez más amenazado hogar de la familia judía, vemos cómo la casa del Führer se convierte en una fortaleza, una brutal metáfora de la adquisición de poder y del ascenso de Hitler.

La voz de Feuchtwanger deja constancia de que la vida de Hitler no fue un asunto exclusivamente que atañera a los judíos, o a los que actualmente están esparcidos por el mundo, sino que en el fondo es un asunto de todos, la civilización misma que se alca como una voz de alerta para las actuales generaciones.

Hitler, mi vecino, conmovedora obra que a todos sus lectores evitará dejar indiferentes.

Jorge Iván Garduño

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Una historia de esperanza en medio de la crudeza vivida por Solzhenitsyn

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Aleksandr Solzhenitsyn nació el 11 de diciembre de 1918 en Kislovodsk, Rusia, donde terminó sus estudios universitarios de matemáticas, y ya durante la Segunda Guerra Mundial, fue movilizado y enviado al frente a finales de 1941 y principios de 1942, y al término de las hostilidades, sus ofensivas observaciones sobre Stalin motivan su detención para febrero de 1945 y una condena de 8 años de reclusión en un campo Gulag. Allí le operan de cáncer en 1952. En 1957, un nuevo tumor le obliga a someterse a tratamiento en el hospital Tashkent.

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En 1959 escribe en tres semanas “Un día de Iván Denísovich” y conquista rápidamente fama mundial. En 1963, escribe “El pabellón de cáncer” y empieza “El archipiélago Gulag”. En 1967 en una carta abierta dirigida al IV Congreso de Escritores de la URSS, denuncia la censura y comienza su combate abierto contra el poder soviético. En 1974 es expulsado rumbo a Alemania Federal y en 1975 se establece en Estados Unidos donde sigue escribiendo.

El pabellón de cáncer (Tusquets Editores) cuenta un episodio de la vida del autor, Alexandr Solzhenitsyn, donde se tiene como escenario Tashkent, donde el protagonista, Oleg, se encuentra internado después de cumplir una larga sentencia en un campo.

Es un ex prisionero típico, desconfiado y testarudo, que se enfrenta con el mundo libre representado en la novela por doce hombres, todos atacados por el cáncer. La actitud frente al peligro de una muerte inminente modifica al hombre, hace caer máscaras y cortezas.

En esta obra Solzhenitsyn prolonga la tradición de Tolstói en “La muerte de Iván Ilich”, y de Chéjov en “Una historia aburrida”.

 La verdad íntima de esos retratos es impresionante, sobre todo por los efectos que obtiene al mostrar a cada uno de los enfermos visto por sus once compañeros de dormitorio.

En el plano del lenguaje, Solzhenitsyn pertenece a la escuela de la poeta Tsvetáyeva o del poeta Rémizov, dos de los grandes renovadores de la sintaxis sincopada, llena de concentrada energía, propia del habla popular y de los proverbios.

La vida de Solzhenitsyn transita por la torturada senda de la historia soviética, y su obra, desde “Un día de Iván Denísovich” hasta “La rueda roja”, recoge los episodios y los fenómenos más paradigmáticos de esta experiencia histórica. Su periplo vital se inicia casi con la revolución rusa y su actividad literaria, forjada en los campos de trabajo soviéticos.

El pabellón de cáncer es interesante de principio a fin manteniendo el interés del lector en todo momento y, a pesar del título no es triste ni deprimente, es justamente lo contrario, brindando esperanza real como nuestra vida.

Jorge Iván Garduño
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Jaque al peón

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Sin duda, el punto máximo de deshumanización en el siglo XX, tocó la cumbre con la instauración de los campos de concentración nazis, con los cazabombarderos ingleses, los kamikazes venidos de las costas japonesas, la ambición de la dictadura personal de Stalin, los buques de guerra italianos, las tropas francesas y el terror en la piel humana de las bombas norteamericanas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Y fueron precisamente los bombardeos a estas dos ciudades japonesas los sucesos que permanecen en la memoria social como capítulos de la historia de la  humanidad muy cuestionables, en los que murió instantáneamente el 30 por ciento de la población de Hiroshima, lo que en números significó entre 70 y 80 mil personas, y otro tanto quedó con heridas graves. Mientras que en Nagasaki murieron entre 45 y 70 mil personas.

Estos hechos se dieron el 6 y 9 de agosto de 1945, hace ya 68 años, por lo cual esta semana se efectúan ceremonias en recuerdo de las víctimas de lo que significó la rendición absoluta de Japón,  con lo que finalizó la Segunda Guerra Mundial luego de la firma de la Declaración de Postdam, acuerdo emitido por los aliados.

Originalmente las ciudades seleccionadas para el lanzamiento de las bombas fueron Kioto, Hiroshima, Yokohama y Kokura, pero por condiciones y zonas estratégicas se tomó la decisión de bombardear dos ciudades que para desgracia de sus pobladores quedaron arrasadas y en condiciones de extrema radiación.

Little Boy (nombre de la primera bomba) se arrojó sobre el cielo de Hiroshima y Fat Man detonó en Nagasaki, con lo que en menos de un minuto se terminó con la vida de  miles de civiles y los norteamericanos inauguraron la era atómica erigiéndose en ese momento como una de las dos naciones más poderosas del orbe.

Por desgracia, quienes murieron fueron niños, mujeres, ancianos, hombres que se encontraban en el trabajo, la escuela, el parque, los hogares o, como cada mañana, realizando la caminata habitual… en cuestión de segundos la temperatura se elevó extremadamente mientras el cielo se coloreaba de tonos naranjas y púrpuras hasta extinguir todo tipo de vida.

Las guerras no deberían de existir, pero está inherente en la naturaleza humana y mientras nuestra capacidad de diálogo, entendimiento y tolerancia con nuestros semejantes no sea mayor que nuestras limitantes para alcanzar acuerdos, se seguirán sucediendo en todas nuestras sociedades.

Debemos entender que la vida del “otro” no es una moneda de cambio para alcanzar nuestros ideales e imponer lo que pensamos es justo porque simplemente es lo que conviene a nuestros intereses, ya sean personales o nacionales.

Es inaceptable que un régimen haya exterminado 6 millones de judíos. Es inaceptable que 220 mil ciudadanos hayan fallecido por la detonación de dos bombas nucleares, una en Hiroshima y la otra en Nagasaki… pero es más inaceptable que las manifestaciones bélicas del pasado y el presente continuo, no nos ayuden a reconocer nuestras limitantes culturales y así definir mejor nuestro futuro, en pro de toda la humanidad.

Por desgracia, esta utopía nunca llegará.

Jorge Iván Garduño
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“El informe Hitler”

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1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas entraron en Polonia sin haber declarado la guerra y dieron comienzo a la II Guerra Mundial, este hecho, además de una llana declaratoria hostil de parte de Alemania hacia Francia e Inglaterra, significó el resultado del pacto de no agresión que Adolf Hitler y Josif V. Stalin firmaron con la intención de repartirse la nación polaca.

Hitler dirigió la guerra como un gánster en toda Europa: invadiendo por sorpresa. Para el 22 de junio de 1941 Hitler ya había invadido Yugoslavia y Grecia, y gran parte del oeste y el norte del continente –exceptuando España, Portugal, Suecia, Finlandia y Suiza–, pese a esto, Inglaterra no se rindió y ante todos los pronósticos, Winston Churchill, el nuevo primer ministro inglés no accedió a firmar la paz tras ver derrotada a su aliada Francia, ni a los bombardeos sobre la capital de parte de los alemanes.

Pero al ir avanzando y buscar invadir Rusia para ese año, las tropas de Hitler nunca previeron que el crudo invierno las alcanzarían en octubre de 1941, lo que se considera el principio del fin alemán, que se agravó con el ataque de Pearl Harbor que Japón efectuó en el Pacífico el 7 de diciembre, y significó la entrada de los Estados Unidos a una guerra ya con dimensiones mundiales, al declararse abiertamente en ejercicios hostiles Alemania y los norteamericanos.

En 1942, al dar Hitler la orden de seguir adelante, el ejército alemán renueva su ofensiva sobre Rusia, y en noviembre de ese año, los alemanes son rodeados completamente y aniquilados en una de las batallas más cruentas de la historia. A partir de entonces los alemanes sólo pudieron ir replegándose, destruyendo todo a su paso, con el fin de impedir el aprovisionamiento del enemigo.

El 10 de julio de 1943, los británicos y los norteamericanos desembarcaron en Italia, y el 6 de junio de 1944 tuvo lugar el fastuoso episodio en Normandía llamado “D-Day” (Debarcation Day). Con él, los estadounidenses y los ingleses irrumpieron en Francia y abrieron un segundo frente en el oeste.

Por el escenario, la conclusión estaba clara desde hacía tiempo: Alemania ya no podía ganar la guerra y sin embargo ningún general pensaba en encarcelar a Hitler y poner fin a aquella masacre. Continuaron sacrificando a sus soldados, pues para muchos de ellos su juramento de lealtad a Hitler era más importante que la vida de sus hombres: ésa era la perversa moral de la casta guerrera de un Estado militar. Finalmente decidieron dejar el asunto en manos de un oficial que tenía un solo ojo y un solo brazo y que debía atentar contra el tirano: Stauffenberg, quien el 20 de julio de 1944 atentó contra Adolf Hitler, pero todo salió mal y él y otros conspiradores fueron pasados por las armas.

Los alemanes siguieron luchando hasta que los rusos tomaron Berlín. El 30 de abril de 1945 el Führer se dio un disparo en su búnker. El 8 de mayo, Wilhelm Keitel firmó la capitulación incondicional de Alemania. Los alemanes se identificaron con Hitler hasta el final y lo acompañaron en su caída. Nunca otra figura ha sido tan popular entre ellos. Adolf Hitler comenzó personificando su patología y acabó induciéndolos a celebrar con él un aquelarre sin igual.

El resultado de los crímenes que realizaron juntos fue de una magnitud hasta entonces desconocida, que aún resulta imposible concebir.

Como se sitúan más allá de la razón, la reflexión sobre ellos ha tomado tintes religiosos. Pero en la medida en que la ciencia histórica se ha ocupado de ellos, se ha dado lugar a dos teorías: intencionalista y funcionalista.

Los intencionalistas dicen que Hitler quiso siempre este genocidio y lo planeó de antemano.

Por su parte los funcionalistas afirman que el genocidio fue consecuencia de la intensificación de las medidas adoptadas por los nazis. Éstos querían zonas de asentamiento para los alemanes, así que llevaron a los judíos a los guetos; pero aquí no podían alimentarlos, por lo que se les ocurrió la idea de asesinarlos, y sobrevino todo lo demás.

Pero Stalin siempre observó de cerca a su contraparte alemán, y tras la toma de Berlín ordena expresamente que integrantes del servicio secreto soviético, el NKVD, investigue qué ha sido del Führer, y en su afán por desentrañar los métodos que utilizó Hitler para dominar a su pueblo, da con dos hombres muy cercanos al tirano: Otto Günsche y Heinz Linge, quienes ejecutaron la orden final de quemar el cuerpo tras el suicidio de Adolf Hitler.

Desde 1946 hasta 1949 Günsche y Linge desgranaron la vida privada de Hitler.

El informe Hitler (Tusquets Editores) es una magistral obra que al momento de ser publicada impactó en la sociedad alemana, ya que relata desde una perspectiva inédita los acontecimientos que envolvieron la historia germana abarcando desde 1933 hasta el apocalipsis final de 1945.

Una obra monumental que los historiadores y escritores Henrik Heberle y Matthias Uhl documentan de manera extraordinaria, poniendo el mayor énfasis al relato de las últimas semanas en el búnker subterráneo de la cancillería y a la sobrecogedora descripción de aquella opresiva atmósfera.

Una obra imprescindible que nos habla de cómo un hombre terminó saliéndose del círculo de la civilización humana para hacer aquello de lo que la humanidad acusa a los judíos: matar a Dios. El informe Hitler, un libro que nos recuerda que los deseos y pasiones del ser humano siempre deberán tener un límite.

Jorge Iván Garduño
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La alegoría de los trastornos sufridos

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La historia de la Europa del siglo XX está tristemente atravesada por la mayor masacre ideada por un sistema de gobierno en contra de un pueblo, el acontecimiento del cual seguirán escribiendo en el futuro muchos autores, el capítulo agreste que aún hoy nos alcanza con su alargada, fría y oscura sombra que representan los campos de concentración de Auschwitz, y que para muchas generaciones es el hecho traumático que es imposible de expiar.

Y de manera siniestra, el escritor húngaro, Lászlo Krasznahorkai (1954, Hungría) nos sumerge bella y elocuentemente en su novela Melancolía de la resistencia, en la que bien su autor podría asemejarse a un apicultor experto en un enjambre convulsionado queriendo explicar los porqués de modo filosófico.

Teniendo en la narración alegórica a su mejor aliada, Krasznahorkai sitúa la narración en una pequeña, anónima y empobrecida ciudad húngara que de la noche a la mañana se ve transformada completamente cuando durante una noche de invierno llega un circo ambulante que anuncia como su máximo atractivo: el cuerpo disecado de una enorme ballena.

Los habitantes son tomados por sorpresa, su aparente paz es perturbada y da inicio la transformación de su sociedad una vez que el ejemplar es ubicado en la plaza central. Por toda la ciudad empieza a extenderse una ola de rumores y paranoia que desembocará finalmente en violentos disturbios; una primera tesis que nos presenta Lászlo Krasznahorkai es que el mal es inherente en el hombre y sólo es necesario buscar el detonante perfecto.

Así como la ciudad de Troya fue destruida, esta ciudad –que bien pudiera ser cualquiera del orbe mundial–, acogió de manera natural el cuerpo disecado de una enorme ballena traída por un circo que representa la apología del siniestro, ya que entre bastidores, un enano terriblemente deforme al que conocen como “el príncipe”, ha ordenado que esta localidad sea destruida y para lograr su siniestro objetivo manipula a sus habitantes con habilidad para llevarlos a un estado de temor y nihilismo.

Pero en toda historia deben existir ambas caras de la moneda y esta no será la excepción cuando dos personajes se opongan a la marea de agresiones descomunales: Valuska, un joven ingenuo al que el resto de los habitantes trata como al tonto del pueblo y su instructor, el Sr. Eszter, un insólito personaje obsesionado con la idea de devolverle a un piano la afinación de su armonía original usando intervalos matemáticamente puros.

Esta es una obra profundamente extraña e inquietante, dotada de detalles minuciosos y de una atmosfera muy bien lograda, en la que el crudo recuerdo de la Europa del este se hace presente durante constantes intervalos que nos hacen concluir que la vida, y la muerte, son un pensamiento eterno donde la memoria se ejercita para no olvidar de lo que el ser humano está hecho.

Melancolía de la resistencia, una novela de sombras alargadas que tocan el corazón del lector, donde el murmullo del recuerdo se vuelve siniestro, todo ello reflejado con una prosa señorial que se lee como una alegoría de los trastornos y una meditación filosófica sobre la cultura popular y la formación de la consciencia social de Hungría.

Lászlo Krasznahorkai, un escritor avasallante, vívido y filosófico que imprime a todo el conjunto de su obra un rico simbolismo trágico, que busca a través del pensamiento encontrar las refutaciones al miedo, la desesperanza y las ilusiones de la sociedad europea, lo que impide al lector que se le deje de leer.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
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“El acontecimiento traumático de la civilización occidental”, en el pensamiento de Kertesz

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Durante casi ya siete décadas, la sombra fría y alargada que proyectan los campos de concentración nazi y Auschwitz, persisten en recordarnos lo cruel e intolerantes que podemos llegar a ser los seres humanos con nuestros iguales, ya que definitivamente en la historia de la humanidad ésta ha sido la constante.

Y es que así como el siglo XVIII es recordado porla Revolución Industrialque se sucedió en Inglaterra, el siglo XX fue cruelmente marcado por dos guerras mundiales, pero muy en especial por las armas y métodos de destrucción masiva que fueron utilizados a diestra y siniestra, con tanta naturalidad como si de un día de campo se tratara.

Tan profundo y hondo se ha arraigado en la disertación del hombre posterior a la segunda mitad del siglo pasado la eliminación masiva del pueblo judío, que la cantidad de tinta vertida en papel por pensadores, intelectuales, escritores y filósofos respecto a la <<gran catarsis>> que esto representó, serviría para teñir sin dificultad el Mar Mediterráneo.

Un pensador que ha contribuido con su tinta a las disquisiciones filosóficas –dejando a un lado las invenciones poéticas con la finalidad de narrar sus vivencias de manera vital y profunda–, a este respecto es el húngaro Imre Kertesz, quien a la edad de quince años fue deportado a los campos de concentración de Polonia y liberado un año más tarde de Buchenwald, un campo de exterminio nazi.

Kertesz es una de las pocas voces que gozan de la mayor autoridad en los corredores literarios sobre el tema del holocausto, sus ensayos, novelas, discursos, ponencias, guiones y artículos periodísticos así lo demuestran, ya que su trabajo provoca a la reflexión, causando un estremecimiento en el corazón, pues nunca deja al lector indiferente.

Su prosa ensayístico-filosófica emplea los elementos de la vida y los acontecimientos más acuciantes para desbordarse de forma plena en lo que más le interesa: su inquietud existencial y la tensión intelectual que ha de lograr con ella, magistralmente enfrenta la vida y su “yo judío” que, afortunada o desafortunadamente le tocó vivir.

En su experiencia como escritor, Kertesz aprendió a separar la realidad de la lengua, el concepto de su contenido, o si se quiere, la ideología de la experiencia, puesto que es una cuestión crucial para el escritor, incluso desde la perspectiva de su oficio, de la técnica literaria; y se ha obligado a constatar que esta realidad no sirve ni para el objetivo de la forma artística ni para el de la transmisión artística, entre otras razones, porque es más pesadilla que realidad.

Kertesz parte de la idea de que en la sociedad los valores son falsos, los conceptos incomprensibles, la existencia arbitraria, su continuidad depende de oscuras relaciones de poder, y mientras la vida domina de manera total, en su interior carece de la misma.

El género humano se pone a escribir una y otra vez y no puede liberarse de la sensación de carencia; Imre Kertesz reconoce que en el que se vive es un mundo ideológico, lleno de secuelas y en el que él eligió el exilio intelectual; a pesar de ser poseedor de una carga literaria avasalladora, al final de todo su discurso sólo muestra una caricatura de nuestros verdaderos pensamientos.

Como lo dice el también galardonado con el Nobel de literatura 2002: “Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó al hombre y el ser humano creó Auschwitz”, esto habla muy mal de la humanidad y nos deja pocas alternativas para el futuro.

Imre Kertesz, un pensador que va dejando constancia, en su literatura, de que Auschwitz no es en absoluto el asunto privado de los judíos esparcidos por el mundo, sino el acontecimiento traumático de la civilización occidental que algún día se considerará el inicio de una nueva era.

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Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano
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El Señor de las moscas o la reinvención del conflicto humano

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¿Qué sucedería si de pronto te encontraras en un lugar paradisíaco junto a una docena de personas, y les tocara organizarse para su supervivencia?, o peor aún, si a este lugar paradisíaco, en vez de habitarlo nosotros lo protagonizaran un grupo de niños responsables de marcar las reglas, ¿cuál sería el resultado? La respuesta es simplemente la misma: se reinventarían los mitos, miedos y odios que existen en el mundo que conocemos.

Existe una novela que nos plantea esta circunstancia y el gran acierto de parte de su autor, es que el protagonista es un grupo coral de niños, y no de adultos. ¿Por qué? Porque en el caso segundo, en el que los personajes fueran adultos, el lector sería simplemente un testigo y no ocurriría la liberación que permite la lectura, sus diversas interpretaciones y esa inteligente protesta erigida a mitad del siglo XX; es en el primer caso, el de la precocidad, la que nos convierte en cómplices, en culpables, ¿quién puede matar a un niño? Otro niño. <<El dedo acusador del autor nos señala a todos>>.

Un libro pesimista, sin duda la verdadera Fábula Moral del siglo pasado y, una obra que adquirió la condición de clásico contemporáneo prácticamente desde su publicación en 1954; en la actualidad lectura obligada en muchas escuelas y universidades, me refiero a El Señor de las moscas de William Golding.

La obra narra la historia de una treintena de niños ingleses (de entre seis y doce años) atrapados en una isla desierta cuando su avión es derribado por un aparato enemigo en tiempos dela Segunda GuerraMundial. Ellos, como únicos sobrevivientes, se ven forzados a organizar su existencia; no hay ningún adulto, no hay ninguna ley adulta, todo cuanto ven les pertenece, pueden hacer lo que les venga en gana –diría alguien–; nadie se los puede prohibir.

Los chicos comienzan por reinventar una democracia, ya probada en la civilización de sus mayores, que sólo trae desacuerdos, oposición, guerra y más conflictos; nada diferente de la sociedad cuestionada por el caos que no está muy lejos de ahí produciendo ruina, muerte y destrucción.

La guerra por el poder y el dominio, entre el bien y el mal, el orden y el caos, la civilización y el salvajismo, la ley y la anarquía, representados en dos figuras: Ralph, que derrota por muy poco en las votaciones realizadas por los infantes, y por Jack, quien será elegido cabecilla de los cazadores, o rebeldes. ¿Qué ocurre cuando las reglas las impone una autoridad irresponsable?

Esta novela refleja la agresividad criminal como uno de los instintos inherentes al hombre, y a la vez, la violencia ejercida por los niños es producto <<de la educación represiva de una sociedad que se sustenta en el castigo como valor y justicia final de toda ley>>.[i] Ante la falta de reglas, “la desazón del delito” desaparece. Sin responsabilidades, no hay sentido de culpa; sin culpa no hay madurez. La sociedad actual ha crecido y está creciendo sin siquiera sentir remotamente responsabilidad alguna de sus actos del pasado y del presente, una sociedad inmadura, sin sentido de culpa e irresponsable que se dirige a su exterminio.

En la novela, los escolares se encuentran liberados de la autoridad social para dar rienda suelta a sus instintos ocultos, reinventando mitos, miedos y odios; sin pretenderlo, la perfecta imitación a escala de sus mayores: reinventan el origen de la guerra, del conflicto, del odio, de la lucha, de la envidia, del desprecio, de la enemistad, del rencor, de la indiferencia, de la hostilidad, del horror, de la violencia, del asesinato… en fin, del Hombre Moderno.

El Señor de las moscas, un análisis conmovedor del conflicto entre dos impulsos contrapuestos que existen en el interior de todos los seres humanos: el instinto de conseguir la gratificación inmediata de todos los deseos y el impulso de hacerse con la supremacía por medio de la violencia, sacrificando al grupo en beneficio del individuo. En suma, un tratado sobrela Naturaleza Humana, un ejercicio de desmitificación personal.

Golding nos dice que el conflicto está en nosotros mismos y estamos condenados a repetirlo si sólo nos dejamos gobernar por nuestra fuerza interior y razonamiento propio… entonces daremos paso a la decadencia humana. “Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.”[ii] Estamos cerca de lograrlo.

En un momento de la narración, los chicos temen a una fiera, (ese miedo a los demás que es el tema mismo de la novela), convencidos que hay un monstruo en la pequeña isla, surgirá la invención del primer mito de su sociedad condenada al exterminio) y cuando uno de ellos, Simón, comprende que la bestia no es una figura externa, sino que existe dentro de cada uno de ellos, es asesinado. Ellos le otorgan forma a la semilla del mal que llevamos dentro. Golding, nos formula la siguiente pregunta: ¿nos dejaremos gobernar por nuestra Naturaleza?

Este texto representa la exploración de los dilemas morales y las reacciones del individuo cuando es sometido a situaciones extremas. La historia queda circunscrita a un pequeño grupo de chicos en una isla, pero es un examen a las cuestiones básicas de la experiencia humana más amplia, que nos debe servir para transformar positivamente nuestro espíritu y poder definir mejor nuestro futuro.

El Señor de las moscas es equiparable con lo que dice Eduardo Galeano en su libro Las venas abiertas de América Latina, con lo que concluyo: <<En tiempos oscuros, tengamos el talento suficiente para aprender a volar en la noche… seamos lo suficientemente sanos como para vomitar las mentiras que nos obligan a tragar cada día; seamos lo suficientemente valientes para tener el coraje de estar solos y lo suficientemente valientes como para arriesgarnos a estar juntos…>>.


[i] Para los estudiosos de la obra de Golding.

[ii] Henry Miller, Trópico de Cáncer. Quien dijo a su manera lo que William Golding plasmo en su obra.

Jorge Iván Garduño
Fotógrafo, escritor y periodista mexicano.
jorgeivangg@hotmail.com
 
Este texto fue publicado en:
 
Revista “Molino de letras” enero-febrero de 2010.